La muerte suele ser el filtro definitivo que resignifica todo lo dicho por un artista. En el caso del Indio Solari, este efecto se potencia tras la publicación de un material que permaneció en el “cajón” durante cinco años. Realizada por el caricaturista Tute en 2021, la charla se convirtió, casi sin quererlo, en su testamento más humano. Lejos del mito de la misa ricotera, aquí aparece el hombre que, a los 72 años, se confesaba cansado de ser uno mismo pero profundamente agradecido por haber sido, ante todo, un hombre libre.
Entre la angustia y la libertad
La reflexión más cruda del Indio es, quizás, la que despeja cualquier misticismo sobre su final. “Lo que no me gusta no es la muerte, no me gusta el dolor o todo el sufrimiento de la decrepitud”, confesaba, despojándose de toda pose. Con la lucidez de quien ha vivido intensamente, rechazaba la existencia de un más allá. “Voy en un estado de inocencia, realmente”, decía sobre su agnosticismo. Para Solari, el “restaurante de la naturaleza” es implacable, y la mejor forma de enfrentarlo era sin buscar respuestas divinas que, para él, nunca llegaron.
Quizás el tramo más tierno sea su confesión sobre su compañera de vida, Virginia Mones Ruiz (Viru). El Indio, siempre celoso de su intimidad, admitió que ella logró lo que pocos: “penetrara en mi vida hasta unos rincones oscuros que por motivos diversos no he querido dejar penetrar a mucha gente”. Fue, en sus palabras, la revelación de una “belleza espiritual” necesaria para alguien que vivió gran parte de su vida a la defensiva o bajo el peso de su propia leyenda.
Ser un artista “sin jefes”
En una era donde el éxito se mide en métricas digitales, el Indio ratificó su ética de trabajo innegociable: “Todo lo que tengo me satisface, me gusta, me permite hacer con libertad mi vida, libre de jefes. Yo nunca tuve jefes”. Esa libertad fue el motor de una obra que, lejos de ser un plan maestro, fue simplemente “inevitable”. Confesó que, aunque el escenario era su lugar más protegido y feliz, el proceso de crear canciones que lograran conmover a miles era lo que realmente lo emocionaba.
La entrevista, que termina con una disculpa por no saber ser “sintético”, es una invitación a mirar al Indio desde un ángulo nuevo: el de un hombre que, habiendo sido un “disparate” en su juventud, se fue aceptando la fatiga de existir, pero defendiendo hasta el último aliento su derecho a ser, simplemente, él mismo.