La trinchera de Rubén y Carina: prevención del suicidio y contención comunitaria en la Patagonia

El matrimonio perdió a su hijo en marzo de 2024 y decidió transformar el duelo en una herramienta comunitaria. Rubén opera una línea de prevención y Carina coordina los registros y participa en grupos de contención. Juntos, articulan con instituciones y exponen las fallas del sistema frente a una problemática agravada por el aislamiento digital …

La familia Troncoso – Kobryniec echó raíces en el extremo oeste de la ciudad de Cutral Có, justo donde terminan las calles y empieza la inmensidad de la estepa neuquina. En ese entorno marcado por los vientos fuertes y la amplitud temporal, Carina y Rubén criaron a sus cinco hijos. Él es profesor de Lengua, Literatura e Historia y además dirige un dojo de Karate; ella, docente jubilada. La vida de ambos dio un vuelco definitivo hace dos años y medio, el 18 de marzo de 2024, tras la pérdida por suicidio de Gabriel, el segundo mayor de los hermanos, quien este 4 de diciembre cumpliría 31 años.

El duelo por un suicidio es un proceso profundamente solitario. Rubén recuerda el vacío que rodea a las familias, el estigma social y los murmullos de quienes, desde la ignorancia, juzgan sin saber. Pero también atesora los silencios que salvan: la madrugada de la tragedia, un compañero de trabajo lo esperó en su casa hasta las dos de la mañana solo para darle un abrazo, sin mediar palabra. Esa comprensión cruda de la soledad extrema fue el catalizador que lo impulsó a transformar su dolor en ayuda. Impulsó por iniciativa propia la creación de una línea de atención al suicida, buscando y obteniendo luego el respaldo institucional de la Secretaría de la Mujer y la capacitación de la Red Argentina de Suicidología. 

Según las estadísticas de la Organización Mundial de la Salud (OMS) que maneja la Red Argentina de Suicidología, cada evento de este tipo afecta de manera directa a un círculo de entre 30 y 50 personas, desde familiares hasta compañeros de estudio. Ante ese vacío, el matrimonio no se aisló. O mejor dicho, se aisla cuando realmente lo necesita. Con el tiempo, casi sin proponérselo, comenzaron a gestar una red comunitaria para asistir a personas vulnerables en la comarca petrolera, una región que enfrenta desafíos crónicos de marginalidad, bullying institucional y estadísticas criminales. 

Para encontrarle un sentido al proceso de duelo, Rubén decidió capacitarse con profesionales de la Red Argentina de Suicidología y asumir la coordinación de una línea telefónica dedicada a la prevención. Carina se convirtió en su soporte operativo, llevando los registros de cada caso, y se sumó a un grupo de contención de familiares en la misma situación. Juntos, desde el interior de su casa, sostienen un puente directo entre los vecinos en crisis y el saturado sistema público de salud. 

“¿Quién me va a llamar?”

La idea de la línea preventiva surgió de Rubén. Buscó respaldo institucional en la Secretaría de la Mujer, dirigida por Soledad de la Cruz, lo que le permitió articular directamente con el hospital local para derivar casos. Pero antes de recibir el primer llamado, tuvo que enfrentarse a sus propias dudas. “Yo pensaba, sin saber: ¿quién me va a llamar para decirme ‘estoy a punto de tomar una decisión de este tipo’?“, recuerda.

Fue Patricia Quinzi, una experimentada operadora y psicóloga social radicada en Bahía Blanca a quien conoció a través de la Red Argentina, quien se convirtió en su mentora. Ella le explicó que ninguna persona que toma esta decisión busca dejar de vivir, sino que busca dejar de sufrir. Y, en ese intento por salir de la angustia, llaman. Quinzi lo entrenó mediante simulacros telefónicos sorpresivos, haciéndose pasar por usuarios en crisis para que él aprendiera a manejar los tiempos, las preguntas clave y, fundamentalmente, la tensión.

El teléfono como primera trinchera

La línea funciona a través del número corporativo  en Cutral Có, Plaza Huíncul y alrededores: 299-609-2226. Está operativa las 24 horas y actualmente es sostenida por Rubén y otro operador voluntario. La semejante responsabilidad requiere disciplina y una serie de protocolos. La técnica de atención se centra en dos conceptos clave: la escucha activa y la validación emocional.

“Validación emocional se refiere a que todo lo que la persona siente emocionalmente, que es un problema o lo que le está pasando, nosotros lo valoramos, lo tenemos en cuenta y no juzgamos“, explica Rubén. Para llegar a ese nivel de escucha, debió atravesar simulacros telefónicos donde las psicólogas de la Red se hacían pasar por personas en riesgo, entrenándolo para manejar la tensión y no colapsar.

