Si no está una, está la otra
Hoy son una psicóloga, una abogada, una directora de jardín, una licenciada en agronegocios, una secretaria, una jubilada de la policía, una ama de casa, una instructora de yoga, una emprendedora y dos comerciantes. Lidia, Silvina, Paola, Débora, Fernanda, Cecilia, Melina, Carla, Jimena, Maira y Susana. Todas unidas por el mismo hilo. Algunas son más tranquilas y otras más intensas; una es más activa y otra más administrativa. “Depende lo que va sucediendo, vamos encontrando el espacio y nos vamos encajando entre todas”, dice Jimena, mientras hace con las manos la seña de un engranaje perfecto. “Y la que encaja un cachito más tarde, la acompañamos a que se acomode”.
No se ven todos los días. Hay meses en que se juntan un viernes, otros en que se juntan dos. Cuando alguien propone una cena, va la que puede, y no pasa nada. “Pero cuando la vida aprieta”, dice Carla, “cuando sentimos la necesidad de ser abrazadas, de abrazar, de contener, estamos”.
Jimena enumera lo que atravesaron juntas sin detenerse en nada: “Cosas buenas, cosas malas, nacimientos, pérdidas, situaciones económicas, separaciones. Y acá estamos. Y si no está una, está la otra“.
Contener también es decir lo que la otra no quiere escuchar. “A veces hay opiniones que no querés escuchar, y las amigas te las dan”, dice Jimena. “Y en otros momentos te abrazan aunque no estén con vos. Te abrazan con el alma“. Lo dice con los ojos temblorosos y una emoción que ni la pantalla puede contener.