Se sabe que los Boca-River no empiezan cuando pita el árbitro, ni terminan cuando los jugadores se van al vestuario; siempre duran más que 90 minutos y no siempre hay una pelota mientras se disputa.
Se sabe que los Boca-River no empiezan cuando pita el árbitro, ni terminan cuando los jugadores se van al vestuario; siempre duran más que 90 minutos y no siempre hay una pelota mientras se disputa.

Cuando el domingo a las 16:30, en la Bombonera, el árbitro sople el silbato y se mueva la pelota, no será el inicio del Superclásico; simplemente será la continuidad de un partido que ya se estaba jugando en otro escenario. A la sombra de ese fenómeno, se podría decir que el lunes empezó ganando Boca y que ayer River le dio vuelta al resultado con un contragolpe inesperado y letal, y ahora será obligación del equipo de Juan Román Riquelme pasar al frente.
El domingo a la noche en River, el tic-tac de la bomba se aceleró y el Superclásico arrancó con derrota parcial porque le dejaba a Boca la chance de asegurarse la plaza de la Libertadores 2026, a merced de su eterno rival. Ahondar la crisis del ciclo de Gallardo e incluso empujar su salida se sumaba como un combo perfecto. Mejor panorama en la previa no era posible para el equipo de la Ribera, que hace rato no vive una buena alegría, pero le duró poco. Un par de días, el carnaval carioca de los festejos previos, y esa luz se apagó.
Casi como una táctica de pelota parada, el nuevo presidente de River, Stefano Di Carlo, se juntó con Marcelo Gallardo y planificaron el contragolpe. Los indicios asomaron el martes, cuando Di Carlo fue a Ezeiza en el primer día de entrenamiento y mostró un apoyo explícito como primer acto de su gobierno, al que había asumido el lunes. No se quedó ahí; ese mismo día, en el laboratorio de la presidencia, la dupla Di Carlo-Gallardo decidió jalar el gatillo: quitarle la pelota a Boca en el relato de la previa.
El anuncio de una conferencia de prensa, y la misma conferencia, fue un gol de media cancha de River, básicamente porque, indistintamente, que nada cambie en la tabla y que si Boca gana puede sacar a River de la Libertadores 2026, el efecto emocional será diferente. Boca y Riquelme no podrán hacer más daño que eso, porque suceda lo que suceda, el futuro de Gallardo en River ya está definido. Esa pelota se la robó y le dio vuelta al resultado.
Además, le sacó al Superclásico todo ese fuego de la crisis y la continuidad por Gallardo y por el primer partido de un nuevo gobierno. Si Di Carlo y Gallardo no controlaban ese problema de antemano, y si no lo corrían del verde césped de la Bombonera, todo hubiera sido pérdida y sin control de daño para River. Echar a Gallardo hubiera sido una copa en sí misma, que se hubiera festejado más que un triunfo.
El anuncio de continuidad y la frase “yo no salgo corriendo” de Gallardo le devuelve cierto control del discurso del partido, que parecía en franca desventaja desde el domingo a la noche.
Así van las cosas para este nuevo Superclásico, que, como suele suceder, no se va a parecer a ninguno de los que ya se jugaron y tampoco a los del futuro. Por ahora, gana River y llega con un impacto favorable, pero Boca tiene esa carta fuerte de darle un golpe letal en la tabla anual; ya no podrá lastimar a Gallardo, que tanto mal le hizo al Xeneize en esta última década.
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