“Nuestro Milei”: palabras de Martín Caparrós

El reconocido escritor Martín Caparrós difundió un ensayo crítico sobre la gestión de Javier Milei. Aborda las denuncias de corrupción, la violencia verbal y apela a construir una alternativa política de cara a 2027.

El reconocido escritor y periodista Martín Caparrós volvió a escribir sobre la coyuntura política argentina a través de un ensayo compartido libremente en sus redes sociales. Bajo el título “Nuestro Milei”, el autor expuso una dura radiografía sobre la corrupción, el lenguaje violento y la crisis social que atraviesan al país. Lo compartimos con los lectores, transmitiendo de forma fiel sus palabrás:

Me gusta esta idea de publicar cada tanto aquí un textículo que dejo a disposición de todos: los lectores que quieran leerlo, los editores que quieran reproducirlo —siempre que sus medios no cobren acceso a él.

Adelante. Este trata, como el título insinúa, sobre “nuestro Milei”.

Algo decisivo ha sucedido en la Argentina en estos últimos meses. Es difícil encontrarle un principio preciso porque es un proceso de acumulación: una paja y otra paja y otra paja hasta que al final llega la paja que quiebra el lomo del camello. O, como decimos en castellano, la gota que rebalsa el vaso. Pero está claro que para que una paja quiebre, que una gota rebalse, tiene que haber habido antes muchas gotas, muchas pajas.

Y sobraban, sin duda. Pero en los últimos meses se ordenaron y se potenciaron las unas a las otras. Está, por un lado, el flanco corruptela: allí la pajagota fue el descubrimiento de que al vocero y muchacho de confianza del presidente Milei le dio un ataque de súbita riqueza que le permitió comprarse casas, cascadas, vacaciones de lujo, flippers de colección pero no le permitió declarar nada al fisco: su amigo y jefe ya tuvo que echarlo y él sigue sin poder dibujar una declaración para el juez que lo espera, tan paciente. El affaire Adorni se junta con la estafa de criptomonedas de la pareja presidencial —el hermano y la hermana—, el juicio a su ex cabeza de lista electoral en la provincia de Buenos Aires por sus negocios con narcotraficantes, la prisión en Bolivia de su ex jefe de campaña digital por mandar sicarios a matar a su novia embarazada, y varios casos más. Paja y gota significan que la acumulación termina por hacer sentido: ahora muy poca gente duda de que este gobierno sea muuuuy corrupto.

Y está el flanco locura. La gotapaja es que se vuelve muy insoportable soportar a un señor cuya palabra más habitual —literalmente— es mierda, que usa sin cesar para atacar a sus inagotables enemigos, periodistas sobre todo pero no solamente. Es difícil imaginarse a un maestro de escuela gritando todo el tiempo a sus alumnos que son unos mandriles culo roto, un montón de mierda mal cagada, una basura puta rata, unos soretes. Así está la Argentina ahora: un presidente que no deja pasar un par de horas sin decir esas cosas, por Twitter o por televisión, a alguien o a miles o a millones. Y la sospecha de que hay algo en él que no controla, sospecha que crece cada vez que da un discurso y se lanza a improvisar tonterías que se disuelven sin haber dicho nada o, en el mejor de los casos, logran contradecirse. Al maestro de escuela lo echarían. (Y además, pura y simple, la evidencia de que no hace su trabajo: en los últimos 30 días —agosto no es verano en Argentina— se pasó 25 sin ir a su oficina ni aparecer en público; nadie explicó nada. Tras casi tres años de gobierno todavía no fue a nueve de las 23 provincias argentinas; en cambio viajó 19 veces a Estados Unidos. El maestro ya está en la pura calle.)

