En La Salada, donde la realidad golpea a los jóvenes, la droga se vuelve escape y el narco una constante, las Madres contra el paco reflejan lucha, resistencia y esperanza de cambiarlo todo.
En La Salada, donde la realidad golpea a los jóvenes, la droga se vuelve escape y el narco una constante, las Madres contra el paco reflejan lucha, resistencia y esperanza de cambiarlo todo.

“Con ternura venceremos” dice el mural del comedor comunitario de Villa Lamadrid en Lomas de Zamora. Alicia Romero e Isabel Vázquez inauguraron este comedor en los 90 en el corazón del conurbano bonaerense, junto a la feria de La Salada. Allí late una realidad dura y muchas veces invisibilizada: la de los chicos y chicas que caen en la trampa de la droga y el narcotráfico.
Alicia Romero, lleva años en la primera línea de esa batalla cotidiana. Su testimonio revela el entramado de pobreza, abandono y violencia que empuja a los jóvenes a buscar escapatorias en sustancias como el paco, y cómo cualquier “oportunidad” que les ofrecen muchas “personas que no son de buen vivir”.
“Los deseos son muchos y las oportunidades pocas”, reflexiona Alicia, mientras describe un barrio que no es sólo un paisaje: “Estamos al lado de la feria La Salada, imagínate que casi la mayoría es trabajo precarizado, informal.” Allí, la precariedad se traduce en falta de recursos, contexto en el que las drogas aparecen como un modo de evasión y también, para algunos, como una actividad de subsistencia.
Madres contra el Paco nació hace más de dos décadas, cuando Alicia y su compañera Isabel Vázquez y a muchas otras las unió la maternidad en contextos de vulnerabilidad: ” Yo sufrí violencia familiar y quedé sola con mis hijos. Y un poco lo que nos unió a estas mujeres, las compañeras que teníamos en ese momento, que eran 30 trabajando en el comedor, era cómo llevar adelante las crianzas de los hijos. Y nosotras empezamos a hablar de eso, de la crianza“. “Nosotras empezamos con un merendero, apoyo escolar, intentábamos que los chicos pudieran divertirse, hacer una fiesta del Día del Niño, Halloween,” recuerda. Pero la realidad era otra: “Los pibes que fueron creciendo nos contaban que existía la pasta base, que nosotros no teníamos idea qué era. Ya veníamos peleando la cocaína adulterada, pero de pasta base no sabíamos nada.”
El comedor que queda frente a la escuela y la única calle con asfalto donde “pasaban los pibes limpiando los autos con secadores y corriendo al transa” fue para ellas una ventana a este drama. “Nos dimos cuenta que eran pibes nuestros. Y ahí vimos mucha vergüenza, mucha negación. ‘Mi hijo no, es porque se junta con otro’, decían las madres. Pero era la verdad que teníamos delante.”
El paco, esa “receta en la que le ponen cualquier cosa y no les importa el cliente”, comenzó a dominar el panorama, junto con el alcohol que se consume desde edades cada vez más tempranas. “El alcohol es la primera sustancia legal que tienen acceso los pibes, mezclada con ribo o clona. Y después viene la marihuana y el paco,” enumera Alicia. Pero no sólo la droga define la vida de los jóvenes: “Cuando un pibe está en la calle, es porque está pasando algo en la familia. No hay alguien que lo sostenga, no tiene un lugar.”
La violencia familiar, el abuso, la discriminación, el bullying e incluso la falta de amor propio son piezas centrales de esta problemática. “Muchos pibes tienen problemas de salud mental, depresión, y buscan escapar de esa realidad con las sustancias,” explica Alicia. Y en ese escape se enredan, a veces, en redes que exponen a la prostitución, la delincuencia y actividades como la venta y fraccionamiento de droga, promovidas por grupos narcos que se infiltran en sus barrios.
Es a estos grupos y “los transas de los barrios” a quienes Alicia y otras organizaciones enfrentan, aunque aclara: “El narcotráfico real no está en los barrios ni en las villas. Los que lavan plata y manejan el dinero viven en otros barrios.” Sin embargo, en barrios como el de La Salada “los pibes roban, consumen y también venden droga. El que compra, el que presta plata, el que ayuda a comprar remedios o hacer fiestas del Día del Niño. También hay quien puede pagar por sexo o hacer fiestas cómo lo que que paso con las chicas de Varela”, dijo haciendo referencia al triple femicidio de Lara, Brenda y Morena. Todo conforma un ecosistema que atrapa a muchos jóvenes.

