Un país no puede sostenerse sólo con sectores extractivos o financieros; necesita de su tejido industrial vivo.
Un país no puede sostenerse sólo con sectores extractivos o financieros; necesita de su tejido industrial vivo.

Por Cristian Fiereder, presidente de la Unión Industrial de Santa Fe.
Quienes día a día apostamos por producir en nuestro país, invirtiendo y generando empleo, compartimos una misma certeza: la riqueza de una nación no se mide solo en sus cuentas fiscales, sino en la fortaleza de su sistema productivo y en la estabilidad de su clase trabajadora. Sin embargo, venimos atravesando años de una complejidad que hoy nos pone frente a un desafío histórico: evitar el deterioro de un entramado que es el motor del crecimiento social.
Hoy, en un escenario donde el carry trade vuelve a posicionarse como la principal herramienta de inversión, observamos con preocupación la dificultad de los sectores productivos para recuperar su nivel de actividad. Es la señal de una ambigüedad profunda: buscar el “desarrollo” mientras, en el camino, se debilitan las piezas fundamentales que deben construirlo.
Por un lado, venimos de experiencias que buscaron fortalecer la industria a través del mercado interno, pero que enfrentaron serias dificultades para sostener esa visión en el tiempo. La falta de acceso a insumos clave y una inflación persistente terminaron condicionando la planificación a largo plazo. En ese escenario, la incertidumbre se convirtió en un obstáculo constante para la inversión: se hacía difícil apostar a la modernización tecnológica sin reglas de juego claras. Así, el objetivo de una industria fuerte se vio limitado por una macroeconomía que no lograba dar el marco de estabilidad necesario para conectar nuestro potencial con el mundo.
Por el otro, el enfoque actual –si bien persigue un orden macroeconómico y fiscal fundamental para cualquier economía sana– corre el riesgo de caer en un desequilibrio de signo opuesto: el de priorizar la urgencia de los indicadores financieros por sobre el ritmo de las fábricas. Lograr el equilibrio fiscal es un paso necesario, pero si se alcanza ignorando la caída del consumo y los altos costos internos para producir, el sistema productivo queda en una situación de extrema vulnerabilidad. Existe el peligro real de consolidar un esquema donde el rendimiento financiero sea más atractivo que el esfuerzo de transformar materia prima en valor agregado. Un país con sus cuentas en orden, pero con sus naves industriales vaciándose, es, en definitiva, un país que está hipotecando su futuro.
Para que la apertura al mundo sea una oportunidad y no una amenaza, necesitamos condiciones de equidad. No se trata de pedir privilegios, sino de reconocer las asimetrías que enfrentamos quienes pagamos impuestos, aportes y contribuciones en un contexto de costos logísticos y energéticos desafiantes.
Competir con el mundo es el objetivo, pero para lograrlo debemos alivianar la mochila que carga el productor local. Sin esa equidad, el riesgo es un achique del tejido industrial que termina impactando en lo más valioso que tenemos: nuestra gente. Hoy vemos con preocupación una precarización laboral donde el esfuerzo de un solo empleo a veces no alcanza, obligando al “multitrabajo” y desgastando la calidad de vida de la familia trabajadora.
El futuro de la Argentina no está solo en lo que extraemos de la tierra, sino en lo que somos capaces de transformar con inteligencia. Aquí es donde el entramado tecnológico y la educación técnica juegan un rol central. Si rompemos el vínculo entre la escuela, la innovación y la fábrica, estamos perdiendo nuestra mayor ventaja competitiva. El desarrollo real nace de la unión del conocimiento con la producción. Necesitamos que la tecnología sea la aliada de cada PyME y que nuestros jóvenes encuentren en la industria un espacio de progreso y pertenencia.
Producir es, ante todo, un acto de confianza en el país. El desafío de la dirigencia, y de todos nosotros, es trazar un rumbo que brinde previsibilidad. El equilibrio fiscal debe ser el punto de partida para una reforma que fomente la inversión y premie al que genera valor.
El ocaso del sistema productivo es el ocaso de la clase media. Un país no puede sostenerse sólo con sectores extractivos o financieros: necesita de su tejido industrial vivo. Si permitimos que se rompa la mirada de la Argentina trabajadora, lo que queda es un desierto productivo con oasis de riqueza para pocos. No queremos privilegios, queremos equidad para producir. Queremos que el orden fiscal sirva para bajar impuestos al trabajo y a la producción, no sólo para sostener un esquema financiero volátil.
Es hora de decidir si queremos un país para cinco sectores o una nación para 46 millones de argentinos. Necesitamos un modelo que abrace a la producción, que potencie nuestro talento tecnológico y que devuelva a todos la tranquilidad de saber que su esfuerzo vale. Sólo así, con una mirada federal y productivista, podremos transformar la complejidad actual en un camino de crecimiento genuino para todos.
Apostar por el desarrollo industrial no es una añoranza nostálgica ni un abrazo al pasado; es, por el contrario, entender hacia dónde camina el mundo. Es observar lo que potencias y naciones emergentes como Estados Unidos, China, Brasil, México, Canadá, Japón, India o Corea del Sur están haciendo hoy: fortalecer su soberanía productiva para liderar. El poder transformador de una industria sólida es incomparable, pues constituye el único motor capaz de garantizar un futuro de progreso real y una verdadera movilidad social para sus ciudadanos.
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