En la dinámica del llamado, la primera tarea es evaluar la gravedad de la situación. Si la persona manifiesta la ideación pero no sabe cómo hacerlo, se considera un riesgo moderado. Pero si la persona detalla un método y un momento, se ingresa en la zona crítica. “Cuando ya hay riesgo inminente de suicidio, se activa un protocolo de emergencia en donde la persona, que si en ese momento tomó la decisión de quitarse la vida, se mantiene en contacto con el operador”, señala Rubén. Es imperativo no cortar. Mientras él retiene a la persona hablando de cualquier cosa, utiliza otro teléfono para contactar a la guardia de Salud Mental del hospital o a la Policía para que envíen asistencia al lugar.

Para que Rubén pueda sostener esa comunicación vital, Carina debe mantener el control del entorno. Su relato ilustra la tensión que se respira en la casa: “Cuando suena el teléfono, le suena de una manera particular; en la casa hasta los perros se ponen en una actitud de no hacer ruido“. Desde ese silencio, ella asienta en su cuaderno el número de caso, la duración y los datos estadísticos que luego servirán para documentar la intervención.
Ante las necesidades y las urgencias, también advierten que no pueden sólos y que la articulación comunitaria e institucional, es fundamental para salir de la trinchera y poder atacar la problemática social que significa el suicidio.

Escuelas sin protocolos y la falsa conexión de las redes

El abordaje que realizan Rubén y Carina los ha enfrentado a las grietas institucionales de la región. Gracias al respaldo de la Secretaría de la Mujer, la línea logró articular formalmente con el hospital. “Somos la primera línea en la trinchera”, repite Rubén, sabiendo que muchas veces los operadores absorben el impacto que el Estado no puede contener.

Carina, con su mirada de docente jubilada, es sumamente crítica respecto al rol de las escuelas. Asegura que los establecimientos educativos no están preparados y no tienen protocolos unificados para tratar el suicidio. “No todas tienen un protocolo de qué hacer en el caso de que un alumno de ellos tenga una situación de estas“, relata. Cuando un adolescente es asistido por la línea de Rubén y al día siguiente vuelve a clases, nadie sabe cómo recibirlo. “Si tienen los protocolos, no los saben activar o no saben de qué se trata”, indica Carina, apuntando a cómo se sobrecarga a los docentes con responsabilidades para las que no fueron formados. 

A la falla escolar se le suma un fenómeno que agrava la desconexión: el entorno digital. Rubén nota que la comunicación cara a cara casi ha desaparecido, dejando a los jóvenes aislados cuando más necesitan hablar: “Te sentís que estás en un frasco, y tenés 500.000 amigos… Pero son tan etéreos, que no están“. Las estadísticas respaldan esta preocupación: luego de la pandemia de 2020, Neuquén consolidó al suicidio como una de las principales causas dentro de las muertes violentas, a diferencia de Río Negro, que presenta las tasas más bajas del país gracias a estrategias tempranas de prevención estatal.


Transformar el dolor en “Abrazos de Ángeles”

El duelo que aísla a la familia que describió Rubén, es el mismo que motivó a la creación de “Abrazos de Ángeles”, un grupo de autoayuda iniciado por la vecina Marita Guzmán. Marita, quien trabaja en el Instituto de Seguridad Social y también perdió a su hijo, comenzó a llamar a otros padres al ver los registros y creó el grupo de contención. Carina se unió de inmediato. Hoy son cerca de veinte integrantes que se encuentran en un espacio libre de exigencias y de mutuo apoyo.

El grupo tiene una instancia formal de reunión mensual guiada por una psicóloga municipal, pero su verdadero valor radica en la red de contención espontánea que tejieron. “Si por ejemplo hay una palabra que significa S.O.S., significa que hay que ir donde la que necesita ese socorro. Entonces se compran unas facturas, se lleva algo para picar, vamos a esa casa y compartimos con esa mamá que está obviamente muy mal; es cambiarle el ánimo un rato“, cuenta Carina sobre esta dinámica de salvataje emocional.

En una comarca donde las problemáticas sociales a veces parecen tapadas por el viento y por el prejuicio social, la red que construyeron Rubén y Carina demuestra que frente a la carencia estatal, la acción comunitaria salva vidas. Rubén sabe que “el suicidio es prevenible, pero no es evitable”, pero mientras siga habiendo alguien dispuesto a llamar, el teléfono corporativo en la casa de la familia Troncoso – Kobryniec seguirá encendido. 

Nota escrita por:

Esta nota se actualizó a las:

Te recomendamos...