Coudet, River y el problema de la película empezada

Esta semana se conocerá al sucesor de Marcelo Gallardo y todos los caminos conducen a Eduardo Coudet. El “Chacho” asumirá bajo el manto de una historia que ya comenzó y con la urgencia de entender el guión sobre la marcha.

Por Leonardo Peluso

Eduardo Coudet siempre quiso ser entrenador de River. Fue su anhelo desde que decidió colgar los botines por el pizarrón. La oportunidad le llegó cuando menos la esperaba y en circunstancias que no hubiera elegido: con la película empezada, la audiencia en sus butacas comiendo pochoclos y sin chances de rebobinar la cinta. Su mayor reto será resolver la interna de una trama que se contó en su ausencia.

Será virtud de Coudet entender las razones que lo posicionan como sucesor y encontrar las herramientas para solucionar lo que el técnico más ganador de la historia no pudo. No recibe la vara alta de los años de opulencia, ni la sombra todopoderosa del “Muñeco” que a Demichelis le resultó imposible de sobrellevar.

Aunque cabe preguntarse: si ni siquiera Gallardo pudo, ¿qué clase de descalabro hay detrás para que haya decidido irse? Si River fuera un libro, Coudet lo recibe con los primeros capítulos arrancados. Tendrá que descubrir qué fue de la vida de los personajes antes de que todo volara por los aires y que hicieron para que eso ocurra.

Volviendo a la metáfora del cine, los espectadores —en este caso, los lectores de esta historia— ya entendieron el conflicto y tomaron partido. No son un público cualquiera: son los hinchas de River, quienes poseen un poder simbólico real. Para ellos, ya está decidido quiénes son los “buenos” y quiénes los “malos”, sin grises ni controversias.

Coudet deberá lidiar con ese veredicto. Si para su esquema un “malo” resulta ser “bueno” (o viceversa), tendrá la titánica tarea de convencer a la platea de que la película, en realidad, es otra. A tal punto que para la gente el equipo ya está armado sin Castaño, sin Díaz, sin Colidio, sin Acuña y sin Maxi Salas.

De todos modos, el “Chacho” cuenta con un activo fundamental: siempre fue bien recibido por la gente. Su estilo de juego y su modo de declarar sintonizan con el paladar del Monumental. A esto se le suman sus años como jugador en equipos campeones y su mística en los superclásicos. Es, además, el candidato lógico y tiene poca competencia. Nadie podrá reclamar, ante el primer traspié, por qué no vino otro en su lugar.

La historia de la sucesión empieza a cerrarse. Coudet deberá hacerse cargo de lo que Gallardo no pudo en su regreso: armar un equipo que identifique, salir campeón y, sobre todo, recuperar la sana costumbre de ganar.

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