Nina León: Puta, Poeta, Feminista y Ricotera “El tiempo es Dios y la distancia la Diosa suprema”

Desde una Formosa en los 90 ‘s, un barrio sin asfalto y una madre con triple turno laboral para pagar la luz. Veinte años después, Natalia Canteros se llama Nina León, es puta, poeta, madre y militante en un mismo cuerpo político que, después de mucho trabajo, aprendió a escucharse.

Hay una chica picando un morrón en una cocina de Buenos Aires, con un pijama que lleva diez años de uso, está casi roto, y sin embargo no se lo saca porque la tela se siente bien en el cuerpo. Esa chica, tiene treinta y ocho años, se llama Nina León y de ese picar morrones, dice, le puede salir un poema. “Puedo estar picando un morrón y de repente linkeo con un poema que capaz que ni siquiera tiene carga sexual, pero sí levanta mi libido”, cuenta, y ahí, en esa imagen doméstica y filosa a la vez, está resumida buena parte de lo que Nina hace con su vida desde hace nueve años: desarmar los preconceptos del erotismo y elevarlo al arte de escuchar. 

Antes de ser Nina, fue Natalia Soledad Canteros. Antes de Buenos Aires, fue Formosa. Antes de la poesía y la putez —así, junta, como ella la nombra, sin culpa y sin golpe de pecho—, hubo un barrio de tierra donde los charcos eran de ella y de sus amigos, y donde nadie, ni ella misma, sabía todavía que iban a sobrevivir a tanto.

Con este poema Nina inaugura su primer libro : "Puta Poeta"

Chapoteando en los charcos de una infancia pura, ajustada y argentina

Formosa Capital, un barrio que en los noventa todavía no tenía sus avenidas asfaltadas. Nina cuenta que hasta los nueve o diez años “jugábamos en la tierra y con los charcos, crecer en un barrio todo terreno era todos los días un espacio fértil para inventar y hacer lo que quisiera e imaginarme lo que carajo quisiera, que iba a estar todo bien “, y lo dice sin nostalgia berreta, más bien como quien describe un territorio de libertad peligrosa: con sus amigos vivieron situaciones “ultra peligrosas” que las familias, hasta el día de hoy, ni sospechan.

La madre trabajaba triple jornada laboral. El padre, dice Nina sin ánimo de ajusticiarlo, era “bastante vagoneta”: estaba o no estaba, aparecía en los horarios de comida y para llevarlas a la escuela, y después era sobre todo un generador de deudas que la madre terminaba pagando sola. Hubo meses sin luz porque había que priorizar otra cuenta antes. Una casa a veces iluminada a luz de las velas con nenes que jugaban con el fuego que alumbraba . Hubo una madre ojerosa, sola, “tirando ahí del botecito muy sola”, sosteniendo una pose de mujer fuerte y resolutiva que con los años, dice Nina, terminó jugándole en contra a su propia salud mental. “Fue la que ella pudo encontrar y tomar, pero no dejaba de ser una pose”.

Nina Leon, en su show performático

Pero en ese limbo entre dos energías —la del padre, derroche y deuda; la de la madre, sacrificio extremo y nunca gastar ni un peso de más— también hubo una libertad casi sin límites. “A la vez siento que tuve una muy a favor, que fue casi no tener límites. Los límites eran… no sé bien de qué manera tan centrada mi vieja, con una mínima presencia física —que era más llegar de noche y verla o yo ir a sus trabajos para poder verla, tanto a la escuela donde daba clases o al negocio donde estaba mañana, tarde y noche—, antes y después de la escuela era nuestro momento de compartir. Entonces yo iba creciendo muy libre de elegir a qué jugar, con quiénes jugar, cuántas horas jugar. “, recuerda Nina.

Nina recuerda y con su relato vienen las imágenes, son fotografías de un pasado que se puede sentir, se puede oler, se puede visualizar. Como cuando habla de la casa de su abuela paraguaya en el campo formoseño. Ahí trepaba árboles, intentaba —sin éxito— cazar anguilas en la zanja, sacaba agua de un pozo de agua dulce, armaba con chapas un sistema para juntar el agua de lluvia. Ahí también aprendió, mirando a esa abuela feminista en la práctica pero atravesada por un machismo paraguayo que tenía incorporado hasta servirle la comida a un marido que ella describe, sin vueltas, como “un asco de calentón y de abusador”.

De esa infancia dispareja —de tíos bulineros que naturalizaban chistes pesados, de una casa donde había que aprender a devolver el golpe porque en algún momento la data te iba a llegar a vos— Nina saca hoy una palabra: reparación. Es la que trabaja en terapia, la que le permite mirar para atrás sin subirse a ningún pedestal. “Mis viejos me han dado lo que han podido con las herramientas que no tuvieron”, dice, y no suena a frase hecha: suena a algo que todavía está laburando.

