Un extenso perfil publicado por la revista The New Yorker, bajo la firma de Dexter Filkins, disecciona la figura de Marco Rubio, actual Secretario de Estado y Asesor de Seguridad Nacional.
Un extenso perfil publicado por la revista The New Yorker, bajo la firma de Dexter Filkins, disecciona la figura de Marco Rubio, actual Secretario de Estado y Asesor de Seguridad Nacional.

La escena ocurre en Mar-a-Lago, la mañana siguiente al 3 de enero de 2026. Tras una incursión militar de comandos estadounidenses en Caracas para capturar a Nicolás Maduro —una operación que Trump comparó con “un programa de televisión”—, Marco Rubio aguardaba en silencio detrás del presidente. Según relata The New Yorker, Rubio ha perfeccionado una rutina: primero, ofrece una adulación casi heroica a Trump; segundo, traduce acciones extravagantes o unilaterales al lenguaje de la “normalidad” diplomática. Ante la invasión de un estado soberano sin aval del Congreso, Rubio argumentó simplemente que Maduro era un “fugitivo acusado” sin legitimidad.
El perfil destaca que Rubio, a sus 54 años, es el “improbable ejecutor” de una política exterior que él mismo habría denunciado hace una década. Hijo de inmigrantes cubanos y antiguo defensor del liderazgo moral de Estados Unidos y la ayuda exterior, hoy preside el desmantelamiento de alianzas tradicionales. Bajo su gestión, el país ha recortado miles de millones en ayuda humanitaria y se ha retirado de pactos climáticos. Mientras un ministro europeo confía en que Rubio “susurra al oído de Trump” para moderarlo, diplomáticos de carrera como Eric Rubin advierten que está presidiendo la transformación de EE. UU. en una suerte de “nación rebelde”.

La trayectoria de una ambición calculada
La pieza de Filkins rastrea el ascenso de Rubio desde West Miami hasta el Capitolio, subrayando un instinto de supervivencia que a menudo ha implicado sacrificar a sus mentores.
El caso de los maestros en Florida: Para obtener la presidencia de la Cámara estatal, Rubio negoció una fórmula salarial que favoreció a los sectores rurales pero costó casi mil millones de dólares a los maestros de su propio distrito en Miami.
La traición a Jeb Bush: A pesar de que el exgobernador fue su principal impulsor, Rubio no dudó en competir contra él en las primarias de 2016, quebrando una relación histórica.
El giro migratorio: Tras ser el rostro del “Grupo de los Ocho” para una reforma migratoria integral, Rubio abandonó el proyecto cuando la derecha del partido y figuras como Stephen Miller comenzaron a presionarlo, priorizando sus aspiraciones presidenciales.
De “estafador” a leal colaborador
El artículo recuerda la ferocidad con la que Trump y Rubio se atacaron en 2016. Rubio llamó a Trump “estafador” y se burló del tamaño de sus manos; Trump lo apodó “Pequeño Marco”. Sin embargo, tras la derrota, Rubio se reconstruyó como un aliado indispensable. Si en 2014 pedía una respuesta enérgica contra Putin por la invasión de Crimea basándose en el orden global, hoy justifica el enfoque transaccional de Trump, donde el interés nacional se mide en recursos como las reservas de petróleo venezolanas.
Para The New Yorker, Rubio es un hombre en una encrucijada: un intelectual que escribe sus propios discursos y lee vorazmente, pero que debe “tragar mucha mierda” —en palabras de un exdiplomático— cada vez que el presidente zigzaguea. Su escritorio, a pasos del Despacho Oval, es el centro de un experimento político donde la diplomacia tradicional ha sido reemplazada por el capricho personal y la fuerza, consolidando a Rubio como el arquitecto de un mundo donde Estados Unidos ya no busca ser el “faro de la democracia”, sino el poder más severo y menos indulgente.
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