Caminos de Tiza: La escuela que busca a los pibes que el Estado olvidó

Hace doce años recorre el norte argentino en una camioneta baleada, buscando a los chicos sin DNI, sin escuela y sin estado. Tiene más de 15 premios internacionales y un Premio Mundial de Derechos Humanos de la ONU y en Argentina, ningún Ministerio le atiende jamás el teléfono.

Hay una camioneta con balazos en la chapa que duerme en el monte, desde Tolhuin a La Quiaca, y que alguna vez fue arrastrada por tractores y caballos cuando el barro no dejaba pasar ni a Dios. Ahí adentro, entre insumos de higiene, valvas ortopédicas y un colchón, vivió durante años Julio Pereira. Cuando le preguntan quién es, no contesta con un currículum: contesta con una identidad. “Soy hijo de la Patria Grande”, dice, y aclara que no es una frase de efecto sino una convicción ideológica, filosófica y política que sostiene incluso cuando le preguntan, con insistencia, de qué país es. 

Julio es, según la Organización de las Naciones Unidas, uno de los educadores más reconocidos del planeta. Y sin embargo, dice sin dramatismo pero sin eufemismos, en su propio país “no me dejan hablar”. Habló en la Asamblea General de la ONU, pero no lo recibió nunca ningún Ministerio de Derechos Humanos argentino, ni provincial ni nacional.

La principal pobreza a combatir es la cultural

Caminos de Tiza nació de una ponencia. Pereira presentaba, en la Universidad Nacional del Nordeste, un modelo de intervención terapéutico-pedagógico para niños no escolarizados que hasta ese momento era pura teoría. Alguien en el auditorio le dijo que eso se podía aplicar ya, mañana, en el Chaco y en Corrientes. Armaron un plan piloto. Funcionó.

Cuando se mudó a Paso de los Libres, lo que encontró no entraba en ninguna teoría: niños trabajando, comiendo y viviendo en la basura, niños con discapacidad sin ningún abordaje, sin diagnóstico, sin DNI. No institucionalizados, en la jerga que usa Pereira, no significaba solamente que no iban a la escuela: significaba que para el Estado, directamente, no existían.

Caminos de Tiza está dirigido por dos personas con discapacidad. De ahí en más se sumó Yanina Rossi, profesora de educación especial, con quien Pereira lleva el proyecto desde hace doce años. Ella tiene hipoacusia y microtia, una malformación orofacial. Él es autista. Esto, dice Pereira, aporta dos miradas muy nutritivas: “primero la mirada nuestra, que tiene que ver con la experiencia que hemos atravesado, la cual nos permite comprender, tener conciencia de algunas situaciones, tanto vincular familiar como también lo que tiene que ver con los procesos escolares o terapéuticos”, esto les da a Julio y Yanina una lectura que no se aprende en ningún manual. 

Y también cambia algo en el otro extremo: “cambia la mirada de las personas sobre sus propios hijos. Al conocer adultos con discapacidad cambia la representación mental que tienen de sus propios hijos”,  cuando un padre con un hijo con discapacidad ve a Julio verbalizar experiencias sensoperceptivas, trastornos alimentarios o del sueño que hasta ese momento no tenían nombre, algo de la representación mental que ese padre tiene sobre su propio hijo se transforma.

Pereira sin embargo es categórico: no son ejemplos ni héroes. “Bajo ningún precepto nosotros consideramos que somos modelos de ejemplo”, aclara, incómodo con cualquier lectura que romantice la discapacidad.

Con las adolescentes pasa algo parecido pero distinto. Ver a Yanina —su discapacidad de porte, la malformación orofacial, la parálisis que no le permite cerrar un ojo— convivir con todo eso,que sin embargo pudo estudiar, que les enseña cómo ella combate diariamente las representaciones que tienen que ver con los estereotipos, cambia la mirada sobre ellas mismas, su representación de su cuerpo y de su sexualidad, pero siempre con el cuidado de no romantizar” enfatiza nuevamente Julio.

Ahí Pereira traza una línea que no negocia: no romantizar. Detrás de la discapacidad, dice sin atenuantes, hay tragedia real: suicidios, chicos que sacaron de jaulas, padres que los abandonan, madres que no pueden trabajar porque quedan atadas a un tratamiento, la orfandad emocional de hermanos que crecen viendo que toda la atención familiar va para el que tiene discapacidad. Entonces “buscamos no eso de “la superación”, ni “que le llegó porque ustedes son especiales y esto va a generar un aprendizaje”, no. Nos queremos alejar de esa mirada romántica, de la infantilización de la discapacidad“, dice, rechazando de plano la épica fácil.

Tampoco acepta que se la asexúe: hay deseo, hay menstruación, hay riesgo de abuso y también riesgo de ser abusador, hay masturbación, y todo eso hay que poder nombrarlo sin pudor. Y rechaza, del mismo modo, su mercantilización: chicos institucionalizados que terminan funcionando como pequeñas empresas, con siete u ocho profesionales rotando alrededor suyo, sin que eso necesariamente se traduzca en mejores resultados.

