“Parque Lezama”: el triunfo de la actuación sobre la lógica del algoritmo

Bajo la dirección de Juan José Campanella, llega al cine la adaptación de la obra que Luis Brandoni y Eduardo Blanco transformaron en un suceso teatral. Una película que apuesta a la nostalgia y al talento actoral para inmortalizar un relato sobre la vejez y la resistencia al olvido.

Cuando Juan José Campanella decidió llevar Parque Lezama al cine, su objetivo era claro: derrotar la finitud del teatro. La película, estrenada este jueves, cumple esa promesa al capturar para siempre la química inagotable entre Luis Brandoni y Eduardo Blanco. En un presente donde el cine parece dictado por la frialdad de los algoritmos de las plataformas, este film se erige como una anomalía sensible, un refugio de humanidad que no teme apoyarse en sus raíces escénicas ni en sus estocadas sentimentales.

La trama, adaptada de la obra I’m Not Rappaport de Herb Gardner, se desarrolla casi íntegramente en los bancos del histórico parque del sur porteño. Allí coinciden dos ancianos de mundos opuestos: Antonio Cardozo (Blanco), un hombre que intenta leer entre sombras debido a su visión deteriorada, y Samuel (Brandoni), un fabulador incansable que utiliza la palabra como un escudo contra la realidad. “A veces la verdad me queda un poco chica”, advierte Samuel, dejando claro que sus relatos —o “alteraciones”— son el motor que lo mantiene vivo en un mundo que los ha vuelto invisibles.

La película no busca revolucionar el lenguaje visual; por el contrario, abraza la tradición. La imagen de la calesita y la sortija, que abre y cierra el film, funciona como una metáfora de la permanencia frente al paso del tiempo. Sin embargo, el ritmo flaquea cuando la historia introduce personajes secundarios que fuerzan a los protagonistas a enfrentarse a la crueldad de la vejez y a la mirada ajena. En esos momentos, la fluidez de la “coreografía” entre Brandoni y Blanco se ve interrumpida por un realismo que choca con la lírica de sus diálogos.

A pesar de sus pasajes más lentos, Parque Lezama es una clase magistral de interpretación. Brandoni dicta cátedra con cada texto, mientras Blanco se consolida como su socio ideal, construyendo un vínculo que trasciende la pantalla. Es una película que utiliza la nostalgia no como una enfermedad, sino como un beneficio, recordándole al espectador que ciertas historias y ciertos actores están destinados a esquivar las inclemencias del tiempo.

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