El periodismo que se ejerce directamente en la calle ofrece una perspectiva cruda, alejada de los algoritmos y de la comodidad incrédula de los estudios de televisión. En ese territorio impredecible se mueve Chiara Detinis, periodista y politóloga que diariamente dialoga con transeúntes para el segmento “Focus al Paso” del programa Batalla Cultural, emitido por El Destape. Su labor diaria consiste en documentar de primera mano el impacto de la crisis económica y decodificar un humor social que muchas veces escapa a las encuestas tradicionales.
Esa capacidad para indagar en el malestar ajeno no es casual; tiene raíces profundas en su etapa formativa. Criada en un hogar fuertemente politizado y egresada del colegio Carlos Pellegrini, su inclinación por el periodismo surgió de una curiosidad constante por el otro. “Siempre disfruté mucho el hacer preguntas”, recuerda. Sin embargo, con el tiempo marcó un límite claro: aunque en su juventud participó de espacios de militancia, decidió apartarse de esa práctica para blindar su credibilidad profesional. “Busco que sea objetivo lo que hago y que la gente lo vea como objetivo”, sostiene, convencida de que ejercer un periodismo riguroso y apoyado en datos empíricos es, también, una forma válida de disputar el futuro.
El termómetro social y la crisis de representación
Justamente, ese rigor se pone a prueba en su intensa rutina semanal. Detinis entrevista a cerca de cincuenta personas, una dinámica que le permite construir un mapa preciso de las demandas ciudadanas. “Tener ese termómetro social de la calle me gusta mucho, y lo siento muy periodístico”, explica. Pero el asfalto pasa factura. La exposición constante a la fragilidad económica tiene un impacto emocional insoslayable: la periodista confiesa que la golpea profundamente encontrar mujeres que, al mediodía, ya están realizando su última comida de la jornada.
Ese dolor personal se mezcla con la perplejidad analítica cuando evalúa la influencia de los discursos mediáticos hegemónicos en el electorado. “Me apena también mucho la gente que vive muy confundida”, señala, haciendo referencia a los dramáticos testimonios de quienes justifican su propia pérdida de poder adquisitivo argumentando que en el pasado, cuando podían acceder a bienes básicos o comprarse un automóvil, existía corrupción gubernamental. “Esa gente se va a seguir votando en contra toda su vida”, reflexiona.
Esta disociación entre la realidad material y las urnas la lleva a trazar un diagnóstico severo sobre las fuerzas políticas de oposición. Desde su lente de politóloga, observa a una dirigencia desconectada que no logra interpelar a los sectores más castigados por el modelo vigente. Señala que el discurso político sigue anclado en conceptos del siglo pasado —como el obrero de fábrica—, ignorando una era donde proliferan los trabajadores precarizados y fuera de la relación de dependencia. El escenario refleja una profunda crisis de representación: muchos jóvenes rechazan a la actual administración gubernamental, pero tampoco encuentran refugio en los partidos tradicionales. La advertencia es clara: si la dirigencia no articula una campaña moderna o no asimila el fenómeno de los candidatos outsider, enfrentará un panorama electoral sumamente complejo.
Violencia digital y los desafíos de la nueva era
Pero la calle no es el único territorio hostil que debe transitar; el ecosistema virtual suele ser aún más agresivo. Recientemente, tras cubrir una movilización en el Congreso, una fotografía suya trabajando se viralizó y fue blanco de ataques coordinados, con cientos de comentarios y amenazas provenientes de cuentas falsas. “Ser mujer en el ambiente en el que nos movemos es muy difícil”, afirma. Si bien comprende que estas agresiones emanan de granjas de bots diseñadas para amedrentar, reconoce que el nivel de hostilidad y disciplinamiento machista en las plataformas es brutal.