El trabajo que Julio y Yanina desarrollan nunca se impone. Es 100% gratuito y se organiza solo por pedido: un maestro comunitario, un director de un Centro Integrador Comunitario (CIC) , un promotor de salud o una madre corren la voz, preguntan a la familia si está de acuerdo, y recién ahí Julio y Yanina arman un acuerdo puntual sobre qué pueden aportar y en qué no van a intervenir. “No queremos ser una mirada invasiva”, dice Pereira, y lo explica con un ejemplo crudo: si llegan a una casa y encuentran a un chico atado, no van a juzgar a los gritos por qué está atado. Prefieren entender primero qué esquizofrenia sin tratamiento hay detrás, qué nunca le explicaron a ese padre. “La principal pobreza a combatir es la cultural”, resume, “es el desconocimiento y la ignorancia”.

Educación Paliativa, Pedagogía de la Emergencia

El modelo tiene nombre propio y no es casual: Educación Paliativa, Pedagogía de la Emergencia. No es educación en el concepto de generar críticas, reflexiones, sujetos reflexivos, propositivos —eso, dice Pereira, ya lo cubre la educación en general—. Busca algo más urgente: “enseñar a prevenir una zoonosis, a nebulizar a un chico con asma, a leer una receta médica, a hacer una estimulación temprana psicomotriz para evitar una rigidez espástica o la pérdida de funciones psicomotora”

No hay rutina posible en este trabajo. El itinerario, dice, depende del clima, de las alertas sanitarias, de una silla ortopédica que llega de golpe y que hace que Pereira suspenda todo y viaje. Si hay riesgo de dengue, esa semana se trabaja prevención de dengue.  “Se  enseña a prevenir accidentes con animales ponzoñosos, potabilizar el agua, usar peines finos, cortauñas, la copita menstrual, porque bueno, muchas chicas no tienen acceso a toallitas higiénicas. Entonces, lo mismo nos pasa enseñar a utilizar las implicancias que tiene que ver el chip subdérmico anticonceptivo en lugares en donde el acceso a otras metodologías como las pastillas y eso no está garantizado”. Es una escuela que se acomoda, todo el tiempo, a la emergencia real de cada comunidad y a su contexto.

Sobre el Derecho al Olvido y el trabajo itinerante

Hoy son 17 comunidades y 367 los chicos en Misiones, Santiago del Estero y Tucumán con los que trabajan de forma permanente dónde hay un acompañamiento y una intervención planificada y hay secuencia sistémica,  aunque solo pueden documentar el 42% por los protocolos de cuidado familiar: hay casos judicializados, padres ausentes, violencia intrafamiliar de por medio. “Tenemos códigos para no exponer a nadie”, dice, “ Porque detrás de esto no solo hay niños con discapacidad o abuso sexual, hay violencia intrafamiliar, hay cantidad de problemáticas. Entonces tenemos códigos para no exponer a nadie y no transformarnos en algo que debería ser una forma de acción social en una forma de vulneración de derechos o revictimización. Hay que tener mucho cuidado, por eso solo somos dos” , agrega. 

Y ahí aparece uno de los pilares del proyecto: el derecho al olvido, la decisión de borrar con los años cualquier registro de la pobreza o la vulnerabilidad que un chico atravesó de niño, para que no cargue con esa imagen cuando crezca. “Me pasa que me genera alguna rispidez algunos influencers que hacen hablar a la gente. Nadie tiene que saber quiénes son. De hecho los adolescentes nosotros no los compartimos para que no queden expuestos. Tenemos también todo el trabajo de lo que es el derecho al olvido, en el sentido de que a medida que crecen no tiene por qué quedar un registro tuyo de que fuiste en tu infancia pobre o que necesitaste. A medida que nosotros conseguimos cosas, va desapareciendo ese registro. Tenes derecho a no cargar con eso”

Julio, cuenta la manera de trabajar que tienen con Yanina: “nosotros los trasladamos a los turnos médicos, a los controles médicos, gestionamos eso. Lo que no existe en Argentina y es lo más novedoso de nosotros, o por lo que en el mundo nos destacan por eso, es que nosotros somos la única experiencia que se conoce que es capaz de viajar 8 horas para ver a un solo niño”.

El trabajo incansable de estos dos docentes abarca contener aquellos niños y niñas que el Estado olvidó por completo: “nosotros vamos a buscar al niño que no está en el sistema. Es decir, muchas veces hay acciones comunitarias pero el chico no llega

¿Quién va al gurí de la montaña, hijo de arrieros que migra, o al hijo del tarefero que un día está en un lugar y otro día está en otro? Entonces la idea nuestra es seguir a los nómades y a los que no están institucionalizados, que muchas veces implica esto: viajar largas distancias por un solo… no voy a decir “caso” porque no es la palabra, pero por una sola persona”.

