La noche en que Perón recuperó los restos de Evita

El 3 de septiembre de 1971, Juan Domingo Perón recibió en Madrid el cuerpo de Eva Perón, tras 14 años de ocultamiento en un cementerio de Milán bajo identidad falsa. La operación secreta fue coordinada por el gobierno de Lanusse con apoyo de la Iglesia y el régimen de Franco.

Juan Domingo Perón y Eva Duarte en un acto oficial. Foto: Biblioteca del Congreso.

Catorce años de peregrinaje clandestino

Luego de la muerte de Eva Perón el 26 de julio de 1952, sus restos embalsamados permanecieron en un salón del segundo piso de la sede de la CGT, en la calle Azopardo 800 de Buenos Aires. Tras el golpe militar de noviembre de 1955, conocido como la Revolución Libertadora, el cuerpo fue retirado del edificio sindical y comenzó un largo derrotero.

Según la versión más difundida, el 22 de noviembre de 1955 un grupo militar al mando del teniente coronel Carlos Eugenio Moori Koenig llevó el féretro a la sede del Servicio de Informaciones del Ejército (SIE), en Callao y Viamonte. Otras versiones indican que el mayor Jorge Dansey Gazcón habría retirado el cuerpo entre el 21 y 22 de noviembre por orden de Moori Koenig.

El cadáver permaneció unos días en el SIE y luego fue trasladado a una casa de seguridad en la calle Sucre, cerca de Barrancas de Belgrano. Ante la aparición de velitas encendidas en la vereda, el coronel Héctor Eduardo Cabanillas, nuevo jefe del SIE, recibió el encargo de organizar un traslado más seguro.

La operación secreta desde Milán hasta Madrid

En 1957, bajo el gobierno del general Pedro Eugenio Aramburu, se decidió sacar el cuerpo del país. La operación secreta contó con la colaboración del sacerdote paulista Francisco “Paco” Rotger, confesor del entonces presidente de facto Alejandro Lanusse, quien contactó al Papa Pío XII.

La Iglesia envió a Buenos Aires al sacerdote Giovanni Penco, quien planificó el entierro bajo una identidad falsa. Los restos fueron sepultados en el Cementerio Maggiore de Milán, Italia, bajo el nombre de María Maggi de Magistris, en el campo 86, tombino 41. El dato solo era conocido por Lanusse, Aramburu, Rotger y Cabanillas.

El superior de la orden de San Pablo, el padre Giulio Madurini, quedó a cargo del cuidado de la tumba. El 1 de septiembre de 1971, ante Madurini, Cabanillas y el suboficial Manuel Sorolla, el ataúd fue exhumado.

Cuando los sepultureros vieron la figura de Eva Perón, intacta por el embalsamamiento realizado por el doctor Pedro Ara, exclamaron: “¡Milagro!”. El féretro fue cargado en un furgón Citroën de la funeraria milanesa Fuseti, con el chofer Roberto Germani al volante y Sorolla como custodio.

El vehículo recorrió casi 1.580 kilómetros a través de Génova, Savona, Mónaco, Montpellier y Perpiñán hasta La Junquera, en la frontera con España. Allí, la Guardia Civil se hizo cargo del transporte en un operativo coordinado por las autoridades del gobierno de Francisco Franco.

La noche de la entrega en Puerta de Hierro

La tarde del 3 de septiembre de 1971, el cortejo cubrió el trayecto entre Barcelona y Madrid, custodiado con discreción. Poco antes de las ocho de la noche, cuando la caravana enfilaba hacia la residencia de Perón en el barrio de Puerta de Hierro, se detuvo para que Sorolla retirara la chapa de bronce con el nombre “María Maggi de Magistris” y colocara otra que decía: “María Eva Duarte de Perón”.

El coronel Cabanillas ordenó una segunda detención para que la hora de la entrega no coincidiera con las 20.25, momento de la muerte de Eva Perón el 26 de julio de 1952. Poco después de las ocho y media de la noche, el ataúd entró en la residencia de la calle Navalmanzanos 6.

