Postergar no es renunciar
¿Entonces quién decide tener menos hijos? Nadie en particular, según la Dra.Romero, esas niñas y adolescentes que hoy ya no tienen embarazos no intencionales “van a tener hijos, pero los van a tener como adultas, no como niñas y adolescentes. Entonces no es que se fueron del sistema, hay una postergación de la maternidad en general”, tanto en adolescentes como en adultas. Y esa postergación responde a una combinación de factores: incertidumbre laboral, imposibilidad de acceder a una vivienda, un “mundo más incierto” con conflictos bélicos en escalada, y también un cambio profundo en cómo se organizan las familias para cuidar.
“Las abuelas hoy son ciudadanas más involucradas en la vida cívica y laboral” y ya no sostienen el cuidado como antes, señala. A eso se suma la creciente cantidad de hogares monomaternales y en el medio una demanda de crianza nunca antes vista —deportes, idiomas, actividades, no pantallas, estimulación, tiempo, alimentación— que antes no existía o no se abordaba con ese nivel de exigencia.
Lejos de las lecturas simplistas del oficialismo sobre un supuesto desinterés por formar una familia, los datos de la encuesta Deseos reproductivos en la encrucijada de UNFPA respaldan la postura de Romero: el deseo de maternar y paternar sigue vigente, pero choca contra la realidad. En Argentina, donde la tasa de fecundidad cayó a 1,2 en 2024 (por debajo del nivel de reemplazo poblacional), un 57% de las personas de entre 18 y 45 años declara que desearía tener más hijos de los que tiene, y el 34% sigue considerando que el modelo ideal es tener dos.
Sin embargo, la brecha entre el deseo y la posibilidad es abismal: las limitaciones financieras, la inseguridad laboral y la crisis habitacional representan el 62% de las razones materiales que frenan esos proyectos de vida.