El reloj de arena de cara a la Copa del Mundo 2026 se agota y la tensión domina los despachos de los entrenadores del planeta. En Europa y gran parte de Sudamérica, la tendencia actual dictada por el pragmatismo absoluto parece inalterable. Los directores técnicos eligen achicar sus listas de convocados, adelantar los plazos de las nóminas definitivas y programar partidos amistosos hipercompetitivos que rozan el riesgo innecesario. Ejemplos sobran y duelen: Inglaterra causó un fuerte impacto global al prescindir de estrellas consolidadas como Phil Foden, Cole Palmer y Trent Alexander-Arnold. En nuestra región, Marcelo Bielsa hizo lo propio en Uruguay al dejar al margen a un histórico de mil batallas como Nahitán Nández. Sin embargo, en el predio de Ezeiza, Lionel Scaloni ha decidido escribir un libreto completamente diferente. Él se mueve, como a lo largo de todo su exitoso ciclo, a contrapelo de la corriente mundial.
La reciente nómina de la Selección Argentina para afrontar la última tanda de amistosos previos al certamen ecuménico encendió los debates. Junto a los pilares que ya saben cuánto pesa la Copa del Mundo, irrumpieron apellidos imprevistos para el plano internacional: Nicolás Capaldo, Tomás Aranda, Joaquín Freitas, Santiago Beltrán, Ignacio Ovando y Simón Escobar. Para el observador apurado, estas inclusiones de futbolistas locales o de bajo perfil podrían parecer un sinsentido o un experimento tardío a las puertas de la máxima cita futbolística. Pero en el pizarrón del entrenador nacional no hay espacio para el misterio ni el azar.
Este grupo de jugadores, muchos de ellos caras nuevas o jóvenes muy jóvenes con escaso rodaje en la consideración masiva, sabe perfectamente cuál es su realidad. Saben y asumen que, con alta probabilidad, no formarán parte de la delegación final de 26 jugadores en el Mundial 2026. No obstante, entienden de manera lúcida que su convocatoria no es un capricho. El mensaje del cuerpo técnico es nítido: están allí con el propósito ineludible de comprender la importancia de los colores, experimentar en carne propia el peso de la camiseta y asimilar la altísima vara conceptual y futbolística que exige el seleccionado nacional.
Scaloni ya alcanzó la gloria máxima en los campos de juego. Su vitrina está completa, pero su ambición actual trasciende los resultados inmediatos. Lo que el estratega pretende lograr en esta etapa es consolidar una estructura humana duradera; armar una identidad inquebrantable sostenida por el orgullo y la calidad de las personas. En medio del desquicio organizativo e institucional que caracteriza habitualmente al fútbol argentino local, el director técnico se propone aportarle seriedad, cordura y profesionalismo a su proceso. La Albiceleste ya demostró que está lista para ganar; ahora llegó el momento de edificar un legado que vaya mucho más lejos que la hazaña de ganar dos mundiales seguidos (sólo lograron Italia y Brasil).
Por esta razón, la planificación de estos compromisos se transforma en una verdadera escuela itinerante. El objetivo primordial es mantener bien alto el estandarte de Argentina, unir sólidamente al grupo humano viajando a disputar estos amistosos y moldear la conducta de quienes portarán el testimonio en el futuro. Los nuevos convocados asumen la responsabilidad de aprender a qué juega y cómo vive un equipo nacional. Scaloni no busca dar espectáculos comerciales ni arriesgar piezas de forma desmedida, sino sembrar los valores de pertenencia indispensables para que el éxito sea una sana e identitaria costumbre argentina.
Hasta el próximo sábado, el prodigioso DT tiene tiempo para dar los nombres finales. Que se apure el resto, lo único que importa, es la selección.