Las palabras del Sumo Pontífice ante el presidente Javier Milei y representantes del arco político argentino.
Las palabras del Sumo Pontífice ante el presidente Javier Milei y representantes del arco político argentino.

Señor presidente de la República, distinguidas autoridades y
miembros del cuerpo diplomático. Señoras y señores, me alegra profundamente
encontrarme hoy en esta querida tierra Argentina. Agradezco, señor Presidente,
las cordiales palabras que ha tenido a bien dirigirme y la acogida que por medio de
usted me brinda su pueblo.
Saludos también a los miembros del cuerpo diplomático y a las demás autoridades
aquí presentes, y extiendo con afecto mi saludo a todos los argentinos.
He venido como sucesor del apóstol Pedro, y por ello, como pastor, deseo
encontrarme con la Iglesia que peregrina en esta tierra, y dirigirme asimismo a
toda la Nación, y a quienes han recibido la tarea de servirla.
La iglesia acompaña la vida de los pueblos desde la misión que le ha sido
confiada. Por eso, también ante quienes ejercen responsabilidades públicas desea
ofrecer una palabra inspirada en el Evangelio y orientada a custodiar la dignidad
de cada persona la concordia y el bien común.
Mi llegada a esta tierra tiene para mí un significado particular: durante 12 años la
Iglesia Universal escuchó la voz de un pontífice argentino que llevó consigo en la
memoria y en el corazón los lugares, las personas y la fe que aquí recibió. Hoy, al
sucederle en el Ministerio petrino, recorro en cierto modo el camino inverso, y
vengo a la patria donde el Papa Francisco comenzó una historia que después
habría de entrelazarse con toda la Iglesia
Acercarme a la Tierra en la que él creció es también acercarme a una historia
mucho más amplia, hecha de generaciones de hombres y mujeres que antes y
después de él han recibido esta Patria y han dejado en ella algo de sí mismos.
Algunos nacieron aquí, otros llegaron desde lejos y encontraron un hogar, otros
pertenecen a pueblos originarios – cuya presencia precede al nacimiento de la
nación. De ese encuentro entre procedencias y experiencias diversas fue tomando
forma, con el paso del tiempo, un pueblo que ha sabido abrir sus puertas, hacer
espacio a quien llegaba y conservar, aún en medio de momentos difíciles, una
notable capacidad para levantarse y seguir hacia adelante.
Todos han contribuido a la Argentina que hoy tengo la alegría de visitar. Ninguna
generación comienza la patria desde cero; la recibe. La recibe en una lengua y en
unos vínculos que la preceden, en instituciones que otros fundaron, y en bienes
que fueron creciendo gracias al trabajo de muchos. La historia guarda motivos de
gratitud y también recuerdos dolorosos.
A cada generación corresponde discernir aquello que merece ser conservado,
afrontar las consecuencias injustas del pasado y acrecentar el patrimonio material
y espiritual común. La Patria que hoy está en manos de ustedes será mañana la
herencia de otros.
La cultura ofrece algunas de las manifestaciones más características de esa
herencia. Argentina ha sabido expresarse con una voz reconocible mucho más allá
de sus fronteras. En el Martín Fierro, de José Hernández, en las páginas de Jorge
Luis Borges, y de tantos escritores, que han enriquecido la lengua española con
acentos rioplatenses. En el tango, nacido del encuentro de barrios, puertos, y
procedencias diversas. De igual forma lo ha hecho en la música y las tradiciones
del Interior, en el teatro, y también en gestos cotidianos tan sencillos como el mate
compartido, que convierte una pausa en ocasión de conversación y cercanía. Son
expresiones distintas de una misma memoria colectiva, recibida de generaciones
anteriores y confiada también a la creatividad de quienes vienen después.
En esa herencia se encuentra profundamente arraigada la fe cristiana. Su huella
atraviesa la memoria de la Nación y permanece viva en innumerables argentinos
que han encontrado en el Evangelio una fuente de sentido, esperanza y
fraternidad.
Compartir una misma herencia exige también aprender a convivir, aún cuando
existan diferencias de pensamiento. La historia enseña cuánto puede crecer un
pueblo cuando sus diferencias se convierten en ocasión de diálogo y encuentro.
Por eso, la democracia pertenece también a esa herencia que debe ser
custodiada. Elegir a los propios gobernantes mediante el sufragio, participar en la
vida pública, expresar con libertad las propias convicciones, confiar en la ley y
reconocer en las instituciones un espacio común son bienes que se afianzan con el
tiempo y que cada generación está llamada a cuidar y fortalecer.
La democracia se fortalece también en la manera cotidiana de actuar en la vida
pública, en la disposición a escuchar, en el cuidado de la palabra, en la búsqueda
paciente de acuerdos, y en la capacidad de reconocer en quien piensa de manera
distinta a un compatriota con quién se comparte un mismo destino. De ese modo,
se forja una confianza que permite a una sociedad afrontar sus diferencias sin
perder la conciencia de aquello que la mantiene unida.
