El 6 de agosto pasado, la vida del futbolista argentino Matías Pourrain (34) dio un vuelco dramático. Tras ganar la Conferencia del Sudeste con el Miami United, el defensor formado en el Ascenso de su país se preparaba para abordar un vuelo en el Aeropuerto de Fort Lauderdale rumbo a Los Ángeles para disputar las semifinales del torneo. Sin embargo, antes de embarcar, dos agentes de civil del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE) lo interceptaron, lo separaron de la delegación y lo esposaron sin mayores explicaciones. Fue el comienzo de una pesadilla de tres semanas en centros de detención estadounidenses, signada por el hacinamiento, la degradación y el terror psicológico.
La detención de Pourrain expone los giros arbitrarios de la política migratoria en Estados Unidos. El deportista reside en el país desde noviembre de 2019 y cuenta con Social Security, licencia de conducir vigente y permiso de trabajo otorgado por las propias autoridades de inmigración (USCIS) mientras aguarda la resolución de su residencia permanente. Por norma legal, no puede abandonar el territorio norteamericano sin perder el trámite. Pese a no poseer antecedentes penales y contar con documentación oficial, el ICE lo consideró un objetivo “deportable” por haber superado el plazo inicial de su visa de ingreso.
Hacinamiento, comida en mal estado y trato vejatorio
Durante su cautiverio, el futbolista transitó por tres establecimientos distintos: el centro de procesamiento de Miramar, la cárcel del condado de Glades (Florida) y el Rio Grande Detention Center en Laredo (Texas). Fue en Miramar donde experimentó el peor trato humano. “Estuve tres días casi sin comer. Te daban comida con pedacitos negros, con moho. Es inhumano”, relató el jugador.
Las condiciones de detención rozaban el sometimiento. Pourrain permaneció más de 24 horas encadenado de pies, manos y cintura a una silla. Posterior a eso, fue derivado a un calabozo de 5 por 3 metros diseñado para 20 personas, en el que llegaron a convivir 68 prisioneros hacinados: “Era imposible dormir. Estaba parado con la cabeza apoyada en la pared. Había dos inodoros para más de 60 personas y al lado un bebedero donde la gente hacía pis porque los baños estaban colapsados. No te podías bañar; recién al quinto día pude tocar el agua”.
A la degradación física se sumó la presión psicológica. Agentes federales recorrían las celdas ofreciendo la “salida voluntaria”, una figura que implica la auto-deportación. Muchos detenidos, quebrados por el maltrato, firmaron el documento. Pourrain, aconsejado por su abogada y sostenido por su esposa, se negó a renunciar a su caso: “Tengo la vida armada acá. Mi señora, mi perro, mi trabajo en la academia de fútbol y en el club. Tenía que aguantármela”.
La maniobra de traslado y la movilización comunitaria
Cuando la defensa legal de Pourrain logró fijar una audiencia de fianza para el 19 de agosto, el ICE ejecutó una maniobra dilatoria: lo trasladó de urgencia a un penal en Texas, obligando a reiniciar el trámite judicial en otra jurisdicción y sumándole diez días de encierro injustificado.
El respaldo comunitario resultó determinante para revertir su situación. El dueño del Miami United y las autoridades del Key Biscayne Soccer Club —donde el argentino se desempeña como entrenador de juveniles— se movilizaron masivamente. Más de 15 mil familias de la comunidad firmaron cartas de recomendación presentadas ante la Corte de Inmigración. Finalmente, tras la evaluación del juez y el pago de una fianza de 20 mil dólares, el deportista recuperó la libertad.
Libertad condicional y el proceso de recuperación
El impacto del encierro dejó secuelas físicas y emocionales inmediatas. Pourrain perdió masa muscular por la desnutrición temporal y el estrés extremo. Actualmente, aunque se encuentra en su domicilio, debe someterse a un esquema de control mediante una aplicación celular con reconocimiento facial que suena de forma aleatoria y una restricción de movilidad de 75 millas a la redonda, medida que su abogada impugnará por considerarla desproporcionada.
De regreso en Miami, el futbolista intenta reconstruir su rutina mientras aguarda la resolución definitiva de su estatus migratorio. “Te toca estar ahí adentro y te das cuenta de lo afortunado que eras afuera. Ahora solo quiero volver a disfrutar de tocar la pelota, ponerme a punto físicamente y valorar cada momento”, concluyó.