El 2 de agosto de hace veinte años

Se fue de Formosa el 2 de agosto, tenía dieciocho años por cumplir diecinueve. La decisión, dice, fue “muy intuitiva e impulsivamente”, pura adrenalina. Los primeros tiempos en Buenos Aires fueron, en sus palabras, “hostil, re hostil”: arroz con sal, a veces ni orégano para ponerle, una economía desordenada que tardó años en equilibrar porque venía cargando las dos herencias de sus padres, el derroche y el sacrificio, sin saber todavía cómo pararse frente al dinero.

Y sin embargo se divertía. Le parecía todo un espectáculo: que un lunes hubiera joda, que la ciudad no cesara nunca. No tenía, dice, ni la cabeza ni los gustos de ahora, pero igual algo en ella sabía que necesitaba curtir esa etapa para llegar hasta acá: hasta la Nina con más conciencia de clase, de género, más atenta a ella misma y a los demás.

Esa distancia, con los años, le devolvió lo que había querido dejar atrás. “Buenos Aires me hizo amar mis raíces”, dice, y ahí aparece de nuevo el campo, la abuela, el agua de lluvia juntada en un tacho. El pasado 2 de agosto —el mismo día en que se fue, veinte años después— Nina presentó Puta Poeta al Teatro de la Ciudad de Formosa. El regreso, admite, la está movilizando de una manera que todavía no entra del todo en el cuerpo.

Nueve años de un oficio sin patrón

Nina ejerce el trabajo sexual hace nueve años. Lo primero que aclara, cuando se le pregunta qué le cambió, es que fue “para mejorar en realidad todo”: la autoestima, la seguridad, la autonomía económica que —aclara, sin ingenuidad— nunca es estabilidad en un país que vive en emergencia permanente.

Es un oficio freelance en el sentido más crudo: no hay clientela fija asegurada, hay que probar, ajustar, aprender de prueba y error, aggiornarse, como ahora con su canal secreto de Telegram, saber cómo no quedar bloqueada en las redes, con quién trabajar y con quién no.

Pero ahí, dice, encontró algo que ningún jefe de sus doce años en otros rubros le había dado nunca:
“siento que hay una valorización de tu tiempo de trabajo y de lo que vas a hacer que yo en otros trabajos no lo he vivido”. “Pongo el precio según mi humor y según a quién voy a atender”, dice, y esa frase —tan simple— es en realidad una declaración de autonomía que después intenta replicar en cada rincón de su vida, ese autoestima y confianza que hace falta incluso cuando le cuesta poner precio a su libro o a una entrada para su show. 

Ahí, en una habitación por orden suya, Nina descubrió también que todo es juego. “El trabajo sexual me parecía un terreno recontra mega habitable para jugar”, dice, “la mayoría de los casos la persona viene a pagarme para que yo le haga jugar. Era como: “¡Guau!”,  y compara la sensación con la de un vecinito invitándola a jugar en la vereda de enfrente. Por eso, sostiene, es el único trabajo en el que duró tantos años.

Lo más difícil, sin embargo, no está dentro de la habitación sino afuera: en la clandestinidad que empuja el Estado. “No somos reconocidas como laburantes”, dice, y describe la humillación burocrática de tener que facturar como monotributista bajo el rubro genérico “otros servicios”, como si su fuente de ingreso principal —no una changa, sino que la central— no pudiera nombrarse por su nombre.

Habla también de la doble vida que sostuvieron durante décadas las trabajadoras sexuales que fueron madres antes que ella: mintiéndoles a sus hijos, viviendo con el miedo de que la verdad llegara por la burla de una compañerita de escuela. “Una tenía que aprender desde muy chiquita a convivir con ese estigma de ‘hija de puta'”, dice Nina, y con Cuba, su hija, eligió otro camino: el de la palabra sincera desde el día uno, aunque eso le costara —dice sin vueltas— comentarios hirientes de gente que se creía con más autoridad que ella sobre cómo maternar.

Sobre el uso actual de la palabra “puta” como insulto político —los “gatos” y “putas” con que el oficialismo libertario tilda a mujeres en el Congreso— tiene una respuesta afilada: “Somos muchísimas las putas que podríamos tranquilamente estar hablándote de un montón de problemáticas”, dice, y enumera: pagamos la luz, el gas, el alquiler, los impuestos que otros derrochan en fiestas fascistas. Que la palabra siga funcionando como insulto, sostiene, habla más de la hipocresía de quien insulta que de quien lo ejerce.