No somos asistencialistas

Pereira repite una idea como si fuera un mantra: no acopian, no regalan, no romantizan. Si alguien le ofrece juguetes, los rechaza. Si le ofrecen un peine fino, lo acepta, pero lo usa para enseñar sobre pediculosis. “Yo te doy el peine fino pero te enseño sobre pediculosis”, explica, marcando la diferencia entre la caridad y la pedagogía.

Tampoco acepta reconocimientos que no traigan recursos concretos para la comunidad. “Los reconocimientos siempre me dieron capacidad instalada. Un reconocimiento, una escuela. Un reconocimiento, una perforación”, dice, y ahí queda claro que cada medalla, para él, es en realidad un aula, un pozo de agua, un banco de órtesis y prótesis.

Lo que menos le gusta hacer, sin embargo, es mostrar. Exponer la imagen de un chico en situación de calle le resultó siempre aberrante, pero entendió con los años que sin esa exposición no había recursos que llegarán a tiempo. “Vendo mi ideal estúpido”, dice, con la resignación de quien negoció con sus propios principios para poder comprar un medicamento urgente.

Interseccionalidad, o la palabra que nadie dice

Cuando le preguntamos dónde se rompe el sistema para que estos chicos queden afuera, Pereira no da un discurso: da un diagnóstico. Dice que la discapacidad se volvió bandera política y que cada sector la usa para su propio molino —el autismo por un lado, el síndrome de Down por otro— sin nombrar nunca la palabra que a él le importa: interseccionalidad. No es lo mismo, insiste, ser niña que varón, tener una discapacidad en la ciudad que en un rancho de piso de tierra sin agua potable.

Ha visto morir gente por una escara que no se pudo atender a tiempo, en lugares donde ni siquiera existía la posibilidad de trasladar a alguien. Por eso desconfía tanto de la romantización mediática de la discapacidad como de los reclamos que solo hablan de prestaciones perdidas. “Los padres que hablan usualmente son los que menos saben de discapacidad”, dice, sin medias tintas, consciente de que esa frase le puede costar caro. “Yo no tengo voz en ningún lado comparado con la absoluta romantización de la discapacidad de no sé, Ian Moche. Si escuchan a Ian Moche no entienden nada de discapacidad”, sentenció entendiendo que en problema radica en la poca perspectiva que existe sobre la discapacidad en sí misma en los diferentes contextos que alberga nuestro país. 

Las opiniones y denuncias a Julio le han costado caro. La camioneta con la que recorre el norte tiene disparos en la carrocería. A Yanina, mientras estaba en el sistema educativo, le perdieron el puntaje y las carpetas, y le iniciaron sumarios irregulares. “Me odian”, dice cuando le preguntan por su relación con el Estado, y aclara que no es un gobierno en particular: es municipio, provincia y nación, de todos los colores políticos, desde hace doce años. 

“Esto es una forma de denuncia y protesta. Yo denuncio. Si tengo que luchar contra la romantización no es “Julio el héroe”, no, no, no. Hablen de las realidades que se atraviesan y que se viven. Hay trabajos maravillosos en la Argentina, pero cuando te vas, ¿qué pasa? Uno tiene que pensar qué queda en el territorio cuando me voy”

Caminos de Tiza ha creado en su camino escuelas, perforaciones, roperos, bibliotecas, “tenemos un banco de órtesis y prótesis, tenemos casi 70 chicos becados por padrinos particulares que con esa beca evitamos que vayan al trabajo infantil”. Para Julio y Yanina “la educación tiene que entenderse que no es asistencialista, es pedagógica, es una forma de denuncia y protesta, es una crítica social buscando visibilizar realidades”

El deseo de desaparecer, de no ser necesario

Hoy Caminos de Tiza se sostiene con un alias de Mercado Pago que Pereira compartió por primera vez hace apenas seis meses, cuando su propio trabajo dejó de darle para bancar la estructura solo. Necesitan una camioneta propia y combustible dado que la que tenían sufrió un accidente y ahora andan con un auto prestado. También necesitan insumos de higiene, leche en polvo, órtesis, prótesis, pañales. Lo que llega, aclara, nunca se acopia: “Si llega algo, automáticamente sale para la comunidad”.

Este mes Julio viajó a Israel, becado por una red de tecnología que reconoció su trabajo con dispositivos de bajo costo para la estimulación temprana, además de seguir formandolo el premio obtenido será dado directamente en insumos para Caminos de Tiza: “El dinero nunca pasa por mis manos”

Antes de cortar la videollamada, mientras busca dónde enchufar el celular en la casa de un desconocido que le prestó auto y techo, le pregunto cuál es su deseo para el proyecto que lleva doce años sosteniendo con el cuerpo. No duda: “Que deje de existir, que no sea necesario.”

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