La Costa Atlántica argentina acaba de recibir un recordatorio brutal de la fragilidad de su urbanismo frente al mar. Lo que comenzó como un fin de semana de descanso se transformó en un escenario de emergencia costera cuando una sudestada excepcional, con ráfagas persistentes y una presión atmosférica en caída, empujó las aguas hasta alcanzar niveles críticos. En localidades como Mar del Tuyú, Santa Teresita y Las Toninas, el avance del océano no fue gradual: “entró como un tornado”, describieron los testigos, arrasando con bajadas públicas y estructuras livianas de los paradores.
El fenómeno alcanzó una altura de 2,40 metros, una cifra que para los especialistas resulta alarmante en este período del año. Históricamente, las sudestadas más agresivas se reservan para el otoño o el invierno; sin embargo, la combinación de una marea astronómica alta —potenciada por la fase de luna llena— y vientos del sudeste generó un “cóctel” que el Servicio de Hidrografía Naval ya venía monitoreando. El impacto fue tan severo que en varios tramos del Partido de La Costa el agua superó la línea de la costanera, anegando calles y forzando la intervención inmediata de Defensa Civil.
Este evento pone nuevamente bajo la lupa el debate sobre la erosión costera y el manejo del territorio. La pérdida de médanos naturales, que actúan como barreras de contención, ha dejado a las localidades balnearias expuestas a estos embates. No se trata simplemente de un “mal clima”, sino de una tensión estructural entre el desarrollo turístico y los ciclos naturales. En ciudades como Mar del Plata y Villa Gesell, si bien los daños fueron menores, la marejada alcanzó las primeras líneas de carpas, obligando a los concesionarios a trabajar a contrarreloj para salvar el equipamiento y minimizar las pérdidas económicas en el inicio de la primera quincena de enero.
El drama central no radica solo en las maderas rotas de un balneario, sino en la incertidumbre sobre la estabilidad de la costa a largo plazo. Las autoridades locales han comenzado el relevamiento de daños, pero el interrogante persiste: ¿hasta qué punto es sostenible seguir construyendo sobre una línea de playa que retrocede año tras año ante un mar cada vez más imprevisible?