A quienes han recibido responsabilidades públicas, les corresponde una tarea
especialmente exigente. La autoridad alcanza su sentido más alto cuando se
ejerce como servicio, cuando sabe mirar más allá de lo inmediato y cuando pone
sus capacidades al cuidado de aquello que pertenece a todos. Quién ejerce la
autoridad tiene también el deber de actuar con prudencia, reconocer los límites del
poder que le ha sido confiado, y orientar sus decisiones hacia el bien de toda la
comunidad.
El bien común al que sirve la autoridad debe poder percibirse también en las
condiciones concretas de la vida cotidiana. La familia, célula básica de la sociedad,
ocupa aquí un lugar esencial. En ella, cada persona aprende a descubrir que su
vida está unida a la de otros y que también es responsable de ellos. En el hogar se
nos enseña a cuidar al débil, a perdonar, a compartir y a permanecer junto a quien
necesita ayuda, y allí también muchos hombres y mujeres reciben las primeras
semillas de la fe.
Por ello, una de las condiciones más elementales es poder vivir del propio trabajo.
Esta tierra conoce bien el valor del esfuerzo de quienes se ganan la vida en el
campo y en las ciudades, en los talleres, en las escuelas y en los hospitales; de
quienes emprenden y de quienes cada día sostienen sus hogares. El trabajo
permite a una persona sustentar a los suyos, desarrollar sus capacidades y
saberse partícipe de la construcción de la Patria.
Por eso, corresponde favorecer cuánto habrá oportunidades, estimule la iniciativa
privada y permita que el crecimiento alcance, también, a quienes encuentran
mayores dificultades. Pienso de manera particular en las familias que llevan sobre
sí el peso de la incertidumbre, en quienes buscan trabajo, en los ancianos que han
contribuido durante años a construir la sociedad. Y quienes aún trabajando tienen
dificultades para cubrir las necesidades de su hogar.
La economía debe estar al servicio de la persona y no la persona al servicio de la
economía.
Argentina posee muchos recursos humanos. Hacer fructificar esa riqueza en
beneficio de todos exige prestar particular atención a los jóvenes. De las
oportunidades que encuentren hoy dependerá en buena medida que puedan
desarrollar aquí sus proyectos de vida. Una Nación debe preguntarse seriamente
en qué ha fallado cuando sus jóvenes deben abandonar su tierra para realizar sus
sueños.
Crear las condiciones para que puedan proyectar libremente su vida en Argentina
exige robustecer de manera particular la educación, la formación profesional, la
universidad y la investigación.
A lo largo de su historia, esta Nación ha procurado extender la instrucción a
sectores cada vez más amplios de la sociedad. Gracias a ese esfuerzo,
generaciones de argentinos han podido cultivar sus capacidades y contribuir al
desarrollo del país desde los más diversos oficios y profesiones. Preservar y
fortalecer esta vocación educativa exige ofrecer a los jóvenes una formación que
les permita descubrir sus talentos, desarrollarlos, y ponerlos al servicio de los
demás.
Esta tarea requiere también confiar en los jóvenes. Reconocer su capacidad de
iniciativa y abrir espacios donde puedan aportar sus ideas y asumir
responsabilidades. La Nación necesita contar, desde ahora, con su inteligencia, su
creatividad y su participación.
Ese horizonte suscita otra pregunta: ¿Qué lugar ocupan en nuestras decisiones quienes todavía no han nacido?
Antes de preguntarnos qué mundo les dejaremos, debemos reconocer su dignidad.
Nuestra responsabilidad hacia las generaciones venideras comienza por acoger la
vida desde sus primeros instantes. Y custodiarla hasta su término natural.
La misma dignidad reclama especial atención en la enfermedad, la dependencia y
la discapacidad. También entonces corresponde cuidar, aliviar el sufrimiento,
acompañar y hacer sentir a cada persona que su vida conserva siempre un valor
que ninguna circunstancia puede disminuir. Esa responsabilidad para con el
género humano se refiere también al cuidado de la Tierra.
Argentina ha sido bendecida por Dios con una extraordinaria riqueza natural. Sus
campos, sus reservas de agua, sus fuentes de energía, sus minerales y la
diversidad de sus ecosistemas, ofrecen amplias posibilidades de desarrollo. Una
ecología auténticamente humana sabe unir el cuidado de la creación al de las
personas, procurando que el aprovechamiento de estos recursos contribuya al
bienestar de las comunidades y preserve las condiciones que hacen posible la vida
y el trabajo de sus territorios.
Los rápidos avances tecnológicos abren, a su vez, posibilidades que hace pocos
años apenas podían imaginarse. Plantean también interrogantes de gran alcance,
especialmente en relación con la Inteligencia Artificial. La medicina, la educación,
la producción y la investigación cuenten hoy con instrumentos capaces de
transformar profundamente la vida humana. Estos avances exigen considerar las
consecuencias de su aplicación y las responsabilidades de quienes deciden cómo
utilizarlos.
