El Reino de la Amistad en Chascomús: la insólita corte bonaerense que inventó su propio día festivo

Mucho antes de que la llegada del hombre a la Luna decretara el 20 de julio como fecha global, un grupo de amigos levantó un castillo frente a la laguna, redactó una Carta Magna y coronó a su propio monarca por el sólo hecho de ser amigos.

El castillo de la amistad en Chascomús
El castillo de la amistad en Chascomús

El calendario oficial argentino dicta que los lazos afectivos se celebran globalmente cada julio, pero en el corazón de la provincia de Buenos Aires existe una localidad que decidió independizarse de las normas establecidas mucho tiempo antes. En la ciudad de Chascomús, la devoción por los vínculos humanos no solo generó una festividad anticipada, sino que impulsó la fundación de una monarquía constitucional única en el mundo, nacida del ingenio, la bohemia y la complicidad de una mesa de café. Lo que comenzó como una humorada de parroquianos escaló hasta la construcción de un imponente palacio que, décadas después de su era de esplendor, subsiste deteriorado bajo el cielo abierto, convertido en objeto de disputas legales y mitos urbanos.

El mito fundacional de este territorio soberano se remonta a la década de 1940 en las mesas de El National, el bar más concurrido de la época, situado en la intersección de Soler y la calle Buenos Aires, actual Libres del Sur. En ese espacio de encuentro cotidiano se congregaba una heterogénea barra de amigos integrada por hacendados, profesionales, comerciantes prósperos y el gerente del banco local; hombres con recursos económicos suficientes y una marcada disposición para financiar proyectos extravagantes. 

Trago va y vermut viene, la cofradía decidió institucionalizar su afecto mutuo. En octubre de 1945 organizaron la primera Fiesta de la Amistad y, entusiasmados por la repercusión, en octubre de 1947 proclamaron el nacimiento del Reino de la Amistad. No se sabe con exactitud cómo fue que todo arrancó. Pero la versión que más se repite es que uno dijo:
“Tenemos que crear un reino”
Otro le preguntó: “¿Y eso cómo sería?”
El de la idea dijo que ya volvía, fue a su casa y regresó con un cuaderno gigante. Ocho meses estuvo escribiendo cómo serían los condominios del reino. Además de estallarse en risas, al resto de los amigos no les quedó más que sucumbir ante el reino de la amistad… y comenzar a levantarlo.

La Carta Magna y el Castillo Real

La organización de este estado ficticio adoptó una seriedad casi burocrática. Diseñaron una estructura jerárquica regida por una Carta Magna, emitieron edictos, mantuvieron correspondencia real y otorgaron títulos de nobleza. El liderazgo de la corona recayó sobre el dueño de la cantina, Manuel Constenla, un inmigrante gallego oriundo de Santiago de Compostela que fue coronado solemnemente como Manuel I, Rey de Copas, en alusión a las extensas jornadas de brindis que caracterizaban al bar. El andamiaje gubernamental se completó con la creación de 14 ministerios, una guardia real y una banda de música propia. El cerebro estratégico detrás de la gesta fue Ángel Canatelli, quien junto a Juan José Wallace asumió las funciones de conducir los destinos de la corte. Las celebraciones anuales se extendían por una semana completa y movilizaban a toda la comunidad, propiciando encuentros que dieron origen a tradicionales familias de la zona, como la de Tito Ursino y su esposa.

El reino contaba con un aparato de difusión integral. Las novedades de la corte se transmitían por la radio local y se imprimían en el diario oficial El Heraldo, editado en la imprenta Tieri, el mismo establecimiento gráfico donde se confeccionaba el periódico regional El Imparcial, que años más tarde contaría con la dirección del expresidente Raúl Alfonsín. Para consolidar la soberanía, la barra adquirió un terreno a cinco kilómetros del casco urbano, frente a la laguna y en las inmediaciones de la actual playa de kitesurf. Allí, en 1948, iniciaron la edificación del Solar del Rey, un castillo de 170 metros cuadrados cubiertos dotado de torres características y un camino real diseñado para el acceso de carruajes.

La audacia del grupo no se detuvo en las paredes del palacio. En los terrenos linderos levantaron una Plaza de Toros con capacidad para dos mil espectadores, utilizando para las gradas de madera los grandes cajones en los que uno de los miembros de la corte importaba automóviles desde Alemania. Pese a que las corridas estaban prohibidas por la legislación nacional, el reino organizó cinco eventos taurinos con animales transportados desde el Litoral y toreros presumiblemente traídos de Perú, aclarando la historia local que las faenas se realizaban resguardando la integridad física de los animales. La jornada de inauguración incluyó un banquete para 700 comensales, espectáculos de flamenco al atardecer y tertulias que consagraban el culto a la fraternidad. El prestigio de la cofradía era tal que nombraron embajadores en localidades vecinas como Pila, Lezama y Manuel J. Cobo (Lezama), participando activamente con sus trajes de gala y galeras en los corsos regionales.

