Messi, hasta cuando juega mal, es el mejor de toda la historia siempre

Cuando la derrota parecía inevitable tras un adverso 0-2 y el mundo ya se resignaba, el genio indiscutible del fútbol mundial emergió de la oscuridad. Una crónica vibrante sobre la hazaña de un héroe sin nombre que logró transformar el abismo en un milagro histórico.

por leo peluso - periodista

No debe existir argumento racional alguno que resuma o explique por qué la genialidad es una fuente inagotable de hazañas y de épicas aun cuando las circunstancias lo tienen rodeado y encerrado. Estaba metido como en una cueva, rodeado de enemigos, nadie cerca para ayudarlo, sin fuerzas y con la mente atascada. El tiempo se iba rápido y con el filo de su paso lastimaba todas las ilusiones. Encima, desde enfrente, parecía que llegaban más refuerzos para aplastarlo y darle un final inevitable en ese momento de la historia.

Millones y millones de almas en todo el mundo también iban dejando caer sus sueños de verlo triunfar como siempre. La resignación de suponer que todo tiene un final y que quizá ese lo era. No había modo de ojear una carta ganadora. Esa sensación de tristeza porque no se merecía irse antes de tiempo en un partido inesperado ya era un derrumbe en la garganta. Las pelotas perdidas, el penal errado, las gambetas huérfanas, la pelota en el palo, su gesto de amargura, la mirada de los compañeros que no entendían nada y en miles de cabezas empezaba a retumbar la palabra gracias como despedida.

Pero hubo un momento, luego del 0-2, que miró el cielo y en esa cueva donde estaba metido entró un alfiler de luz y la agarró. Se tiró a la raya, como un viejo puntero derecho, y la empezó a pedir y fue un cuarto de hora donde rompió a pedazos todo lo que había sucedido un rato antes. Empezó a tirar córners, a que le hagan faltas y a sostener al equipo cerca del área rival. Entonces empezó a parir el milagro, de a poco, pero haciéndose gigante con ese centro a la cabeza del Cuti Romero, con esa gambeta en espacios reducidos en el área para que Lautaro se pierda el empate y enseguida para reventarle el arco a Egipto cuando se la bajó Montiel en una jugada que también había iniciado.

Luego llegó el tercero, pero para que haya sucedido eso, antes el héroe salió de la cueva y, más que salir, la rompió. Después el llanto, el desconsuelo, esa emoción casi de un chico que otra vez cumplió su sueño y el de tantos y tantos que sueñan con él. Las líneas de esta crónica se van desparramando con la carne viva de un partido al que la historia ya le abrió sus puertas. Y se van acabando sin siquiera tener la urgencia o la necesidad de nombrarlo porque su epopeya y tanta épica es sinónimo de un jugador de fútbol a quien nadie nunca va a poder explicar.

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