Pero el flanco social, sobre todo: el flanco social. La gran pajagota: la que quebró todos los lomos, rebalsó todos los vasos. Los cientos de miles de empleos perdidos, las decenas de miles de empresas cerradas, los sueldos degradados, el hielo de una economía que funciona para cada vez menos. Cada mes hay más personas que “no consiguen llegar a fin de mes”: que perdieron sus trabajos o los mantienen pero no cobran suficiente, que no pueden pagar la comida carísima, los transportes carísimos, el gas y la electricidad carísimos, y entonces recortan más y más sus vidas para tratar de conservarlas. Quizá la mejor síntesis de este momento sea la “crisis de la morosidad”: más de la mitad de los argentinos tiene deudas que no puede pagar. Y muchas de esas deudas implican montos tristes: 300.000 o 400.000 pesos, 180 o 240 euros. Son personas —millones de personas— que se endeudan con una tarjeta de crédito o un prestamista digital para poder comprar la comida de los chicos, y después no consiguen reembolsarla porque al mes siguiente todo sigue igual. (En nombre de la “libertad de mercado”, el gobierno de Milei eliminó los topes de las tasas de interés. Los bancos, que toman el dinero de sus clientes a un interés del 20% anual, les cobran un 70 u 80% por prestárselo. Y los usureros digitales, tipo Mercado Pago, pueden cargarles un 500%, un 700%, lo que sea, y muchos lo pagan porque no saben o no tienen más remedio. Es un mercado libre.)

Así que así estamos: esa gota, esa paja, son lo más notable que ha sucedido en la Argentina en mucho tiempo. Este consenso bastante masivo de que tenemos un presidente loco, incoherente, dañino, rodeado de corruptos. Y sin embargo, aunque la mayoría está de acuerdo en todo esto, nadie está seguro de que no gane las elecciones de 2027: de que no sea reelegido.

La explicación es obvia: no hay ningún candidato que reúna los apoyos suficientes como para vencerlo. La única razón por la que uno como Milei ganó las elecciones de 2023 fue precisamente esa: el desprestigio de todos los demás. Eso se mantiene porque los candidatos siguen siendo más o menos los mismos.

Por eso es el momento de cambiar de pantalla. La oposición, las diversas oposiciones se dedicaron hasta ahora a tratar de poner en evidencia quién era Javier Milei y qué representaba. Ya lo lograron, grosso modo, pero ya no alcanza. Es hora de dejar de regodearnos en este placer masoquista que nos daba revolcarnos en el barro de su brutalidad, en la tristeza de preguntarnos cómo podía ser que la Argentina hubiera votado eso. Ok, ya lo votó, ya se jodió, ya se da cuenta: esa es la novedad. Ahora llegó el momento de lo más difícil: trabajar para concebir un candidato o candidata que sintetice todo el horror que tenemos ante lo que hicimos y ofrezca, sobre todo, el entusiasmo de armar algo mejor.

No es fácil: muy pocas veces lo supimos hacer. Esta vez, por lo menos, nos queda muy claro cuál es el castigo por no haber sabido. Supongo que eso debería ser un incentivo. Así que, digo: dejémonos de hacerle caso al trasnochado y repetir y despreciar cada una de sus tonterías; ignorémoslo, dentro de lo posible, y concentrémonos en construir su reemplazo.

Él supo. Lo más extraordinario que pasó en Argentina en mucho tiempo fue la aparición de un muñeco totalmente sorprendente que se llevó la mitad de los votos de aquellas elecciones. Nadie habría dicho que eso podría pasar. Ahora sabemos que pudo, o sea que puede. Por decirlo de una manera burda: es la hora de plasmar nuestro Milei. Sí, suena un poco horrible; mucho más horrible sonará si hay que aguantar al verdadero otros cuatro años, una vida.

Y debe ser, por supuesto, lo contrario de este en casi todo pero, sobre todo, debe tener un toque radicalmente propio, diferente, y unas propuestas claras y precisas. No de oposición o contraposición; no, cuatro o cinco propuestas decisivas sobre temas centrales, un compromiso auténtico: si ustedes me eligen, en los primeros 100 días vamos a hacer esto y esto y esto. Y una persona y un equipo —un gran equipo, muchos equipos— que resulten creíbles.

No es fácil, pero importa. Disculpen la grandilocuencia pero creo que es, por una vez, en serio, una cuestión de vida o muerte.

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