La página más negra: Bobby Flores y el rock bajo la bota de la dictadura

El “apagón” de la música en inglés y el polémico Festival de la Solidaridad Latinoamericana.

El rock argentino de principios de los años 80 no puede entenderse sin el peso del silencio impuesto y la resistencia cultural. Para el periodista Bobby Flores, aquella época representa una de las “páginas más negras de nuestra historia”, un periodo donde la inoperancia y la brutalidad del régimen se ensañaron con la juventud y la cultura. Sin embargo, el estallido de la Guerra de Malvinas en 1982 generó un punto de inflexión donde la música pasó de la marginalidad a la institucionalización en un contexto de extrema confusión social.

Censura, “colimba” y la inoperancia del régimen

Uno de los puntos más críticos de la gestión cultural de la dictadura fue el “apagón” de la música en inglés. Aunque nunca existió un decreto formal, la “recomendación” del Comfer y la bajada de línea de los interventores militares en las radios fueron implacables. Flores califica esta medida como una “brutalidad” propia de dictadores y un acto de demagogia “muy confundible con la estupidez”. Al intentar abolir a íconos como John Lennon o Lou Reed, el régimen provocó que el rock local comenzara a ganar espacios inéditos, dejando de ser un “ruido marginal” para convertirse en una herramienta de programación masiva.

Esta opresión cultural convivía con la cruda realidad de la “colimba”. Flores recuerda su propia experiencia a los 18 años, cuando fue enviado a Zapala para la movilización por el Canal de Beagle, enfrentando la nieve con apenas unas zapatillas Flecha. Para él, la sociedad tiene una deuda eterna con esa generación que salió de la secundaria directamente a una vida militar que ni los propios oficiales podían controlar, convirtiendo a los “pibes” en las víctimas principales de una inoperancia estatal que él define como “deshollinador del infierno”.

El Festival de la Solidaridad: Entre el pacifismo y la encrucijada política

El 16 de mayo de 1982, el Estadio Obras Sanitarias fue sede del Festival de la Solidaridad Latinoamericana, un megaconcierto de casi cinco horas transmitido en directo por radio y televisión. Para los organizadores —Daniel Grinbank, Alberto Ohanian, Oscar López y Pity Iñurrigarro—, el evento tuvo un carácter estrictamente pacifista y de apoyo a los soldados, rechazando cualquier interpretación de respaldo velado a la Junta Militar.

La jornada comenzó con las voces de Juan Alberto Badía y Graciela Mancuso, quienes proclamaron: “La música progresiva nacional se hace presente para ratificar la voluntad constructiva de un pueblo de paz”. El cartel fue una constelación de figuras históricas:

  • Charly García y Nito Mestre (reeditando la mística de Sui Generis).

  • Luis Alberto Spinetta, León Gieco, Raúl Porchetto y Litto Nebbia.

  • Rubén Rada, David Lebón, Ricardo Soulé, Edelmiro Molinari y Tantor.

  • Dulces 16 (con Pappo como invitado) y el dúo Moro-Satragni.

Para millones de argentinos, el festival fue una ceremonia de sensaciones encontradas: el justo reclamo de soberanía y la identidad nacional se mezclaban con el falso patriotismo y una honda preocupación por los jóvenes en el frente.

La voz de los historiadores: Un pueblo aturdido

El rigor histórico de Sergio Pujol aporta una dosis de realidad sobre el clima de 1982: “Salvo muy contadas excepciones, no hubo voces críticas a la operación de autorrescate que puso en marcha la dictadura”. Pujol destaca que incluso organismos como las Madres de Plaza de Mayo adhirieron a la consigna “Las Malvinas son argentinas”, aunque añadiendo el reclamo “Los desaparecidos también”. El desembarco contó con solicitadas de apoyo de diversas agrupaciones culturales, muchas de ellas de izquierda, en un escenario donde la oposición explícita era extremadamente difícil.

Por su parte, Julián Delgado, autor de Escuchar Malvinas, propone alejarse de la dicotomía simplista entre “colaboracionismo” y “resistencia”. Para Delgado, el escenario bélico creó una configuración política excepcional que tiñó a toda la sociedad, obligando a pensar en las responsabilidades sociales de quienes no asumieron una postura de rechazo frontal.

Marcelo y Federico Moura (Virus), Pil Trafa y Stuka (Los Violadores) posan irónicamente junto a un cartel de promoción del festival (1982). Foto de María Martínez. Colección Esteban Cavanna.

Los que dijeron “No”: Virus y Los Violadores

En este panorama de unidad forzada, hubo ausencias que se volvieron declaraciones políticas. La banda Virus, tildada por la prensa de la época como “rock frívolo”, rechazó la invitación por considerarla “desagradable”. Los hermanos Moura tenían un motivo personal y doloroso: un hermano desaparecido por el régimen.

Del mismo modo, Los Violadores, pioneros del punk under, denunciaron el concierto como un acto de colaboración con la dictadura. Con el paso de las décadas, el espíritu de aquella jornada fue rediscutido, y artistas presentes como León Gieco, Spinetta y Charly García expresaron públicamente su arrepentimiento por haber formado parte de un evento que, aunque nacido de la solidaridad, terminó siendo funcional al relato oficial del conflicto.

“Me parece que no hubo nada bueno”, concluye Flores. Aquella transición del rock, que pasó de las catacumbas a la alta rotación radial gracias a una guerra, sigue siendo hoy un tema de debate sobre la ética, el arte y la memoria en la Argentina.

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