La crueldad como sello de gestión: el oficialismo reincide en el uso de “mogólico” como insulto

¿En qué cabeza cabe que se puede seguir tolerando el insulto y el agravio por parte de las expresiones más grandes del poder argentino? Que usen “mogólico” como desprecio cotidiano no es rebeldía, no es locura y mucho menos libertad, es crueldad pura. Detrás de sus tuits, nos están deshumanizando a todos.

Vamos a decirlo sin vueltas ni tecnicismos lavados: lo que pasa en los pasillos del poder actual no es “batalla cultural”, es crueldad pura y dura. No estamos ante deslices de Twitteros trasnochados, sino ante una estrategia sistemática de deshumanización que baja desde la punta de la pirámide y salpica a toda la sociedad. El uso de la palabra “mogólico” como proyectil verbal — algo que como sociedad habíamos logrado extirpar casi en su totalidad—, es el sello de fábrica de una gestión que confunde la libertad con el derecho a escupir para abajo.

Santiago Caputo y el rincón del odio en X

El último límite se rompió esta semana de la mano de Santiago Caputo, el asesor estrella de la Casa Rosada, aquel que el presidente definió como “un hermano”. En medio de una interna conventillera digital por el control de una cuenta de militancia oficialista que Caputito le asocia a los Menem como herramienta de operación hacia su gestión a lo que cuando la cuenta desapareció de la faz de internet, el asesor respondió: 

Así, sin anestesia. El tipo que maneja los hilos de la comunicación del Estado usa la palabra “mogólico” para insultar a sus propios rivales internos.

La Asociación Síndrome de Down de la República Argentina (ASDRA) salió al cruce de inmediato con un repudio total. Y es que el daño es directo: cuando el tipo que gobierna valida la burla y la deshumanización, le está dando permiso al violento en el aula, al discriminador en la calle y al empleador que le cierra la puerta a un pibe con discapacidad. Esto no es un desliz, es institucionalizar el desprecio.

El jefe marca el ejemplo: un vicio que viene desde 2023

Para entender por qué un asesor se siente con el derecho de escribir eso, hay que mirar al sillón de Rivadavia. La escuela del insulto la fundó el propio presidente Javier Milei. Todavía da vergüenza ajena ver el video de 2023 donde atacaba al economista Roberto Cachanosky:

En aquel momento, el repudio fue gigante. Incluso Clara Muzzio (actual vicejefa de Gobierno de la Ciudad y madre de un hijo con síndrome de Down) se plantó para decir que ese video desbordaba “violencia y desprecio”, rompiendo cualquier lazo de empatía. Pero el problema es que esa violencia no pagó costos; al contrario, se mudó a la Casa Rosada y hoy se convirtió en la bajada de línea oficial.

No es un “insulto más”: por qué nos destruye como sociedad

A ver si lo entendemos de una vez: usar “mogólico” como un insulto no es una “mala palabra” común. Es un acto de discriminación violento.

  • Es usar la vida de miles como sinónimo de “inferior”: El término nació en el siglo XIX para describir médicamente a las personas con síndrome de Down. Usarlo hoy para agredir es decirle a todo un colectivo que su existencia es un error, una tara o una burla.

  • Es una muestra de cobardía total: Se la agarran con un sector de la sociedad que pelea todos los días, a pulmón y contra corriente, por tener un lugar digno en el mundo.

  • Rompe el pacto democrático: Si el Estado nos dice que hay ciudadanos “normales” y otros que pueden ser usados como insulto, se termina la convivencia.

Del insulto en Twitter al ahogo económico: la crueldad materializada

Lo más alarmante es que las palabras no flotan en el aire; son el abono común de una violencia que se traduce en políticas públicas de abandono. El desprecio discursivo hacia la discapacidad camina de la mano con el desprecio presupuestario. Mientras el gobierno descalifica en las redes, miles de madres, padres y tutores la luchan todos los días en un laberinto perverso de burocracia y desamparo, mendigando que el Estado cumpla con las leyes básicas.

La muestra más feroz de este ahogo es la crisis en las prestaciones básicas y la falta de pago a los prestadores de salud, un escenario crítico que acaba de estallar en los tribunales.

La campaña nacional “Insultos” de ASDRA viene advirtiendo esto hace años, pero parece que en los despachos oficiales nadie escucha. Detrás de este mar infinito de agresiones discursivas de Milei y sus funcionarios, hay un desprecio absoluto por los derechos humanos más básicos.

No podemos mirar para otro lado ni naturalizar que nos gobierne el agravio diario. La libertad no puede ser el derecho a pisotear la dignidad de los más vulnerables para ganar tres “likes” en una red social. Como sociedad tenemos que decir basta: el insulto discriminatorio es sencillamente inaceptable.

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