La retirada, la pintura, el regreso
A finales de los setenta, el cuerpo de Miles cedió. El dolor crónico, la enfermedad, la adicción, todo empezó a pesar más que la música. Se fue, se alejó, dejó de tocar, y se dedicó a la pintura: sus cuadros, muchas veces olvidados, son la misma energía de una nota de trompeta, pero en color. Cuando volvió en los ochenta, no intentó reconstruir el pasado, sino borrar el mapa: se rodeó de músicos jóvenes, se abrazó con los sintetizadores, con la música bailable, con el funk electrónico.
Miles Davis murió en 1991, a los 65 años, pero su muerte fue menos un cierre y más una extensión de su legado. No dejó escuela, pero dejó métodos: aprender a callar, a no repetirte, a cambiar antes de que cambien por vos. Fue el músico que más se rechazó a sí mismo, el que se destruyó discos enteros con la idea de que el jazz vive en la inestabilidad, no en la estatua.
A cien años de su nacimiento, Miles Davis no es solo el creador de discos fundamentales; es el que nos enseñó que el jazz no es una forma, sino una actitud: el arte de reescribir el tiempo, la música y, sobre todo, el silencio.