Caza de brujas en Caracas: el Estado de Excepción como arma política

El gobierno interino de Venezuela oficializó un régimen de excepción que faculta el arresto inmediato de ciudadanos y funcionarios acusados de colaborar con la ofensiva de Estados Unidos. Bajo la premisa de “traición a la patria”, la medida busca descabezar focos de resistencia interna y consolidar el control territorial ante el avance de fuerzas externas.

La transición venezolana ha ingresado en una fase de endurecimiento jurídico que borra los límites entre la justicia y la persecución. Tras la captura de Nicolás Maduro, el decreto de un Estado de Excepción no solo ha servido para reorganizar el orden público, sino que se ha transformado en un instrumento para ordenar detenciones por apoyo a la ofensiva, apuntando directamente contra civiles y militares que facilitaron la incursión estadounidense. Esta normativa permite la suspensión de garantías procesales básicas, facilitando capturas bajo el cargo de colaboracionismo con potencia extranjera, una figura que hoy se aplica de forma discrecional en todo el país.

El alcance del decreto es total. La administración interina ha instruido a las fuerzas de seguridad para identificar y arrestar a quienes hayan proporcionado inteligencia, apoyo logístico o sustento político a la denominada “Operación Resolución Absoluta”. Los informes indican que las redadas ya no se limitan a la cúpula chavista, sino que alcanzan a cuadros medios y activistas sospechados de haber servido como informantes. Este clima de vigilancia extrema ha generado un vacío de liderazgo en los sectores que aún se mantienen leales al viejo régimen, forzando a miles al exilio o a la clandestinidad para evitar procesos sumarios sin defensa legal.

La reflexión analítica sobre este escenario revela una paradoja peligrosa: en el intento de “liberar” al país, el nuevo orden recurre a las mismas herramientas de control social y represión que denunciaba de su antecesor. Si bien la justificación oficial reside en la necesidad de evitar sabotajes a la infraestructura crítica, el uso del Estado de Excepción para perseguir la disidencia ideológica plantea serias dudas sobre la calidad democrática de la transición. Para los organismos de derechos humanos, la cacería de “traidores” podría derivar en una purga masiva que deslegitime el proceso de reconstrucción ante la comunidad internacional.

Desde Washington, el respaldo a estas medidas es pragmático pero vigilante. Mientras los asesores de Donald Trump consideran necesario el “saneamiento de las instituciones”, sectores de Naciones Unidas advierten que el derecho internacional no admite la detención arbitraria de personas por sus simpatías políticas, incluso en contextos de conflicto armado. La tensión entre la seguridad nacional y las libertades civiles es hoy el eje de una Venezuela fragmentada, donde la figura del informante se ha convertido en el mayor temor de una sociedad que ya no sabe quién ostenta la autoridad legal.

El futuro inmediato de Venezuela dependerá de la duración de estas medidas excepcionales. Si el Estado de Excepción se prolonga más allá de la urgencia operativa, el país corre el riesgo de sustituir una autocracia por un régimen de vigilancia permanente. La reconstrucción de la paz social exige que el castigo a los responsables del pasado se realice bajo el imperio de la ley y no mediante decretos de emergencia que alimenten el ciclo de la venganza política.

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