El desarrollo tecnológico necesita una conciencia ética a su altura. Muchas de
esas responsabilidades exceden el ámbito de un solo Estado. Los grandes ríos
unen territorios, los ecosistemas se prolongan de un país a otro, la energía, los
alimentos, el conocimiento, y los movimientos de las personas, crean vínculos que
desbordan las fronteras.
Pensar el futuro de Argentina lleva también, por ello, a mirar hacia los pueblos con
los que comparte este continente. América del Sur posee una gran riqueza
humana y natural. Y sus pueblos comparten lazos históricos y tradiciones
culturales que ofrecen un amplio campo para la cooperación. Argentina puede
contribuir a ese esfuerzo con su experiencia y sus capacidades. Fortalecer los
espacios de encuentro y de colaboración es una manera de asumir juntos las
responsabilidades que ningún país puede afrontar por separado.
Esa cooperación resulta igualmente necesaria frente a graves amenazas. El
crimen organizado, las redes de trata de personas, el tráfico de armas y drogas,
así como la corrupción, dañan la convivencia, alimentan la violencia, y desvían
recursos necesarios para el bien común.
Frente a esas realidades son indispensables la acción coordinada entre los
Estados y la solidez de las instituciones. Esa solidez depende también de la
integridad personal de quienes han recibido la responsabilidad de gobernar, pues
la corrupción erosiona la confianza de los ciudadanos en sus instituciones.
Ese esfuerzo común encuentra una de sus expresiones más altas en el servicio a
la paz. Los legítimos intereses de cada nación han de defenderse mediante el
diálogo, el respeto al derecho, y la búsqueda perseverante de acuerdos. América
del Sur ha sabido encontrar, en momentos difíciles de su historia, caminos de
negociación y entendimiento para superar graves tensiones. Argentina está
llamada a preservar esta voluntad de diálogo y contribuir a que siga dando frutos.
A esta responsabilidad común quiere colaborar también la iglesia. Su presencia en
Argentina forma parte de una historia que se extiende por toda América. Durante
siglos la iglesia ha acompañado a los pueblos del continente anunciando el
Evangelio y celebrando la fe, educando, atendiendo a los enfermos,
permaneciendo junto a los pobres, acompañando a las familias y promoviendo la
paz y la reconciliación. Esa misión nace del amor de Cristo, que derramó su
sangre por todos y continúa hoy en las parroquias y comunidades, llamadas a
mantener abiertas sus puertas para que cada persona pueda encontrar en ellas
acogida y cercanía.
“Bienvenidos todos” expresa en pocas palabras la invitación universal del
Evangelio, que alcanza a cada persona y la llama al encuentro con Cristo y a la
conversión. De esa acogida, nace también el envío: “Vayan y anuncien”. Ese
mandato sigue dando fruto en las escuelas y universidades, en las iniciativas
sociales, y en el testimonio cotidiano de tantos hombres y mujeres que ponen su fe
al servicio de los demás.
Hay bienes que una sociedad necesita y que ninguna política pública puede
producir por sí sola. La confianza, el perdón, la disposición a servir y la conciencia
de que la propia vida tiene un sentido que supere el éxito o la utilidad, se cultivan
en la conciencia personal y en la vida de las familias y las comunidades. La fe
alimenta y sostiene estos bienes. Por ello, la Iglesia desea permanecer cerca de la
Nación Argentina, vivir la caridad compartiendo sus cargas y sus alegrías y
ofrecerle la esperanza que nace del Evangelio.
Admirar el camino recorrido por esta Nación, vuelve la imagen que ha
acompañado estas palabras. Cada generación recibe una Patria que otros han
puesto en sus manos. Durante un tiempo le corresponde habitarla, servirla y
hacerla crecer. Después deberá entregarla; sí, como cantaba Gardel “es un soplo
la vida”, pero perdura el bien. Perdura el bien que cada generación haya sabido
custodiar y transmitir y la fe nos invita a mirar todavía más lejos hacia la felicidad
eterna, a la que Dios nos llama.
Queridos argentinos, en sus manos descansa hoy una parte importante de esa
responsabilidad. El extraordinario patrimonio que poseen les permite mirar el futuro
con confianza. Corresponde ahora hacer fructificar cuánto han recibido y mantener
vivo aquel propósito de constituir la unión nacional, proclamado en preámbulo de
su Constitución. Que quienes vengan después reciban una patria unida, a la altura
de su historia y de las posibilidades que encierran.
Mi pensamiento se dirige finalmente a Nuestra Señora de Luján, custodia
silenciosa de su memoria. Ante su imagen han acudido, generación tras
generación, madres y padres, trabajadores, jóvenes y ancianos, de todos los
rincones del país, llevando consigo las preocupaciones y las esperanzas de su
tiempo. A esas oraciones, quiero unir hoy también la mía. Y deseo hacerlo con las
palabras que el Papa Francisco pronunció pensando en ustedes: Que el Señor los
haga crecer como pueblo, se lo pido al Señor de corazón por intercesión de María
santísima de Luján, que ella siga velando por esta tierra, cuide de cada uno de sus
hijos y los mantenga siempre cerca de Jesús.
Que Dios bendiga Argentina y a todos sus habitantes. Muchas gracias.
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