Un hallazgo en Turquía: el perro de cara chata de 2000 años que podría reescribir la historia canina

El descubrimiento del cráneo de un perro con características braquicéfalas (cara chata) en una tumba de la antigua Hierápolis, en Turquía, ha generado un profundo interés científico. Este ejemplar de 2000 años de antigüedad desafía la creencia de que las razas modernas con esa morfología son una novedad genética.

Un fascinante hallazgo arqueológico en la antigua ciudad de Hierápolis, ubicada en la actual Turquía, está obligando a los científicos a reevaluar la cronología y el origen de una de las características morfológicas más populares del mundo canino: la braquicefalia. El descubrimiento se trata del cráneo de un perro con una evidente cara chata enterrado en una tumba que data de hace 2000 años.

El ejemplar, que presentaba el hocico acortado típico de razas como el pug, el bulldog o el shih tzu, fue encontrado por un equipo de arqueólogos de la Universidad de Lecce (Italia) que trabaja en la necrópolis de Hierápolis. El hallazgo desafía directamente la noción predominante de que las razas de cara chata son un fenómeno genético reciente, impulsado por la selección artificial y los estándares de belleza de la época moderna, particularmente a partir del siglo XIX.

El análisis inicial de los restos caninos sugiere que esta morfología distintiva ya existía en la zona de Anatolia (actual Turquía) en el período romano. Esto implica que la variación genética que causa la braquicefalia pudo haberse extendido mucho antes y de forma más amplia de lo que se creía. La confirmación de este dato obliga a los investigadores a modificar el árbol genealógico de las razas caninas y su evolución histórica.

Los científicos planean realizar un análisis genético y morfológico exhaustivo de los restos para determinar la relación exacta entre este antiguo ejemplar y las razas braquicéfalas contemporáneas. Si el estudio confirma que este perro de Hierápolis es un ancestro directo, reescribiría la historia de estas mascotas, demostrando que su peculiar anatomía no es producto exclusivo de manipulaciones genéticas recientes, sino de una herencia evolutiva mucho más profunda y anterior.

La tumba en la que fue encontrado el can, un depósito funerario que no pertenecía a una familia adinerada, sugiere además que este tipo de perros no estaba limitado a la élite de la sociedad romana de la época, sino que era un compañero doméstico común. Este descubrimiento arqueológico es fundamental no solo para la historia canina, sino para comprender las prácticas de acompañamiento animal en la antigüedad.

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