En el interior esperaban Juan Perón, con traje oscuro; su tercera esposa, María Estela Martínez (Isabel Perón); su secretario José López Rega; el delegado personal de Perón en Argentina, Jorge Daniel Paladino; dos sacerdotes mercedarios; el agregado cultural de la embajada argentina, Manuel Gómez Carrillo; y el embajador Jorge Rojas Silveyra, quien se había negado a anticipar la fecha de la entrega por temor a una infidencia.

El momento de la apertura del ataúd

El féretro fue colocado sobre una mesa en la planta baja. Rojas Silveyra tomó el mando de la ceremonia y pidió que el ataúd fuera abierto para certificar que eran los restos de Eva Perón y que los testigos firmaran el acta correspondiente.

Al levantar la tapa del féretro, se toparon con un cerramiento de zinc que también había que abrir. López Rega apareció con una especie de soplete en la mano, pero Rojas Silveyra lo frenó porque sabía cuán volátil era aquel cuerpo por los químicos del embalsamamiento.

Según recordó años después el embajador, usaron dos abrelatas caseros para cortar la chapa; Paladino recordó en cambio que usaron un cortafierros y un martillo. El trabajo demoró unos 50 minutos.

En medio de la tensión, López Rega le dijo a Perón: “General, esta no es Evita… No firmé el acta. No es Evita…”. Perón se acercó al cuerpo de su exmujer y selló el pequeño drama con una frase: “Sí, es Evita“. Rojas Silveyra apuró la firma del acta. Cuando López Rega volvió a decir en voz baja “Yo no firmo”, el embajador recurrió a herir su ego: “¿Se va a perder esta oportunidad de firmar un acta histórica?”. López Rega firmó. Isabel Perón no quiso hacerlo y no pudieron convencerla.

El estado del cuerpo y los testigos

Un testigo, Carlos Pedro Spadone, entró a la quinta a las 14.30 del 4 de septiembre de 1971 y dejó constancia de lo que vio. Según su relato, Isabel se encontraba limpiando y peinando el cabello del cuerpo. Spadone escribió que el ataúd estaba lleno de cal, tierra, óxido y humedad, y que el cuerpo presentaba golpes en la nariz, la frente, la cara, el hombro derecho y el cuello roto por los golpes en todo su alrededor.

También notó el cabello cortado en varias partes y la falta del dedo medio en ambos pies. Años después, el brigadier Rojas Silveyra recordó un diálogo con Perón mientras caminaban por el jardín de la residencia. Perón le dijo: “Y…, aunque ustedes no crean, yo he sido muy feliz con esta señora, con esta mujer. Y le debo muchas de las cosas que yo he sido”.

El contexto político: Lanusse, Montoneros y la lucha por Evita

La devolución del cadáver de Eva Perón a Juan Perón fue una decisión del entonces presidente de facto Alejandro Lanusse, como una muestra de buena voluntad hacia Perón, con quien tal vez pensaba medirse en elecciones libres si marchaba bien su estrategia política encarada por el llamado Gran Acuerdo Nacional.

Había otra razón acaso superior a la estrategia de Lanusse. Aramburu había sido secuestrado y asesinado por la guerrilla peronista Montoneros entre mayo y junio de 1970, luego de haber sido sometido a un “juicio revolucionario”. Fue acusado de la desaparición del cadáver de Eva Perón y, en el comunicado número 5 que sus captores dieron a conocer ya con Aramburu asesinado, expresaron: “El cuerpo de Pedro Eugenio Aramburu solo será devuelto luego de que sean restituidos al pueblo los restos de nuestra querida compañera Evita“.

Luego de conocido el asesinato de Aramburu, el coronel Cabanillas recibió presiones de Montoneros. Existía una tercera razón para apresurar la entrega del cuerpo a Perón: Montoneros estaba sobre la pista del cadáver, o al menos en su intensa búsqueda, con la intención de darle un uso político.

Antes de la entrega, Perón había enviado una carta al Papa Paulo VI pidiendo la restitución del cuerpo de Evita que decía: “Algunas debilidades humanas les han quitado a mis compatriotas a la mejor de sus hijas, Eva Perón y el pueblo argentino la necesita

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