No sos vos, es la crisis. Un estudio reciente revela un preocupante aumento en la infelicidad y el malestar emocional en jóvenes menores de 25 años, anticipando un fenómeno que antes se asociaba a la mediana edad.
No sos vos, es la crisis. Un estudio reciente revela un preocupante aumento en la infelicidad y el malestar emocional en jóvenes menores de 25 años, anticipando un fenómeno que antes se asociaba a la mediana edad.

Durante décadas, se habló de la famosa “crisis de los 40”, ese período en la vida donde las dudas existenciales, el cansancio acumulado y la sensación de arrepentimiento parecían alcanzar su punto máximo. Lo que parecía un fenómeno inmutable, exclusivo de la mediana edad, ahora ha cambiado de lugar y de protagonista.
Un reciente estudio internacional, publicado en la revista científica PLOS One, evidencia que esta conocida “curva de la felicidad en U”, donde la satisfacción vital decae hasta la mediana edad y luego mejora, casi ha desaparecido. En lugar de ese patrón, la infelicidad se presenta mucho antes, con niveles alarmantemente altos en jóvenes de menos de 25 años, para luego disminuir progresivamente a medida que avanzan en edad. ¿Quién no se ha sentido más solido a los 30s que a los 20s?
Este cambio no es solo una curiosidad estadística. Los autores del estudio, expertos de renombre que analizaron datos de más de 10 millones de adultos en Estados Unidos, el Reino Unido y otros 44 países, incluyen a Alex Bryson, profesor de ciencias sociales en la Universidad de Londres. Ellos descubrieron que el bienestar mental de los jóvenes ha ido deteriorándose desde aproximadamente 2012, con un aumento significativo de la ansiedad, el estrés y la desesperanza entre adolescentes y adultos jóvenes, siendo las mujeres las más afectadas.
En Estados Unidos, los registros muestran cómo la infelicidad y los niveles de desesperanza entre jóvenes menores de 25 años han ido creciendo sin pausa entre 1993 y 2024, superando incluso los indicadores negativos de las personas de mediana edad. Este fenómeno se refleja en indicadores de salud pública preocupantes: las tasas de ingreso a urgencias por trastornos mentales en menores de 17 años aumentaron notablemente entre 2016 y 2019, según el Informe Nacional sobre la Calidad y las Disparidades en la Atención Médica. Además, el suicidio es hoy la cuarta causa principal de muerte en personas de entre 15 y 29 años en ese país.
El estudio también utilizó datos del Estudio Longitudinal de Hogares del Reino Unido y del proyecto Global Minds, con encuestas aplicadas entre 2020 y 2025 en diversas regiones, incluyendo América Latina. El análisis mostró que la “joroba de la infelicidad” —el pico de malestar que antiguamente ocurría en torno a los 40 o 50 años— ha dejado paso a un malestar emocional creciente desde la adolescencia, que también es más pronunciado en mujeres jóvenes.
Los factores detrás de este cambio son múltiples y complejos. Los autores mencionan el impacto duradero de la Gran Recesión de 2008, que afectó las oportunidades laborales y económicas de las nuevas generaciones; los efectos prolongados de la pandemia de COVID-19; la limitada disponibilidad de servicios de salud mental; y el creciente peso que tienen Internet, las redes sociales y el uso compulsivo de smartphones, que, al comparar vidas y éxitos ajenos, puede generar insatisfacción y ansiedad.
Alex Bryson advierte que este deterioro comienza a ser visible y más agudo en economías avanzadas de habla inglesa, pero también afecta de manera importante a América Latina. En contraste, se observa que en África este fenómeno es menos marcado, lo que apunta a la influencia de factores socioeconómicos y culturales en la salud mental.
Aunque el estudio no establece relaciones causales directas, el consenso apunta a una compleja interacción de elementos sociales, económicos y tecnológicos que explican la profunda transformación del bienestar en los jóvenes. Mientras tanto, esta realidad plantea importantes preguntas para gobiernos, sistemas de salud y la sociedad en general: ¿cómo acompañar a estas generaciones? ¿qué políticas públicas son necesarias para frenar este deterioro?
Frente a un panorama de estancamiento emocional prematuro y creciente malestar, el desafío es urgente. La clave podría estar en promover espacios que fomenten las relaciones sociales fuera de las pantallas, el acceso a tratamientos psicológicos de calidad, y en reconstruir un entorno que permita a los jóvenes no solo sobrevivir, sino también proyectar una vida plena y saludable.
En definitiva, la “crisis de los 20” no es una mera etiqueta, sino una llamada de atención para pensar de otra manera el paso a la adultez en un mundo cada vez más complejo, donde la búsqueda de bienestar y sentido parece comenzar mucho antes que antes.
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