La seudoformación es una educación superficial y fragmentada que reemplaza la formación auténtica, generando confusión cultural y deterioro social al privilegiar el consumo rápido frente al esfuerzo reflexivo.
La seudoformación es una educación superficial y fragmentada que reemplaza la formación auténtica, generando confusión cultural y deterioro social al privilegiar el consumo rápido frente al esfuerzo reflexivo.

A partir del siglo XVIII, con el nacimiento y expansión de la escuela moderna, la mayoría de la población de occidente depositó sus expectativas de posicionamiento social y de realización individual en el sistema educativo. Desde ese momento, las corrientes pedagógicas modernas entienden la educación como una práctica en la que convergen instrucción y formación para el mejoramiento de los individuos y de la sociedad.
El objetivo de la instrucción es dotar a los estudiantes de capacidades y habilidades que sirvan para la vida práctica. El saber hacer, la adquisición de una “técnica” para desempeñarse en tal o cual tarea, está por encima y por delante de otras consideraciones vinculadas, por ejemplo, al sistema psíquico o al comportamiento social del individuo. La instrucción entendida de ese modo es funcional a los intereses de la burguesía en ascenso porque les permite a los individuos instruidos desempeñar sus tareas en las diferentes áreas de la producción, la economía y en la administración.
La formación, en cambio, tiene otras pretensiones. El contenido de ese concepto es una herencia de la pedagogía del siglo XIX. La educación que tiene como propósito la formación integral de la persona (tal como suele leerse todavía en buena parte de los principios que guían los objetivos de muchas instituciones educativas), se convierte en una tarea que busca moldear o, si se prefiere, remodelar una materia que llega a la escuela en bruto, utilizando como recursos el conocimiento, las normas morales y la apreciación estética que provienen del campo de la ciencia y el bagaje cultural legado por la tradición, en forma de obras de arte, ideas filosóficas, interpretaciones de textos canónicos, etc. Dirían los aristotélicos que se trata de dar forma a lo que se presenta informe tanto en el orden material como en el orden espiritual. El educando va a la escuela sin forma y gracias a los procesos de aprendizaje en los que participa, sale de ella formado.
Pero eso es sólo parte del contenido del concepto heredado. Para la pedagogía moderna, la formación apunta a modelar la capacidad reflexiva, la disposición teórica, el dominio del comportamiento propio (la formación de un ethos), la sociabilidad y el gusto del individuo. En pocas palabras, hasta mediados del siglo XX, la formación era entendida como la apropiación de la cultura por parte de individuos que, por intermedio de esa adquisición, aspiraban a volverse autónomos.
Theodor Adorno (1903-1969), en esa época, señalaba que la formación, en su sentido genuino, sienta sus bases en la tradición, no puede aprehenderse sin supuestos y requiere de una autoridad (por ejemplo, la de la ciencia o la del sabio) que oficie de mediadora entre la herencia cultural y los individuos. Pero, sobre todo, la verdadera formación requiere tiempo y esfuerzo y, para las pretensiones burguesas y pequeñoburguesas, esos dos requisitos van en contra de sus aspiraciones inmediatas. La formación es un rasgo diferenciador y distintivo. Sus requerimientos y exigencias la hacen de difícil acceso.
Entonces, como las clases que tienden a posicionarse socialmente no tienen tiempo ni interés en formarse de acuerdo con los requerimientos que la formación exige, comienzan por ideologizar los supuestos en los que se apoyan, eliminan de un plumazo las tradiciones culturales necesarias para darle consistencia y sentido al conocimiento adquirido, y malvenden la autonomía a la que aspiran para terminar sometiéndose a diferentes fuentes de autoridad, entre las que se destacan los ídolos populares y los líderes carismáticos. A falta de formación, la pequeña burguesía aspiracional habrá de conformarse, a partir de entonces, con su sucedánea de mala calidad: la seudoformación.
La seudoformación resulta de la incorporación, por parte de los individuos, de un bagaje cultural compuesto de ideas, experiencias y prácticas superficiales, inconexas, muchas veces distorsionadas por el tratamiento recibido en instituciones y organizaciones gestoras de productos de factura rápida, perecederos e intercambiables por otros del mismo tenor, en función de una demanda de objetos culturales efímeros, simples y de consumo masivo.
La seudoformación sustituye el rigor en los abordajes, la coherencia interna de los conocimientos y todas las otras características que distinguen a la verdadera formación por una erudición superficial y una exhibición vulgar de conocimientos que provienen de una divulgación científica a su vez distorsionada, en la medida que pasa del sistema educativo a los MMC y, en tiempos recientes, de esos medios a diferentes espacios de la cibercultura. Lejos de transformarse en un activo cultural para quien se nutre de ella, la seudoformación se convierte en un obstáculo que dificulta la comprensión por la falta de cohesión y coordinación entre las piezas sueltas que conforman el saber adquirido superficialmente, rápido y de fuentes de dudosa confiabilidad. El resultado, concluye Adorno, es un estado mental de confusión y oscurantismo.
En nuestro tiempo, bajo el ropaje mediático de una formación de bajas aspiraciones, pero al alcance de todos, la seudoformación resulta un medio eficaz para aumentar el deterioro progresivo de la calidad de la vida social e individual, distribuyendo un saber empobrecido y distorsionado, fomentando comportamientos de una tosquedad creciente y convalidando una sociabilidad (formas de interacción) impregnada de una vulgaridad cada vez más extendida.
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