La confianza de los consumidores volvió a deteriorarse en marzo y sumó un tercer mes consecutivo de caída. El Índice de Confianza del Consumidor (ICC) que publica el Centro de Investigación en Finanzas (CIF) de la Universidad Di Tella habría registrado una baja del 5,3% mensual, según datos preliminares aún no publicados oficialmente. El último dato positivo había sido en diciembre, con una suba del 1,1%.
La evolución reciente del ICC:
| Diciembre 2025 | +1,1% — último dato positivo |
| Febrero 2026 | −4,7% mensual / −6,1% interanual |
| Inflación esperada a 12 meses (feb.) | 35,7% anual |
| Marzo 2026 (preliminar) | −5,3% mensual (a verificar) |
El deterioro profundiza una tendencia que ya se había insinuado en febrero, cuando el ICC cayó 4,7% mensual y quedó un 6,1% por debajo del nivel de un año antes. En ese relevamiento, la Di Tella también midió una inflación esperada a 12 meses del 35,7% anual, un dato que ayuda a entender por qué los hogares mantienen una conducta más defensiva frente al gasto, incluso en un contexto de desaceleración de precios.
Qué se resiente primero cuando cae la confianza
Cuando el ICC retrocede, lo primero que se resiente es la predisposición a comprar bienes durables: electrodomésticos, electrónica, vehículos. Los hogares postergan esas decisiones, que dependen más de las expectativas que de la necesidad inmediata. En febrero, el componente de bienes durables e inmuebles se había mantenido estable, lo que sugería que la fractura principal pasaba por las expectativas y el ingreso disponible, no por una interrupción abrupta de decisiones patrimoniales.
Si el dato de marzo confirma una nueva caída del 5,3%, el movimiento dejaría de leerse como un episodio aislado y pasaría a ser una señal económica con consistencia propia. En una economía donde el salario real todavía busca estabilizarse y el crédito sigue condicionado por tasas altas, la confianza se vuelve una variable más sensible que de costumbre.
La lectura para el Gobierno y el mercado
Para la administración de Javier Milei, el dato tiene una lectura incómoda. La estrategia oficial apuesta a que el ancla fiscal y la desaceleración de precios ordenen las expectativas y habiliten una recuperación gradual del poder adquisitivo. Pero la confianza del consumidor indica que ese proceso no termina de permear en los hogares: la estabilidad macro, sin percepción concreta de mejora en ingresos y empleo, encuentra un límite en el humor social.
Para el mercado, la conclusión es directa: sin recuperación de la confianza, el consumo seguirá mostrando un rebote frágil y heterogéneo, apoyado en nichos y no en una mejora generalizada. La pregunta de fondo sigue abierta: si la desaceleración de la inflación alcanzará por sí sola para reanimar la demanda, o si hará falta además una mejora visible del ingreso disponible y del empleo formal.