¿Quién es “la gente”?

José Ortega y Gasset (1883-1955) fue un filósofo español destacado por su análisis sobre la relación entre el individuo y la masa. Sus ideas sobre “la gente” ofrecen una reflexión profunda sobre la dinámica social y la construcción colectiva del sentido en la comunicación y la cultura.

Jose Ortega y Gaset

por Osvaldo Dallera
Lic. en sociología y profesor de filosofía

“La gente está harta”
“La gente pide justicia”
“La gente quiere un cambio”
“La gente no puede más”
“A la gente no le alcanza la plata”
“Para que la gente entienda”
“La gente no es tonta”
“La gente tiene miedo”
“La gente es consciente de lo que está pasando”

“¿Quién no escuchó alguna vez alguna de estas frases?” Pero “¿quién es la gente?” Cuando Ortega y Gasset en su obra “El hombre y la gente” aborda esa distinción lo hace para resaltar la potencial singularidad humana que hay en los individuos (autonomía, criterio propio) en contraste con lo masivo que caracteriza a la gente cuando la individualidad de cada uno se diluye en las semejanzas que lo asimilan a los demás, sobre todo en el gusto adocenado que dicta la moda, y en la charla, el chisme y la curiosidad de la que hablaba Heidegger en “Ser y tiempo”, cuando describía la existencia inauténtica.

Desde mediados del siglo pasado, inspirados en la obra de Peirce y Saussure los semiólogos de la época nos brindaron instrumentos teóricos suficientes para pensar en “la gente” más como un efecto comunicacional, un producto discursivo, que como un objeto de la antropología filosófica. En efecto, desde una perspectiva semiótica, “la gente” no es una entidad con existencia real, física concreta, sino que adquiere presencia sólo cuando se usa la expresión dentro de cualquier alocución o escrito (una descripción, una interpretación, un relato) de un individuo que la menciona. Y, como quienes la mencionan o hablan en su nombre lo hacen en circunstancias disímiles, y por motivos diferentes, ese objeto semiótico tiene unas veces unas propiedades (“la gente tuvo miedo”), y otras veces, otras (“la gente está harta”). En pocas palabras, “la gente” sólo existe cuando se la menciona en un acto comunicativo. Y en este aspecto radica, justamente, todo el interés que puede despertar el uso del concepto.

En la órbita de la semiótica “la gente” pertenece a la clase de términos que Umberto Eco denomina objetos semióticos fluctuantes. Según Eco, los objetos semióticos son “conjuntos de propiedades expresadas por un determinado término y que una cultura reconoce por consenso mutuo e incluye en su enciclopedia”. Por ejemplo, todos nosotros reconocemos una taza por sus propiedades: recipiente + asa + para beber. En el caso de “la gente”, cada vez que el término aparece en el discurso de alguien, esas propiedades podrían ser: conjunto de personas + agrupadas por algún tema o motivo + dentro de un determinado contexto o circunstancia + con una opinión, punto de vista o sentimiento sobre el asunto que las agrupa.

Estas propiedades son las que le asignan al término “la gente” su carácter fluctuante porque la expresión funciona como un molde, una variable que se modifica según el momento y las circunstancias. En otras palabras, el carácter fluctuante del objeto semiótico “La Gente” le viene dado al término por los temas, los motivos y los contextos cambiantes que conectan individuos que no tienen ninguna relación entre sí, pero que un discurso los une momentáneamente en torno a algún asunto de coyuntura. El tema que los agrupa o los aglutina bajo ese término unas veces puede ser el pedido de justicia y otras, la queja por los bajos salarios. Una marcha de protesta, o un festejo pueden ser los motivos que los agrupan, dentro de un contexto politizado o celebratorio. Entonces, son justamente esas propiedades las que transforman algo heterogéneo en otra cosa circunstancialmente homogénea. Por eso, cuando se habla de “la gente”, los individuos aludidos o comprendidos en cada momento que se usa la expresión son siempre diferentes. Otra de las propiedades que caracterizan a la gente, además de los temas, los motivos y el contexto que ayudan a darle entidad es lo que cree (“la gente cree que el año que viene va a estar mejor/peor”), o siente (“la gente es optimista/pesimista respecto del futuro”) acerca del asunto del que se trata.

Desde el lugar del que usa la expresión en su exposición, “la gente” es siempre “los otros” como una abstracción y “la gente” son siempre los demás cada vez que alguien se refiere a ella. Un yo no se reconoce como “la gente” en el momento que habla o escribe sobre ese colectivo. Por eso, un político, o un periodista siempre se sabe (se cree) intérprete de lo que piensa, dice o siente “la gente”. El referirse a “la gente” es tomar distancia de ella sólo en el lugar y momento que ese objeto semiótico fluctuante es referido desde un yo que no se incluye en la categoría. En resumen, a “La Gente” se la reconoce por los temas o motivos que la aglutinan en los discursos de quienes la invocan, o se la encuentra construida cada vez que es aludida por sus “intérpretes”, dentro de los discursos de éstos.

Como diría el panelista, el consultor o el periodista especializado, que sirva todo lo dicho en esta ocasión, “para que la gente entienda”.

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