Aparece en el centro porteño rompiendo el molde de la Matrix urbana. Grace Gold maneja un registro propio, un pulso vital que choca de frente con las bocinas, el smog y las caras largas de la Capital Federal. Estuvo muchísimos años en “modo avión”, recluida en la paz de su huerta, hablando con sus gallinas y dedicada a la investigación espiritual. De golpe, el destino —o una serie de casualidades perfectamente sincronizadas— la arrojó al estudio de Olga y luego, a las tablas de Sex, la disruptiva obra de José María Muscari.
Lejos de encasillarse en el estereotipo de la mujer de San Isidro, Grace dice lo que piensa, fuma puchos orgánicos y combina la física cuántica con un desparpajo absoluto que hace tambalear las estructuras del “círculo social de siempre”. En esta entrevista a fondo, recorremos su historia, el dolor transformado en sabiduría y su desopilante mirada sobre la fama tardía.
De la huerta orgánica al living de Palermo
¿Cómo procesas este ritmo de ir y venir constantemente de tu casa al centro porteño?
Cada vez que tengo que ir a la capital me agarra un estrés total. Hacía nueve años que estaba hablando con mis gallinas en mis huertas orgánicas. Ahora, por el trabajo, voy y vengo, voy y vengo; sí, vivo un poco así. Trato de quedarme la mayor cantidad de días posible en el campo. Si el resto del tiempo estoy en San Isidro, bárbaro, pero cuando voy al centro, lloro. Los ruidos, las bocinas, la gente, todo el mundo enojada. ¡Dejame de joder! El bicho de ciudad que no nació en la naturaleza no se da ni cuenta, pero el cuerpo registra el daño.
Vos no tenías ningún tipo de experiencia previa en programas de televisión, y mucho menos en el streaming, que es un fenómeno relativamente nuevo. ¿Cómo fue ese salto al vacío?
No sólo no tenía nada de experiencia. ¡No tenía ni puta idea de quién era quién! Lo más cercano a los medios fue hace años, cuando Luis Cella (padre) me llevó a lo de Susana Giménez por el curioso hecho de que parí el mismo día que mi hija. Las dos parimos el mismo día, entonces fuimos a la televisión como una especie de fenómeno de circo. Mi quinto hijo nació el mismo día que mi segunda nieta. Los dos de Leo; infumables pero divinos los dos pendejos, se creen los reyes de la galaxia (risas). Más allá de ese delirio, nunca más toqué un estudio.
¿Y cómo terminás cayendo en el mundo de Olga?
Caí en este mundo de pedo por los hermanos Luis y Bernarda Cella, por Olga. Un día los fui a visitar porque querían que conociera el estudio, que recién lo abrían así que un día me fui a Palermo a verlos y me fumé un puchito con Migue Granados. Nos cagamos de risa. Migue no podía creer que la tía viniera con el puchito orgánico cultivado en el campo. Estuvimos fumando ahí y me encantó todo, me pareció divertidísimo el proyecto, los chicos, la energía del estudio. A los días, parece que por ocurrencia de Migue, me llamaron y acá estoy.
Después de esa visita te convocaron formalmente para “Hablemos Sin Saber”. ¿Dudaste en aceptar?
Yo no sabía ni qué era el programa. Durante un montón de tiempo no miré televisión ni fui al cine porque mi cuarto hijo nació con parálisis cerebral. Entonces estuve metida dentro de otro mundo y realmente no me conectaba con los medios, no tenía la menor idea de quién era quién. Cuando me cuentan lo que tenía que hacer en el programa, yo dije: “Ni en pedo. Los únicos que me quedan de familia son mis hijos”. Imaginate, mis hijos iban al colegio Newman, pobres pendejos, ¡pensé que los echaban del colegio si yo iba ahí! Pero les conté a los chicos y me dijeron: “Mamá, andá, está buenísimo”. Ellos miraban Olga y me incentivaron: “Brutal, te vas a cagar de risa, ¿qué carajo te importa?”. Y dije, bueno, sí, a mí en el fondo no me importaba nada.
¿Cómo fueron esas primeras grabaciones rodeada de personajes del ambiente?
Al principio no sabía si estaba hablando con un jugador de fútbol, un rockero o quién, no tenía ni puta idea. Después me empezaron a tirar quiénes eran los personajes y empecé a estudiarlos. Me puse a buscarlos en internet para ver quién era cada uno y entender de qué iba el tema más o menos. La verdad es que me divertí y me divierto como loca. Me río como no me reía hace años porque no puedo creer las pelotudeces que se dicen. En realidad, yo actúo de mí misma. Todo lo que no me permití antes por estar dentro de un círculo social particular, me lo permito ahora. Así que hoy digo lo que se me canta el culo.
El “bucaque” y los códigos de los jóvenes
Hay una anécdota desopilante de tus comienzos, una maldad sana que te hizo la producción al aire…
¡Qué hijo de puta! Un día, el hdp de Gustavo Paván me hace una que todavía no puedo creer. Yo llegaba justito sobre la hora de entrar al aire y me dice: “Entrá y deciles que amaneciste bucaqueada”. Yo escuché la palabra y lo asocié al Ikigai, que es un concepto japonés sobre el sentido de la vida. Pensé que era una palabra oriental re cool. Ni me lo planteé y la tiré tal cual al aire.
¿Y qué pasó cuando saliste del estudio?
