En una Basílica del Santo Sepulcro casi vacía por las restricciones del Gobierno israelí, el Patriarca Latino llamó a encontrar esperanza en medio de la “oscuridad” del conflicto.
En una Basílica del Santo Sepulcro casi vacía por las restricciones del Gobierno israelí, el Patriarca Latino llamó a encontrar esperanza en medio de la “oscuridad” del conflicto.

El Domingo de Pascua en Jerusalén se vivió este año bajo un clima de recogimiento forzado y una tensión que trasciende los muros de la Ciudad Vieja. El cardenal Pierbattista Pizzaballa, patriarca latino de Jerusalén, pudo finalmente oficiar la misa de Resurrección en la histórica Basílica del Santo Sepulcro, aunque el escenario distó mucho de la festividad habitual: la ceremonia se realizó a puertas cerradas por imposición del Gobierno israelí.
La medida gubernamental, que ya había impedido la celebración del Domingo de Ramos hace siete días, limitó la asistencia a un grupo reducido de personas.
Entre los presentes se encontraban los frailes franciscanos de la Custodia de Tierra Santa que residen en el monasterio del lugar, conocido por los cristianos locales como la «iglesia de la resurrección».
Dada la guerra en curso y las restricciones impuestas para garantizar la seguridad, la habitual multitud de peregrinos fue reemplazada por un vacío abrumador. “Las puertas siguen cerradas. El silencio es casi absoluto, roto quizás por el lejano ruido de lo que la guerra sigue sembrando en esta tierra santa y desgarrada”, describió con crudeza el cardenal durante su intervención.
Durante su homilía, Pizzaballa no esquivó la realidad que atraviesa la región, vinculando el misterio pascual con el sufrimiento actual de la población. “La Pascua no comienza con la proclamación de la victoria, sino con la escucha de una historia: una historia que enfrenta la muerte para alcanzar la vida”, expresó el purpurado, subrayando la necesidad de transitar la oscuridad para llegar a la resurrección.
Para el Patriarca, la divinidad no optó por una vía de escape frente al conflicto, sino que decidió adentrarse en la realidad más profunda de la existencia. En este sentido, añadió que Dios asumió las dimensiones de «el dolor y la muerte. No para “explicarlas desde lejos”, sino para habitarlas de cerca».
A pesar del aislamiento y la violencia que rodea a la comunidad, Pizzaballa destacó la resiliencia de los cristianos en Tierra Santa. El cardenal reconoció que la comunidad posee una “fe probada, frágil, quizás cansada… pero que sigue en pie”.
Al finalizar, enfatizó que esta resistencia no nace de una fortaleza propia, sino de una convicción espiritual: “No porque seamos fuertes, sino porque Alguien aquí nos sostiene”. Así, en un Santo Sepulcro blindado, la Palabra de Dios intentó resonar, en sus palabras, con más fuerza que cualquier silencio impuesto por las armas.
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