La concurrencia al mítico recinto de la Gran Manzana manifestó un visible descontento ante la presencia del jefe de Estado, Donald Trump, momentos antes de que diera inicio el tercer enfrentamiento definitivo de la NBA entre los New York Knicks y los San Antonio Spurs. El incidente se desencadenó cuando los monitores gigantes del estadio proyectaron la figura del líder republicano realizando una venia, lo que provocó una reprobación sonora y generalizada por parte de los asistentes que solo mermó al concluir los actos protocolares del himno nacional. El mandatario, quien se trasladó desde su residencia de Nueva Jersey mediante transporte aéreo y terrestre, ya había divisado a su arribo pequeños focos de resistencia ciudadana con pancartas contrarias a su gestión en las inmediaciones del centro financiero y del complejo deportivo.
La llegada de la comitiva presidencial alteró drásticamente la dinámica urbana de Manhattan debido a la implementación de un riguroso operativo de resguardo a cargo de las agencias federales y las fuerzas de seguridad locales. Las restricciones impidieron la habitual congregación de simpatizantes en los exteriores de la terminal Penn Station, donde horas antes se había registrado un incidente con arma blanca, forzando el traslado de las zonas de reunión masiva hacia espacios públicos distantes como Bryant Park. Los estrictos controles de acceso obligaron a los peatones y portadores de boletos a sortear múltiples retenes equipados con tecnología de escaneo de alta complejidad, generando demoras sustanciales que afectaron tanto a los espectadores como al flujo habitual de transeúntes y turistas de la metrópoli.
El malestar de la afición local se vio intensificado por las barreras económicas imperantes para presenciar el espectáculo deportivo, dado que el valor de las ubicaciones más accesibles superó los índices de los arrendamientos habitacionales estándar de la región, cotizándose por encima de las cinco cifras en los sectores preferenciales. Pese a que incluso las autoridades del ejecutivo municipal debieron abonar sumas significativas por localidades de pie, la masividad del evento se desplazó hacia establecimientos gastronómicos y pantallas comunitarias alternas. Las directivas de la policía de Nueva York y del Servicio Secreto defendieron las rigideces logísticas bajo el argumento de que el bienestar de la ciudadanía y la integridad del presidente constituían la premisa central del despliegue, aun cuando esto derivara en una jornada signada por la tensión y el rechazo popular en las gradas.