Antes de despedirnos, le pedimos a Alderete un último mensaje: el que le dejaría a alguien que hoy, todavía, se despierta golpeado por la derrota.

—El mensaje que le dejo a esa persona es que entienda cómo los jugadores se disciplinaron y entrenaron para mejorar constantemente durante estos cuatro años, y que trate de aplicar eso en su vida cotidiana. Tomarse momentos a largo plazo, gestionar la frustración, animarse a nuevos hobbies, entendiendo siempre que los mejores proyectos son uno mismo. A largo plazo puedo tener un objetivo y permitirme frustrarme, permitirme tolerar las emociones que vayan surgiendo para alcanzarlo. Que mi calidad de vida vaya mejorando cada vez más. Tomar este evento como una gran experiencia para aplicarla a la vida personal y, sobre todo, tratar de tener una mejor calidad de vida: en lo personal, en los vínculos y en los proyectos en los que uno quiera aplicar estas herramientas.


Habrá que ver cuánto tarda en cerrarse esta herida colectiva. Pero si algo deja claro Alderete es que no hace falta apurar el duelo ni fingir que no duele: la bronca, la tristeza y la decepción tienen su lugar, siempre que no se les entregue el control. El Mundial se terminó; lo que queda, dice el psicólogo, es una nueva oportunidad para entrenar —esta vez, puertas adentro— la misma disciplina que tanto admiramos en la cancha.