A seis décadas de la irrupción policial en la UBA ordenada por la dictadura de Onganía, el episodio no solo desmanteló la autonomía universitaria, sino que impulsó la mayor fuga de cerebros de nuestra historia.
A seis décadas de la irrupción policial en la UBA ordenada por la dictadura de Onganía, el episodio no solo desmanteló la autonomía universitaria, sino que impulsó la mayor fuga de cerebros de nuestra historia.

Hay fechas que no solo marcan un hito en los libros de historia, sino que reconfiguran el destino estructural de una nación. El 29 de julio de 1966, la autodenominada “Revolución Argentina” encabezada por el dictador Juan Carlos Onganía ejecutó un golpe devastador contra el corazón del desarrollo intelectual del país. Lo que la Policía Federal bautizó internamente como “Operación Escarmiento” se transformó para siempre en el colectivo social como la Noche de los Bastones Largos, una jornada de violencia institucional que desmanteló la autonomía de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y expulsó a toda una generación de mentes brillantes.
Apenas un mes después de derrocar al presidente constitucional Arturo Illia, el régimen militar promulgó el Decreto 16.912. La norma anulaba el cogobierno tripartito conquistado en la Reforma Universitaria de 1918 y colocaba a las casas de altos estudios bajo la órbita directa del Ministerio del Interior. Ante la resistencia pacífica de docentes, graduados y estudiantes que se atrincheraron en los edificios para defender la libertad académica, la dictadura respondió con gases lacrimógenos, culatazos y violencia desmedida.
Cerca de las diez de la noche de aquel viernes, la Guardia de Infantería irrumpió simultáneamente en cinco facultades porteñas: Ciencias Exactas y Naturales, Filosofía y Letras, Medicina, Arquitectura e Ingeniería. El epicentro del horror se vivió en el histórico edificio de la calle Perú, en la Manzana de las Luces. Allí, científicos y alumnos fueron obligados a abandonar el recinto pasando entre una doble fila de efectivos armados con garrotes que descargaron golpes a ciegas.
El saldo inmediato de esa velada trágica arrojó más de 300 heridos y 400 detenidos. Las crónicas de la época y los testimonios de los sobrevivientes pintan un cuadro de barbarie inusitado. El profesor estadounidense Warren Ambrose, docente visitante del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) que presenció el ataque en Ciencias Exactas, inmortalizó el pánico en una célebre carta enviada al diario The New York Times: “Nos hicieron pasar entre una doble fila de soldados que nos pegaban con palos o culatas de rifles, y nos pateaban rudamente en cualquier parte del cuerpo. Todos estábamos asustados y sin la menor intención de resistir”.
Por su parte, el matemático Manuel Sadosky, entonces vicedecano de la unidad académica y uno de los pioneros de la informática nacional, recordaría años más tarde la saña policial frente a un cuerpo docente desarmado que solo portaba libros y tizas.
Más allá de las secuelas físicas, el verdadero impacto de la represión se midió en el vaciamiento institucional inmediato. Rechazando someterse a la intervención castrense, en la primera semana de agosto se contabilizaron 1.378 renuncias de profesores e investigadores en la UBA. Solo en la Facultad de Ciencias Exactas dimitieron 391 docentes, seguidos por 305 en Filosofía y Letras y 268 en Arquitectura.
Aquel portazo colectivo inauguró el fenómeno trágico conocido como la “fuga de cerebros”. Equipos enteros de investigación quedaron desmantelados de la noche a la mañana. Proyectos de vanguardia regional —como el funcionamiento de “Clementina”, la primera computadora científica instalada en una universidad pública argentina— quedaron congelados o paralizados por años.
Mentes brillantes de la talla del propio Sadosky, el meteorólogo Rolando García (quien luego colaboraría con Jean Piaget), el epistemólogo Gregorio Klimovsky, el historiador Tulio Halperín Donghi, el filósofo Risieri Frondizi y la física Mariana Weissmann debieron armar sus valijas. Universidades de Venezuela, México, Estados Unidos y Uruguay recibieron con los brazos abiertos a profesionales formados en la educación pública argentina, mientras el sistema científico nacional sufría un apagón del que tardaría décadas en recuperarse.
A 60 años de aquella irrupción violenta de la fuerza bruta sobre el conocimiento, la Noche de los Bastones Largos se erige como un recordatorio permanente de la fragilidad de la libertad académica y el costo irreparable que paga una sociedad cuando se intenta silenciar el pensamiento crítico.
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