La noche de la entrega en Puerta de Hierro
La tarde del 3 de septiembre de 1971, el cortejo cubrió el trayecto entre Barcelona y Madrid, custodiado con discreción. Poco antes de las ocho de la noche, cuando la caravana enfilaba hacia la residencia de Perón en el barrio de Puerta de Hierro, se detuvo para que Sorolla retirara la chapa de bronce con el nombre “María Maggi de Magistris” y colocara otra que decía: “María Eva Duarte de Perón”.
El coronel Cabanillas ordenó una segunda detención para que la hora de la entrega no coincidiera con las 20.25, momento de la muerte de Eva Perón el 26 de julio de 1952. Poco después de las ocho y media de la noche, el ataúd entró en la residencia de la calle Navalmanzanos 6.
En el interior esperaban Juan Perón, con traje oscuro; su tercera esposa, María Estela Martínez (Isabel Perón); su secretario José López Rega; el delegado personal de Perón en Argentina, Jorge Daniel Paladino; dos sacerdotes mercedarios; el agregado cultural de la embajada argentina, Manuel Gómez Carrillo; y el embajador Jorge Rojas Silveyra, quien se había negado a anticipar la fecha de la entrega por temor a una infidencia.
El momento de la apertura del ataúd
El féretro fue colocado sobre una mesa en la planta baja. Rojas Silveyra tomó el mando de la ceremonia y pidió que el ataúd fuera abierto para certificar que eran los restos de Eva Perón y que los testigos firmaran el acta correspondiente.
Al levantar la tapa del féretro, se toparon con un cerramiento de zinc que también había que abrir. López Rega apareció con una especie de soplete en la mano, pero Rojas Silveyra lo frenó porque sabía cuán volátil era aquel cuerpo por los químicos del embalsamamiento.
Según recordó años después el embajador, usaron dos abrelatas caseros para cortar la chapa; Paladino recordó en cambio que usaron un cortafierros y un martillo. El trabajo demoró unos 50 minutos.
En medio de la tensión, López Rega le dijo a Perón: “General, esta no es Evita… No firmé el acta. No es Evita…”. Perón se acercó al cuerpo de su exmujer y selló el pequeño drama con una frase: “Sí, es Evita“. Rojas Silveyra apuró la firma del acta. Cuando López Rega volvió a decir en voz baja “Yo no firmo”, el embajador recurrió a herir su ego: “¿Se va a perder esta oportunidad de firmar un acta histórica?”. López Rega firmó. Isabel Perón no quiso hacerlo y no pudieron convencerla.
El estado del cuerpo y los testigos
Un testigo, Carlos Pedro Spadone, entró a la quinta a las 14.30 del 4 de septiembre de 1971 y dejó constancia de lo que vio. Según su relato, Isabel se encontraba limpiando y peinando el cabello del cuerpo. Spadone escribió que el ataúd estaba lleno de cal, tierra, óxido y humedad, y que el cuerpo presentaba golpes en la nariz, la frente, la cara, el hombro derecho y el cuello roto por los golpes en todo su alrededor.
También notó el cabello cortado en varias partes y la falta del dedo medio en ambos pies. Años después, el brigadier Rojas Silveyra recordó un diálogo con Perón mientras caminaban por el jardín de la residencia. Perón le dijo: “Y…, aunque ustedes no crean, yo he sido muy feliz con esta señora, con esta mujer. Y le debo muchas de las cosas que yo he sido”.