El enigma que sostuvo la mística del arte callejero durante décadas parece haber llegado a su fin. Una exhaustiva investigación periodística ha confirmado que Banksy es Robin Gunningham, un británico nacido en Bristol en 1973. El hallazgo, que cruza testimonios directos con un minucioso rastreo de movimientos financieros, revela que el artista no solo es un activista del aerosol, sino también un hábil estratega corporativo que operó bajo el alias de “David Jones” para proteger su patrimonio y sus derechos de autor.
La caída del velo comenzó a gestarse con el trabajo del detective español Francisco Marco, director de Método 3, quien en 2025 ya había trazado el vínculo entre Gunningham y el seudónimo artístico. Sin embargo, la nueva evidencia aportada por Reuters termina de cerrar el círculo al documentar la correspondencia directa entre los desplazamientos de Gunningham y la aparición de las obras en distintas partes del mundo, resolviendo así uno de los mayores debates de la cultura visual contemporánea.
El entramado de “David Jones”
Uno de los datos más reveladores del informe es la ingeniería legal detrás del mito. Para gestionar una fortuna que incluye obras subastadas por más de 25 millones de dólares, Gunningham utilizó el nombre real de David Bowie (David Jones). A través de esta identidad, controla firmas clave como Pest Control Office Ltd, la entidad oficial encargada de autenticar sus piezas, y Picturesonwalls Ltd, dedicada a la comercialización de ediciones limitadas.
“Un tipo que es rico utiliza su dinero. El análisis de los movimientos societarios permitió demostrar el vínculo”, explicó Marco a medios internacionales. Esta estructura le permitió a Banksy mantener una vida de perfil bajo, residiendo en el Reino Unido junto a su esposa, la exactivista Joy Charlotte Millward, y su hija, lejos de los flashes pero con el control absoluto de su marca global.
El fin del anonimato estratégico
Aunque el nombre de Gunningham ya había sido mencionado por el Daily Mail en 2008, la oficina de representación del artista siempre lo calificó como una “especulación sin fundamento”. No obstante, la investigación actual sostiene que el anonimato dejó de ser una elección artística para convertirse en una necesidad legal, debido a la naturaleza ilícita de sus intervenciones urbanas originales: al ser actos ilegales, necesitaba actuar a espaldas de la policía.
La revelación de su identidad plantea ahora un dilema para el mercado del arte: ¿seguirá teniendo el mismo valor una obra de Banksy ahora que conocemos al hombre que sostiene el estarcido? Mientras algunos críticos aseguran que el mito sobrevivirá a la biografía, otros consideran que conocer la autoría “científica” de sus piezas marca el inicio de una nueva etapa para el ícono de Bristol, donde la gestión de su legado será más transparente pero quizás menos romántica.