La economía argentina atraviesa un “veranito” financiero que ha llevado el riesgo país a los 546 puntos básicos, una cifra que no se veía desde junio de 2018, cuando el país comenzaba su traumático proceso de endeudamiento con el FMI. Esta drástica reducción —que acumula casi 1.900 puntos si se toma como referencia el triunfo electoral de Javier Milei— refleja un cambio de humor radical en los inversores internacionales. El optimismo no es casual: se apoya en una arquitectura financiera que ha permitido al Banco Central superar los 45.000 millones de dólares en reservas brutas, un hito que marca el nivel de liquidez más alto desde septiembre de 2021.
El fenómeno se explica por una combinación de factores orgánicos y señales políticas contundentes. Tras el cumplimiento de los pagos de capital y vencimientos de bonos soberanos el pasado 9 de enero, la demanda de títulos argentinos se mantuvo firme, lo que hizo saltar las cotizaciones. A esto se suma un dólar mayorista a la baja, que ya opera por debajo de los $1.430, y una brecha cambiaria que el Gobierno busca domar mediante un sistema de bandas. Desde Davos, el Presidente reforzó la narrativa de la solvencia, asegurando que la dependencia de los mercados extranjeros será cada vez menor a medida que se absorba el exceso de liquidez y la inflación converja hacia estándares globales.
La bonanza financiera también ha permeado al sector privado y a las provincias. El regreso de la Argentina al mercado de capitales es hoy una realidad palpable a través de las Obligaciones Negociables (ON). Un caso testigo es el de YPF, que recientemente colocó deuda por 550 millones de dólares a una tasa competitiva del 8,1%, atrayendo tanto a fondos locales como a capitales internacionales de real money. Esta inyección de divisas frescas, sumada a un S&P Merval que recuperó los 2.000 dólares en términos de “contado con liquidación”, sugiere que los activos energéticos y generadoras están actuando como el nuevo refugio de valor para el mercado.
Sin embargo, este escenario de euforia en la City plantea el desafío de la sustentabilidad en la economía real. Si bien el desplome del riesgo país facilita el financiamiento corporativo y mejora el balance del Estado, la persistencia del régimen de bandas cambiarias indica que la salida definitiva del cepo aún no tiene fecha cierta. El mercado parece haber otorgado un voto de confianza a la disciplina fiscal, pero la pregunta que subyace es cuánto tiempo más podrá sostenerse esta calma cambiaria sin que la apreciación del peso afecte la competitividad de las exportaciones. Por ahora, los números mandan y el piso de 2018 es la prueba de que, para el mundo financiero, Argentina ha dejado de ser el paria de la región.