La historia del arte y la política española ha sumado un capítulo revelador gracias a una misiva de 1942 encontrada recientemente. En el documento, el marqués de Lozoya reclama a la Casa Civil del Generalísimo el pago de 9.000 pesetas por tres copias del retrato de la Marquesa de Santa Cruz, encargadas al pintor Núñez Losada. La carta no solo expone la morosidad del dictador en asuntos domésticos, sino que confirma el precio real de la transacción original: 1,5 millones de pesetas, una fortuna para la época que hoy equivaldría a millones de euros.
El interés de Franco por esta pieza de Goya no era puramente estético, sino profundamente estratégico. En 1939, obsesionado con estrechar lazos con el Tercer Reich, el dictador buscó una “joya artística” para obsequiar a Hitler. La elección de la marquesa disfrazada de musa no fue casual: en la lira que sostiene la joven figura un lauburu, un símbolo vasco que el franquismo interpretó como una semejanza directa con la esvástica nazi. Era el “regalo perfecto” para sellar una alianza que, finalmente, el curso de la Segunda Guerra Mundial y la declaración de neutralidad española dejaron en suspenso.
Este hallazgo documental permite reconstruir con precisión el uso instrumental del patrimonio nacional durante la dictadura. Franco no dudó en utilizar obras maestras como moneda de cambio en sus negociaciones secretas. El cuadro, que tuvo un periplo accidentado durante la Guerra Civil viajando de Madrid a Ginebra, fue adquirido por el dictador en 1941. Sin embargo, tras la derrota del Eje, la obra regresó al Museo del Prado en 1944, aunque la titularidad de Franco fue borrada de los registros oficiales para ocultar el rastro del frustrado regalo al Führer.
La serendipia ha querido que, tras encontrar la carta en un mercado de pulgas, el galerista José de la Mano localizara en una subasta en Francia una de las copias que Franco dejó a deber. La obra, realizada con materiales precarios de la posguerra, imita incluso el barniz oxidado del original, confirmando que se pintó directamente frente a la pieza de Goya. Este descubrimiento cierra un círculo de décadas donde la realidad superó a la leyenda, exponiendo las costuras de una operación de propaganda que nunca llegó a concretarse.
Hoy, La Marquesa de Santa Cruz cuelga en las paredes del Prado como un testimonio del genio de Goya, pero también como un recordatorio de una época donde el arte fue rehén de la geopolítica. La carta hallada en El Rastro es el eslabón perdido que prueba hasta dónde estaba dispuesto a llegar el régimen para complacer a sus aliados, y cómo el azar termina devolviendo a la luz los secretos mejor guardados de la historia.