La historia musical del Indio Solari es tan rica como variada. El recientemente fallecido forjó una identidad propia y fue uno de los fundadores del rock barrial. Antes de convertirse en el artista más convocante del rock argentino, fue un compositor obsesionado con las corrientes más extrañas del rock internacional, un diseñador implacable y un fanático de las vanguardias sonoras que llegaban con cuentagotas a la Argentina dictatorial y post-dictatorial.
La etapa iniciática: oscuridad, culto y contracultura
Los primeros cuatro discos —Gulp! (1985), Oktubre (1986), Un baión para el ojo idiota (1988) y ¡Bang! ¡Bang!… Estás liquidado (1989)— forman una unidad estética propia.
Aquellos Redondos todavía eran una banda de culto. Sonaban más cerca de grupos como Sad Lovers & Giants, Joy Division o Magazine que del rock nacional tradicional. Las guitarras de Skay construían climas sombríos mientras el Indio escribía letras llenas de personajes marginales, paranoia urbana y referencias culturales que escapaban al lenguaje habitual del rock argentino.
Con el paso de los discos la banda fue endureciendo su sonido. La voz del Indio se volvió más áspera y las canciones adquirieron una potencia rockera mayor sin abandonar el misterio inicial.
Los tres himnos de esta etapa son “La bestia pop”, “Ji ji ji” y “Vencedores vencidos”, canciones que todavía hoy funcionan como la puerta de entrada al universo ricotero.
La explosión popular: el nacimiento del rock barrial
Algo cambió a comienzos de los noventa. Con La mosca y la sopa (1991) Los Redondos dejaron de ser un secreto para iniciados. De repente estaban en todos lados. En los fogones de Villa Gesell, en los bares baratos y en los paquetos, en las esquinas de barrio y en los walkman de miles de adolescentes. La banda encontró un lenguaje más directo sin perder profundidad. El Indio comenzó a narrar historias reconocibles para una generación golpeada por las transformaciones económicas y culturales de la época.
Después llegó el ambicioso doble álbum Lobo suelto, cordero atado (1993), probablemente el trabajo más visceral de toda la discografía ricotera. Allí la crítica al poder, los medios y las nuevas formas de control social alcanzó uno de sus puntos más altos. “El pibe de los astilleros”, “Un poco de amor francés” y “Un ángel para tu soledad” resumen el espíritu de aquellos años en los que Los Redondos dejaron de ser una banda para convertirse en un fenómeno social, de radios y estadios.
La consagración y el riesgo
Cuando parecía que la fórmula estaba consolidada, el grupo volvió a cambiar. Luzbelito (1996) representó la consagración artística definitiva. Oscuro, conceptual y cargado de simbolismo religioso, mostró una banda en estado de plenitud creativa. Sin embargo, detrás de esa grandeza comenzaron a profundizarse las diferencias entre el Indio, Skay y la Negra Poli.
Musicalmente la banda empezó a mirar hacia otro lado. Los sintetizadores, samplers y programaciones ingresaron con fuerza en Último bondi a Finisterre (1998) y Momo Sampler (2000). Mientras gran parte del rock argentino seguía aferrado a las guitarras clásicas, Los Redondos incorporaban elementos electrónicos y estructuras poco convencionales. Fue una apuesta arriesgada que dividió opiniones, pero que terminó anticipando tendencias posteriores.
La masividad ya era incontrolable. Al mismo tiempo crecía el misticismo alrededor de la figura del Indio, mientras la interna del grupo avanzaba hacia un desenlace inevitable.
Los temas que mejor representan este período son “Juguetes perdidos”, “El árbol del gran bonete” y “Una piba con la remera de Greenpeace”.
El laboratorio solista
Tras la separación de Los Redondos, muchos esperaban una continuación directa de aquella fórmula. Pero el Indio eligió otro camino.
Con Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, desarrolló una obra más experimental y menos dependiente de las guitarras de Skay. Discos como El tesoro de los inocentes, Porco Rex, El perfume de la tempestad, Pajaritos, bravos muchachitos y El ruiseñor, el amor y la muerte expandieron las búsquedas iniciadas en el final ricotero.
Las programaciones electrónicas, los arreglos ambientales, el rock industrial, ciertos climas psicodélicos y una producción cada vez más sofisticada pasaron a ocupar el centro de la escena. Las letras mantuvieron su densidad poética, aunque con un tono más introspectivo y menos narrativo. Canciones como “Pabellón Séptimo”, “Porco Rex” y “Pinturas de guerra” muestran a un artista que nunca dejó de experimentar.
Vista en perspectiva, la obra del Indio Solari no parece una línea recta sino una sucesión de mutaciones. Del post punk oscuro al rock barrial, de los samples al laboratorio solista, cada etapa construyó una identidad distinta pero siempre destinada a una otredad cercana y amiga. Esa capacidad para cambiar sin perder una voz propia explica por qué lloramos su partida.