“La escritura llegó antes que la putez”

Nina se describe a sí misma de chica como “re compinche, re sociable, divertida, graciosa” puertas afuera, pero muy inhibida para cualquier exposición que viniera “de las vísceras hacia afuera”. La escritura fue el primer permiso que se dio para sacar eso a la luz; el trabajo sexual, dice, terminó de destrabarlo.

De ahí nació Puta Poeta, un poemario fruto de textos que se animó a trabajar en el taller de Juan Sklar quien después le redacta el prólogo, y con el tiempo, Puta Poeta se convirtió también en el proyecto que hoy la lleva por distintos escenarios del país mezclando poesía, música, performance, visuales analógicas y, según el lugar, artistas locales a los que le gusta sumar. En una fecha reciente dirigió a un grupo de desconocidos a escribir mientras ella, literalmente, se bañaba delante de todos. “Se generó una situación de silencio absoluto y de la gente re entregada”, cuenta, y guardó cada papel escrito esa noche para después sublimarlos en tela con lo que hizo un vestido de poemas. 

Nina despliega arte con el roce de las puntas de sus dedos. Su diálogo es cálido, su mirada hipnótica y en su risa tiene la magia de los rock and rolles. Resultan coloridos , juguetones, curiosos y drásticamente amables los multiversos que Nina Leon habita e invita a compartir. 

Nina cuenta que en la habitación, a veces en pleno encuentro, la información le llegaba con más fuerza que en cualquier otro momento del día: los espejos, los colores de las luces, algo la destrababa. “Me bancás un cachito, necesito escribir”, les decía a sus clientes, y escribía ahí mismo, a mitad de la escena o después de ella, anotando lo que se le venía encima. “Era una conjugación que yo necesitaba trasladarla sí o sí al papel y que mucha clientela re bancó la situación de que yo me tome el tiempo de trasladarla, y a veces hasta yo diciéndoles: ‘Che, perdón, ¿te puedo dar quince minutos más? Pero yo necesito este tiempo para mí’. Y en ellos también… había una situación de querer ser parte de eso tipo ‘estoy viendo a la artista sacando el diamante del cuerpo, quiero ser protagonista de esta escena’.” 

Nina Leon Foto: Jose NIco

Nina dice que escribe como acto reflejo, que viene a ella, como un subidón de adrenalina, “una cierta catarsis”, para detallar algo que la está superando adentro del cuerpo. ¿Qué pasa si le comparto a gente que tenga o no tenga una experiencia en la escritura, qué pasa si invito a que flasheen con alguna situación de escritura?”, se pregunta con mirada curiosa. 

De ahí a ofrecerlo como servicio hubo un solo paso. Empezaron a llegarle clientes que de chicos escribían y habían dejado de hacerlo por cualquier motivo, como el bullying en la adolescencia, y en cada uno de ellos Nina reconocía a la nena que fue, esa piba burlada por sus propios tíos, y vió allí un espacio para resignificar y reparar tanto en ella como en los demás. Así nació el sexo literario como servicio: sesiones donde el cliente no tiene otra consigna que escribir mientras ella trabaja sobre su cuerpo con mimos, masturbación, besos, texturas y donde el texto que sale —dice— termina corriéndose por completo del guion tradicional de un encuentro sexual. “Vos solo tenés que escribir y van a pasar cosas”, les repite, como si la escritura fuera la llave y no el premio consuelo.

Detrás de todo eso hay una idea que repite de distintas formas a lo largo de la charla: la de la escucha atenta, un concepto que aprendió a nombrar con los años y que define como un proceso de vaciamiento, casi disciplinario, “para poder escuchar de verdad a otro es menester haberse escuchado antes a una misma”. Es la misma escucha que, dice, le enseñó su hija Cuba, y la misma que le gustaría estudiar algún día en la carrera de Psicología Social, cuenta mientras se emociona imaginando a su hija entregando el título.  

Menos pantallas y más cuerpo a cuerpo: un deseo terapéutico para la especie 

Nina no habla de metas sino de un deseo casi terapéutico para la especie: más encuentros cara a cara, menos virtualidad que desconecta, más humanidad saliendo de cada encuentro con algo de alivio. Piensa en los pueblos originarios como modelo de una relación con el territorio que la humanidad occidental perdió hace rato, y no lo dice como consigna sino como algo que querría poder construir “adentro de un telo, en una fecha o en lo que sea que haga o comparta”.

Antes de cortar la videollamada, cuenta que se va unos días a Formosa con Cuba. Va a ensayar para su próxima fecha, pero también, dice, a descansar: fue un junio de mucho agite. Antes de despedirse, deja la frase que mejor la resume: “Para mí el tiempo es Dios y la distancia es la diosa suprema.”

 

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