Sin embargo, la estabilidad del proyecto sufrió un quiebre definitivo en 1953 con el fallecimiento de Ángel Canatelli, el principal motor de la iniciativa. La pérdida debilitó la mística del grupo y, poco después, el rey Manuel I abdicó formalmente tras contraer matrimonio y radicarse en Buenos Aires. Cinco años después de su fundación, la estructura institucional se derrumbó. En 1957 el castillo fue alquilado a una asociación de boxeo y posteriormente pasó a la órbita de la provincia de Buenos Aires, antes de quedar bajo tutela municipal, iniciando un largo derrotero de abandono, vandalismo y concesiones malogradas.

El nuevo reino

El segundo capítulo de esta historia se escribió en 2006, cuando una nueva generación de chascomunenses decidió reflotar el legado. Sentados en el bar Chiqui —un local de Julio “Chiqui” Medley ubicado frente al antiguo emplazamiento de El National—, el periodista Miguel Ángel “Chichilo” Cerimele y un grupo de allegados esbozaron la refundación del reino en una servilleta de papel. Sesenta años después de la gesta original, Julio Medley fue coronado como Julio I, soberano de la Orden del Café y la Gaseosa, en una masiva ceremonia realizada en el Club de Regatas.

Esta recreación satírica incorporó ministerios extravagantes, como el de Desinformación, el de Insalubridad y la cartera de Interior, asignada humorísticamente a un integrante no vidente bajo la premisa de que miraba hacia adentro. Los nuevos cortesanos alquilaban sus trajes en la Casa del Teatro de Buenos Aires, relanzaron el periódico anual y organizaron banquetes para más de mil personas en el Club Atlético. La organización obtuvo personería jurídica y encauzó su entusiasmo hacia fines benéficos, coordinando durante el Día de Reyes la entrega de juguetes y helados para más de mil niños, acompañados por desfiles de animadores disfrazados. Con el paso de los años, el envejecimiento de sus miembros y el fallecimiento de referentes clave adormecieron el ímpetu de esta segunda etapa.
En la actualidad, el panorama del Castillo de la Amistad es desolador y complejo. La estructura carece de techos y sus habitaciones deterioradas miran directamente al cielo, rodeadas de historias populares que aseguran que el espectro de una niña recorre la sala principal durante las noches. Tras una fallida licitación municipal que fue rescindida por un inversor privado debido al impacto de la pandemia, el predio de dos hectáreas frente a la laguna se encuentra envuelto en un conflicto legal y político. El lugar está ocupado por Mateo Salinas, un escultor y tatuador que se autoproclama como el nuevo encargado del sitio, argumentando haber tomado posesión del inmueble para preservarlo de las históricas deficiencias de gestión estatal. Desde el Palacio Municipal de Chascomús, las autoridades rechazan tajantemente su postura y lo denuncian formalmente como usurpador.
Mientras la justicia evalúa los pasos a seguir, el legendario castillo figura en los catálogos del Ministerio de la Producción bonaerense como una locación disponible para rodajes de sitios abandonados, subsistiendo como el testimonio mudo de una época en que la amistad fue declarada ley y soberanía.

Pese al deterioro del inmueble —expropiado por el municipio mediante la Ley Provincial 12.416 en el año 2000—, la tradición resurgió. En 2006, parroquianos del antiguo Bar Chiqui decidieron recrear la experiencia para las nuevas generaciones. Al año siguiente, coronaron a Julio Medley como “Julio I”, reviviendo los trajes de gala y los paseos en un tranvía histórico a caballo del 1900.

Esta segunda dinastía volcó su actividad a la solidaridad, coordinando masivos festivales benéficos infantiles para el Día de Reyes. Aunque actualmente las actividades públicas cesaron debido al fallecimiento de varios integrantes y las reuniones se limitan a asados mensuales, las autoridades turísticas locales y los miembros del reino mantienen viva la expectativa de que el sector privado restaure el predio de dos hectáreas. La historia del Castillo permanece como un hito indeleble de una comunidad que, impulsada por la complicidad, supo fundar un territorio soberano basado en la lealtad y la risa.

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