Inflación récord en las gasolineras, guerra comercial y la sombra de Irán: las claves de una bilateral determinante donde Trump busca oxígeno político y Xi Jinping intenta consolidar su autonomía tecnológica.
Inflación récord en las gasolineras, guerra comercial y la sombra de Irán: las claves de una bilateral determinante donde Trump busca oxígeno político y Xi Jinping intenta consolidar su autonomía tecnológica.

La diplomacia global vuelve a poner sus ojos en Beijing. La visita del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, a China —la primera de un jefe de Estado norteamericano en casi nueve años— se produce en un escenario de extrema fragilidad para Washington. Mientras los efectos de la guerra en Medio Oriente golpean directamente el bolsillo del ciudadano estadounidense, el gobierno de Xi Jinping intenta exhibir una “cintura económica” envidiable, a pesar de que sus propios indicadores de inflación comienzan a dar señales de alerta.
Para Donald Trump, el regreso a la Casa Blanca no ha sido el camino de rosas económico que prometió en campaña. El principal escollo es el “shock inflacionario” derivado del conflicto con Irán. El precio de la gasolina en EE. UU. ya superó los u$s4,50 por galón, un incremento del 50% desde el inicio de las hostilidades. Este encarecimiento de la energía, sumado al impacto de los aranceles de la guerra comercial, ha desplomado la confianza del consumidor a mínimos históricos.
En este contexto, la Reserva Federal (Fed) se encuentra en una encrucijada. El mercado ya ha descartado recortes de tasas en el corto plazo, incluso con la inminente llegada de Kevin Warsh a la presidencia del organismo. Trump llega a la bilateral necesitado de un triunfo mediático que pueda vender antes de las elecciones de mitad de mandato en noviembre: necesita que China compre productos agrícolas y energía para aliviar la presión interna.
Del otro lado de la mesa, Xi Jinping se muestra fortalecido por un crecimiento del 5% en el primer trimestre, superando las expectativas del mercado. Sin embargo, China no es inmune al descalabro global. Si bien su inflación minorista se mantiene a raya (1,2%), la inflación mayorista (IPP) se disparó al 2,8% en abril, empujada por los costos energéticos.
Beijing tiene objetivos claros: busca una extensión de la tregua comercial acordada en octubre pasado y, fundamentalmente, la flexibilización de las restricciones que pesan sobre sus empresas tecnológicas, especialmente en el sector de semiconductores y chips de memoria. Al mismo tiempo, el gigante asiático ha comenzado a “blindar” su sector tech, ordenando a empresas como ByteDance que rechacen inversiones estadounidenses sin aprobación previa.
Según los expertos, la agenda será intensa pero con resultados probablemente modestos:
Tierras raras y energía: Washington busca garantizar el suministro de minerales estratégicos y que China aumente la compra de aeronaves y gas.
Tecnología y Seguridad: Beijing presiona por el fin de los controles a las exportaciones de microchips, mientras EE. UU. desconfía de la inversión china en su industria automotriz por motivos de seguridad nacional.
El factor Irán: El mercado seguirá de cerca si Trump logra que Xi actúe como mediador real con Teherán, dado que China es el principal comprador de petróleo iraní.
Como señala el especialista Gustavo Girado, persiste una “dependencia del conocimiento extranjero” en China, reflejada en su balanza negativa de servicios financieros y patentes. Por su parte, la administración Trump busca utilizar la inversión china como una herramienta de éxito económico doméstico, enfrentando la resistencia de sectores que temen por la soberanía industrial.
El encuentro no será una resolución definitiva de la guerra comercial, sino más bien un intento de administrar las tensiones en un mundo donde la energía y la tecnología se han convertido en las armas de guerra más letales.
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