Casi se mueren de risa todos. Yo me quedé pensando qué carajo habré dicho. Llego a la oficina y les pregunto a mis hijas, que tienen cerca de 50 años: “¿Ustedes saben qué carajo es bucaquear?”. Ni idea tenían por lo que pensé que no debía ser nada tan jorobado. Cuando llego a casa lo veo a mi hijo Arturo, de 25 años, y le pregunto. Se empezó a reír y me dijo: “No, mamá. Buscalo en Google, yo no te lo voy a decir”. ¡Chau! Cuando busqué en internet lo que me habían hecho decir, casi lo castro (risas). Sabían perfectamente que yo no tenía idea de los códigos modernos y se aprovecharon de mi inocencia. Fue una genialidad, en Olga todos tienen una creatividad tremenda para esas cosas.
¿Cómo reaccionó tu entorno tradicional, tu familia y tus amigas de toda la vida al ver este perfil tuyo tan expuesto?
Los jóvenes se cagaron de risa todos. Los amigos de mis hijos les escribían y les decían que el personaje finalmente había salido a la luz. Es que ellos ya me conocían; venían a casa y me veían hablar con las gallinas, cuidar la huerta, romperles las bolas con las energías, los gnomos y los duendes a todos, desde que eran chiquitos. Para ellos era lo menos que podían esperar de mí.
Ahora, los más grandes, mis amigos o mi marido, los primeros formatos no los podían ni terminar de ver. Les daba un poco de “cosa” verme en ese rol, y ni hablar cuando me tocó hacerme la sexy. Después se acostumbraron. Mi marido terminó acompañándome a Sex, donde me pusieron en tetas, agarrada de los barrotes haciendo de sex symbol. Me bajaban las escaleras, me subían, me vestían, me cambiaban… y yo chocha.
El dolor transformado en misión cuántica
“Todos venimos con una misión para hacer, para aprender y para contribuir. Mi hijo me sacó de la medicina tradicional y me abrió la cabeza al mundo de las frecuencias y la energía.”
Mencionabas que estuviste años alejada de todo porque tu cuarto hijo nació con parálisis cerebral. ¿Esa experiencia reconfiguró tu forma de ver el mundo?
Totalmente. Él nunca habló, de ninguna manera. Falleció a los 27, hace 9 años, pero para mí sigue estando; yo creo profundamente en el mundo espiritual. Desde que él nació, me dediqué a estudiar e investigar. Me conecto con científicos de todo el mundo y me metí de lleno en el universo cuántico. Hace diez años compré máquinas cuánticas para experimentar por mí misma qué era esto, comprobando que somos frecuencia, energía y vibración, que somos seres electromagnéticos.
¿Fue una búsqueda para encontrar respuestas que la medicina tradicional no te daba?
Exactamente. Con él salimos de la medicina alopática para entrar en este mundo orgánico. Ojo, yo no te digo que la medicina tradicional no sirva; el otro día me dolía una muela que casi me muero, me chupé treinta clavos de olor y como no me hizo efecto me mandé un ibuprofeno. Cuando tengo que recurrir a la farmacia, recurro. Pero trato de que no sea la primera opción. Lo que logré con mi hijo fue darle calidad de vida. No lo pude hacer caminar ni hablar, porque no estaba en su destino de esta encarnación, pero el tiempo que estuvo en este cuerpo físico tuvo la mejor calidad de vida posible.
Me ocupé de los aromas, de lo que comía, de la música y de cómo las frecuencias actúan en el organismo. Me convertí en una científica, como me joden mis amigos investigadores que tengo repartidos por el mundo; tipos que laburan con premios Nobel pero que tienen otra cabeza y tienen corroborado el daño de ciertas cosas que consumimos masivamente.
¿Sentís que tu presencia en los medios masivos tiene que ver con transmitir esa semilla?
Siempre fui contra la corriente. Dentro del sistema, pero contra la corriente. Siempre fui un bicho raro, difícil, porque pensaba distinto y a veces decía “bueno, estaré loca”. Pero cada día confirmo más mi camino. A los pendejos que pasaron por mi casa les pude meter la semilla de que no tengan miedo, de que levanten las defensas, de que las cosas van por otro lado y no por encerrarnos o desconectarnos del sol y de la tierra.
El carnet para entrar a las fiestas que hacían mis hijos en casa era tener que escucharme a mí hablar durante un minuto (risas). Yo les decía que no viene un tren de frente, sino que esto es un túnel y al final se ve la luz. Estamos entrando en una era del amor donde vemos al otro, donde no hay competencia. Estamos jugando, y ganamos si no sufrimos. Si empezás a sufrir y te cagás de miedo, perdiste de entrada. Por eso, cuando me siento en esos programas, yo me siento en misión.
Desmitificando la ciudad y el circuito social
Te molesta bastante la frivolidad de la rutina urbana, por lo que se nota.
A mí salir de mi ambiente me renovó. Dejé de ir a ciertos lugares porque de verdad me aburre encontrarme con los mismos personajes que te dicen las mismas cosas desde hace 50 años. De pronto, en este ambiente nuevo, me encuentro con actrices porno, actores, cómicos de todo tipo… un mundo totalmente distinto que me tiene deslumbrada porque es un ambiente genuino. Al ser genuino, es apasionante. Me hace abrir mucho más la mirada y me permite poner mi granito de arena.