La contraofensiva de Julio Iglesias: el uso de la intimidad para silenciar denuncias de abuso

El cantante español difundió capturas de pantalla con las denunciantes en un intento por desacreditar los testimonios que lo señalan por agresión sexual y trata de personas, una maniobra que las organizaciones de derechos humanos califican como una revictimización de las mujeres que rompieron el silencio.

En un movimiento que busca desplazar el foco de las graves acusaciones en su contra, Julio Iglesias rompió el silencio para exponer conversaciones privadas de las mujeres que lo denunciaron por agresión sexual y trata de seres humanos. A través de sus redes sociales, el artista de 82 años publicó fragmentos de chats de WhatsApp con el fin de demostrar una supuesta relación de cordialidad y afecto, intentando invalidar el relato de las víctimas sobre el “régimen de terror” al que habrían sido sometidas. Esta estrategia, lejos de responder a los hechos de violencia denunciados, utiliza la asimetría de poder para exponer a quienes hoy se encuentran bajo la protección de la organización Women’s Link Worldwide.

Las denunciantes, una empleada doméstica y una fisioterapeuta, describieron ante la justicia española episodios de penetraciones no consentidas, tocamientos y maltratos físicos ocurridos en 2021 en las mansiones del cantante en República Dominicana y Bahamas. El relato de las mujeres detalla un entorno de vulnerabilidad donde el miedo y la dependencia laboral eran utilizados como herramientas de control. Ante estas acusaciones de una crudeza extrema, la respuesta de Iglesias fue la difusión de mensajes donde se leen frases de agradecimiento y cariño, una táctica que los especialistas en violencia de género señalan como habitual en agresores que buscan demostrar que “no había resistencia”, ignorando que en contextos de abuso el afecto suele ser una estrategia de supervivencia.

La defensa del cantante no solo se apoya en esta exposición mediática de la intimidad, sino que también intenta bloquear el avance de la causa mediante recursos de jurisdicción, alegando que la justicia española no debería intervenir en hechos sucedidos fuera de sus fronteras. Mientras los abogados de Iglesias denuncian un “daño reputacional”, la Fiscalía de la Audiencia Nacional mantiene abierta la investigación, sosteniendo que existen pruebas suficientes —incluyendo registros de llamadas y testimonios presenciales— que respaldan la versión de las víctimas. La publicación de los chats no ha frenado el proceso legal, sino que ha generado un fuerte repudio por parte de colectivos feministas que ven en este acto una clara intención de humillar y disciplinar a quienes se atrevieron a denunciar a una de las figuras más poderosas del espectáculo.

Este caso vuelve a poner de manifiesto la dificultad que enfrentan las mujeres al denunciar a hombres con inmenso capital económico y simbólico. Al publicar los mensajes, el artista no solo vulnera el derecho a la privacidad de las denunciantes, sino que refuerza la idea de que su palabra vale más por el simple hecho de su fama. Sin embargo, la justicia española parece decidida a no dejarse influenciar por la nostalgia de los éxitos musicales ni por los “pulgares arriba” de las redes sociales, priorizando la protección de los derechos humanos y el esclarecimiento de una trama que describe a un ídolo caído en las sombras del abuso de poder.

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