Muriendo de plena, adios al Negro Rada

Murió en Montevideo a los 83 años, tras un mes de neumonía bilateral. Creador del candombe beat y hermano mayor del rock rioplatense, convirtió cada escenario en una fiesta. Repaso íntimo y anecdótico a la vida del Negro más querido del Río de la Plata.

Hay muertes que se sienten como un corte de luz en el living de la casa de todos. La de Rubén Rada es una de esas. La voz que durante sesenta años fue banda de sonido obligada de los veranos del Río de la Plata: rasposa, alegre, con ese timbre de tambor que parecía nacerle directo del pecho. La voz de Rubén Rada sonaba en los asados, en las murgas, en las canchas, en los boliches de mala muerte y en los teatros más solemnes, y sonaba siempre igual de cómoda en todos lados, porque el Negro nunca entendió la música como un lugar con puertas. Ayer esa voz se apagó, y de golpe el candombe —ese ritmo que él mismo definió alguna vez como algo que no piensa, que simplemente sale— quedó un poco más huérfano.

No hace falta haber tocado un tambor en la vida para haber llorado, reído o bailado con alguna canción suya. Sin ir más lejos, Rada fue la ultima canción de despedida que le dedicamos a mi padre y como estas habrá tantas historias como personas que fueron atravesadas por su música. Por eso, más que un obituario prolijo, esta nota es un intento de guardar cinco pedazos de su historia: los que mejor explican por qué, del otro lado del charco, lo sentimos tan de acá.

Escena 1: la casa se queda en silencio

Miércoles 26 de agosto, 15.30.  Su familia lo contó como se cuentan estas cosas cuando duelen de verdad: “se fue y ahora descansa en paz nuestro querido esposo, padre y abuelo”. Tenía 83 años y estaba, como siempre, en el medio de un proyecto: en octubre iba a subirse de nuevo al escenario de la Sala Zitarrosa con Tótem, la banda que fundó a comienzos de los 70, para dos shows ya programados. Apenas un mes antes de internarse había estrenado un ciclo nuevo, ¿Quién va a cantar?, encuentros musicales que subía a YouTube. Su última salida pública fue el 25 de julio, en un festival donde fue a ver cantar a Abril Olivera y a acompañar a su hijo Matías arriba del escenario.

Escena 2: un tambor antes que una escuela de música

Rada nunca estudió música. Aprendió a tocar en la calle, en el Barrio Sur de Montevideo, en una familia con lazos directos con la comparsa Morenada —su madre era prima lejana de los Silva, que la dirigían—. De chico ya salía a tocar el tambor y todavía preadolescente se llevó un premio en un concurso de carnaval; ahí le quedó pegado un apodo que después usó como personaje artístico, “Zapatito”, por el número de calzado que usaba siendo tan pibe, porque con diez años ya calzaba un cuarenta y tres. Él mismo decía que ni siquiera pensaba el candombe, que le salía solo, que hasta cuando quería hacer rock terminaba, sin darse cuenta, haciendo candombe. Su verdadero maestro llegó unos años después: Pedro Ferreira, fundador en 1957 de la orquesta Cubanacán y director de la comparsa Fantasía Negra, le enseñó en apenas seis meses a frasear el candombe. En simultáneo escuchaba jazz sin parar —Louis Armstrong, Charlie Parker, Ella Fitzgerald— y esa mezcla, más que ninguna teoría, fue su verdadero conservatorio.

Escena 3: el invento que no lo dejaron mostrar

A mediados de los 60 conoció en la calle a un guitarrista, Eduardo Mateo, y de esa charla salió El Kinto, la banda que inventó el candombe beat: candombe afrouruguayo cruzado con rock inglés y bossa nova, algo que hasta entonces no existía. El reconocimiento tardó. Cuando los hermanos Fattoruso quisieron sumarlo a Los Shakers, la producción se lo prohibió: el grupo necesitaba una imagen prolija “a lo Beatles” y un cantante negro no entraba en esa foto. Rada contó esa exclusión muchas veces, sin resentimiento pero sin ocultar que había sido dificil: la reivindicación de su identidad —”me da una alegría bárbara que me digan Negro Rada”, llegó a decir— fue, en el fondo, una respuesta tardía a ese portazo.

Escena 4: México, la peor época, y una vuelta con sello de lujo

Lo que en Uruguay y Argentina se vivía como una carrera en ascenso —Tótem, Opa junto a los Fattoruso, La Banda en Buenos Aires, el álbum en vivo La cosa se pone negra grabado en Obras en 1983— se cortó por la crisis económica, que lo empujó al exilio en México. Ahí tocó como percusionista de Tania Libertad, en lo que él mismo reconoció como su etapa más dura. La salida llegó de la mano del productor Neil Weiss, que lo llevó al sello Real World para grabar Montevideo, con una banda de sesión que incluía a dos músicos de la orquesta estable del Late Show de David Letterman. Solo en Uruguay, ese disco vendió más de diez mil copias. De regreso, ya en los 2000, el productor Cachorro López lo llevó a simplificar sus arreglos —Rada tendía a estirar demasiado las introducciones instrumentales— y de ese ajuste salieron “Quién va a cantar”, “Cha cha, muchacha” y “Muriendo de plena”, que las hinchadas argentinas adoptaron y todavía se cantan en las canchas.  En 2006 se puso el esmoquin gastado de Richie Silver, su alter ego crooner, con el que reversionó “El rock de la calle” y “Amándote”, de Jaime Roos.

Escena 5: la noche que le dieron agua de la canilla a Mick Jagger

Febrero de 2016. Los Rolling Stones tocaban al día siguiente en el estadio Centenario y Mick Jagger se apareció, sin aviso, en el cumpleaños del percusionista Fernando “Lobo” Núñez. El Lobo lo recibió gritando “¡Miguelito, qué alegría que estés en mi cumpleaños!”, y la fiesta terminó con todos alrededor de los tambores, cantando una versión candombera de “Satisfaction”, comiendo un chivito y —el detalle que Rada repitió en cada entrevista hasta el final— dándole a Jagger agua de la canilla, porque en esa casa había de todo menos agua mineral. Años después convirtió esa noche en canción: “Lobo y Miguel”, del disco Negro Rock.

Lo que deja

Los papeles institucionales llegaron, aunque tarde para alguien tan poco solemne: Ciudadano Ilustre de Montevideo en 2008, el Grammy a la Excelencia Musical en 2011, el cual despúes olvido en un taxi en Estados Unidos y la Medalla Delmira Agustini, del Ministerio de Educación y Cultura uruguayo, en 2014. En 2024 le pusieron una baldosa con su nombre en la peatonal Sarandí. Los mensajes de despedida de colegas se multiplicaron ayer: Dante Spinetta escribió “gracias por tanto, Negro querido”. Queda una discografía de más de treinta discos y una certeza que él mismo repitió en distintas entrevistas: que la música que grabó se iba a seguir escuchando mucho después de que él se fuera.

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