El Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC) despejó la última incógnita del calendario económico al revelar la inflación del mes de diciembre. El dato no solo confirmó la desaceleración de los precios en el último trimestre, sino que selló el año 2025 como el periodo con menor inflación de los últimos ocho años. Para una economía argentina habituada a los tres dígitos y a la inestabilidad crónica, este número representa un espaldarazo político crucial para el equipo económico y una validación del programa de ajuste monetario y fiscal implementado desde el inicio del mandato.
La cifra de diciembre, que se ubicó en línea con las expectativas de las consultoras privadas, refleja el impacto del ancla cambiaria y la fuerte contracción de la base monetaria. Según el informe oficial, los rubros que mostraron mayor moderación fueron los alimentos y bebidas, mientras que los servicios regulados —tarifas y transporte— continuaron aportando la mayor presión al índice general. Este “éxito” estadístico es visto por el público profesional y el sector empresarial como una señal de normalización macroeconómica, permitiendo por primera vez en años una planificación financiera que excede el corto plazo.
Sin embargo, detrás del festejo oficial, los analistas advierten sobre los riesgos que asoman para el 2026. La sostenibilidad de estos niveles de inflación dependerá de la capacidad del Gobierno para levantar el cepo cambiario sin generar un salto en los precios y de la evolución de las paritarias. El interrogante central para la clase media y los consumidores de más de 30 años es si esta baja de la inflación se traducirá finalmente en una recuperación del salario real, o si se mantendrá como un logro de equilibrio fiscal a costa de un consumo estancado.
Otro factor determinante para el año que comienza será la gestión de los precios relativos. Con gran parte de las tarifas ya ajustadas, el desafío será evitar la inercia inflacionaria en un contexto donde se espera una reactivación de la actividad económica. El mercado observa con atención si el Banco Central podrá mantener la disciplina sin afectar la competitividad exportadora, especialmente en un escenario global volátil. La baja de 2025 es un cimiento, pero no garantiza por sí sola la estabilidad de largo plazo que demanda la inversión productiva.
En conclusión, el cierre de 2025 marca un quiebre en la tendencia de aceleración de precios que el país arrastraba desde 2018. El Gobierno ha logrado domar la fiera inflacionaria mediante una ortodoxia rigurosa, pero el éxito definitivo se jugará en el crecimiento económico de 2026. Para el ciudadano de a pie, el alivio de ver un índice de un solo dígito mensual es significativo, pero la verdadera prueba de fuego será cuando la estabilidad de los precios se encuentre con la necesidad de llenar el carrito del supermercado con mayor facilidad.