Investigadores de la Universidad de Sídney recomendaron pautas estrictas para el manejo del collar isabelino tras constatar daños en el bienestar de las mascotas. Elevar recipientes y vigilar el ajuste físico reducen las lesiones en el hogar.
Investigadores de la Universidad de Sídney recomendaron pautas estrictas para el manejo del collar isabelino tras constatar daños en el bienestar de las mascotas. Elevar recipientes y vigilar el ajuste físico reducen las lesiones en el hogar.

El collar isabelino, diseñado en 1962 por Frank L. Johnson para impedir que los animales de compañía se autolesionen tras cirugías o tratamientos, enfrenta duros cuestionamientos por su impacto negativo en el bienestar animal.
Un estudio global liderado por la estudiante de doctorado Yustina Shenoda, de la Facultad de Ciencias Veterinarias de la Universidad de Sídney, reveló que este artefacto plástico altera severamente el sueño, la alimentación y la salud mental de perros y gatos, además de provocar inconvenientes en los hogares.
La investigación, publicada en la revista científica Animals, encuestó a 434 tutores de mascotas de diversos países que utilizaron el dispositivo durante los últimos doce meses.
Los resultados destruyeron la noción de que las mascotas mantienen una rutina normal con el plástico en su cuello. El 60,2% de los propietarios reportó que sus animales presentaron dificultades severas para beber agua, mientras que el 67,5% manifestó la total incapacidad de sus compañeros para jugar.
Paralelamente, una cuarta parte de los encuestados constató lesiones físicas directas provocadas por el roce, irritación dérmica, caídas por escaleras y cuadros de angustia psicológica o agresividad.
La supervisora del estudio, Anne Fawcett, detalló que los percances no se limitaron a los pacientes, ya que el choque constante del cono para perros (o cono semirrígido) dañó mobiliario residencial y dejó hematomas en las piernas de los propios cuidadores.
El informe médico reconoció la utilidad histórica del sistema barrera para resguardar los puntos de sutura frente al instinto de acicalamiento. No obstante, los expertos insistieron en la necesidad de que los profesionales de la salud veterinaria informen adecuadamente sobre los efectos colaterales.
Cuando el uso resulte inevitable, la colocación debe ser efectuada o supervisada por el veterinario para evitar ajustes excesivos que comprometan la respiración o la deglución.
Para aminorar la problemática en la convivencia diaria, los especialistas sugirieron elevar los recipientes de agua y comida sobre banquillos, retirar temporalmente los objetos decorativos que obstruyan el paso y colocar pequeñas almohadas que faciliten el descanso.
En el caso específico de los felinos, la flexibilidad corporal exige una colocación bajo los efectos de la anestesia quirúrgica para impedir que el paciente se retire el plástico mediante maniobras bruscas debajo de los muebles.
Los científicos sugirieron a la comunidad veterinaria explorar alternativas al collar isabelino viables que reduzcan el autotraumatismo sin mermar la visión periférica de los ejemplares.
Los collares inflables o las versiones acolchadas de tela ofrecen superficies mullidas para el descanso diario. Asimismo, la utilización de prendas de vestir adaptadas, como camisetas anudadas o calcetines elásticos para heridas en las extremidades, demostró eficacia bajo monitoreo constante, complementada con terapias farmacológicas analgésicas o antipruriginosas según el caso clínico.
El accesorio, bautizado históricamente por su similitud con las gorgueras de la época de la reina Isabel I de Inglaterra, permanece como un estándar en las clínicas pese al descontento generalizado de los usuarios. Las conclusiones de la comunidad académica abrieron un debate necesario sobre los límites del tratamiento postoperatorio tradicional.
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Detuvieron a cuatro integrantes de una banda, entre ellos un menor, acusados de balear a un excomisario en El Palomar. Los sospechosos concretaron un raid de robos de vehículos antes y después de tirotearse con la víctima.
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