Alicia recuerda con dolor la pérdida de Emanuel, hijo de su compañera Isabel, asesinado en ese contexto de violencia: “Isabel siempre dice unas palabras que nos representan a todas: ‘Veo a mi hijo en cada una de las miradas de los pibes, y eso me da fuerza para seguir luchando’.” A pesar de las amenazas recibidas, las mujeres no piensan en rendirse: “¿Qué vamos a hacer? ¿Quedarnos encerradas? No, tenemos que salir y pedir justicia. Más justicia que la que no tenemos.”
Las mujeres que componen las Madres contra el Paco saben que esta problemática también tiene una profunda dimensión de genero y vulnerabilidad. Alicia denuncia la realidad que viven muchas mujeres vinculadas al mundo narco: “En las cárceles está la gente que es delincuente de poca monta. Están llenas de mujeres presas por venta y fraccionamiento. Y si vamos a ver su historia, son mujeres vulnerables que fueron vulneradas toda la vida.” Esa doble vulnerabilidad —por la pobreza y por el género— explica en buena medida cómo se reproducen los ciclos de exclusión y violencia.
La justicia y el Estado no terminan de dar respuestas: la complicidad policial, la indiferencia vecinal y la mirada complaciente de funcionarios municipales agravan la sensación de impunidad y abandono que padecen. “Hoy no tenemos vínculo con la policía. Antes podíamos dialogar, hoy no hay nada organizado. Las investigaciones son muy largas y muchas veces cuando allanan no encuentran nada.”
Por eso, saben que la solución debe pasar por políticas públicas sólidas que generen oportunidades reales para estos barrios y protejan especialmente a las mujeres y jóvenes en situación de riesgo. “Tenemos un dispositivo donde todos los días contenemos a cientos de pibes y pibas. Pero debería hablarse más de los buenos tratos, del abuso que existe en las familias y en las escuelas.”

El entramado es complejo y las ofertas que los jóvenes reciben no son inocuas: “Los chicos quieren divertirse, ir a fiestas, y si alguien les ofrece esa diversión, ahí van,” cuenta Alicia. Pero esas “oportunidades” muchas veces esconden abusos, venta forzada, y control. Las redes sociales muestran vidas de apariencia y fiestas, pero el detrás de escena está cargado de dolor y violencia: “Vivimos en una vidriera que mostramos lo mejor, pero adentro hay mucho sufrimiento que muchos quieren tapar con sustancias.”
La Salada, lejos de las descripciones literarias, es un barrio de calles de tierra y barro, donde la feria da trabajo a mucha gente pero solo de forma informal y precaria. Es un lugar donde los pibes que no encuentran amor ni lugar en sus casas terminan en las esquinas, expuestos y a merced del narcotráfico barrial. Un lugar donde los deseos —unas zapatillas, un celular, la oportunidad de una salida— colisionan con la escasez y el tiempo perdido.
Madres contra el Paco no solo denuncia, también propone y trabaja para que esos pibes tengan otro camino. En sus comedores y actividades de contención, buscan romper el ciclo de abandono y violencia. Pero saben que para cambiar la realidad hace falta más que voluntad: hacen falta políticas de Estado.
En definitiva, la lucha que llevan adelante estas madres es un grito desde el barrio por justicia, oportunidad y vida digna. Porque en último término, la frase resuena como una verdad ineludible: “Los deseos son muchos y las oportunidades son pocas”. Y mientras eso no cambie, la batalla será dura, pero necesaria.
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