Una radiografía profunda sobre el rol crítico de las pequeñas y medianas empresas en el país. El análisis advierte que la estabilidad macroeconómica no alcanza si no se reactiva el crédito productivo y se alivia una presión fiscal récord.
Una radiografía profunda sobre el rol crítico de las pequeñas y medianas empresas en el país. El análisis advierte que la estabilidad macroeconómica no alcanza si no se reactiva el crédito productivo y se alivia una presión fiscal récord.

En la Argentina se suele discutir el desarrollo en términos de crecimiento, inversión, productividad y empleo. Sin embargo, detrás de esas palabras hay una realidad mucho más concreta: empresas que producen, comercios que abren todos los días, talleres que incorporan tecnología, familias que sostienen proyectos productivos y trabajadores que encuentran ahí una oportunidad. Las PyMEs no son un actor secundario de la economía argentina: son su motor. Representan la enorme mayoría de las empresas del país (99,5%), generan el 70% del empleo formal —más de 6,5 millones de personas empleadas activamente— y aportan el 44,6% del Producto Interno Bruto (PIB).
Para profundizar sobre este diagnóstico y entender por qué el país todavía no termina de ponerles combustible, dialogamos con Federico Romano. Federico es Licenciado en Administración por la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires (UBA), Magíster en Políticas Públicas por la Universidad Torcuato Di Tella y empresario PyME. Esta combinación entre su experiencia en el sector productivo y su formación académica en políticas públicas le permite analizar en profundidad los desafíos del desarrollo económico, la competitividad y el crecimiento de las pequeñas y medianas empresas en Argentina.
En la Argentina solemos discutir el desarrollo en términos como crecimiento, inversión, productividad o empleo. ¿Cuál es la realidad detrás de esas palabras?
Detrás de esas palabras hay una realidad mucho más concreta: empresas que producen, comercios que abren todos los días, talleres que incorporan tecnología, familias que sostienen proyectos productivos y trabajadores que encuentran ahí una oportunidad. Las PyMEs no son un actor secundario de la economía argentina: son, en gran medida, su motor. Representan la enorme mayoría de las empresas del país, generan buena parte del empleo formal y cumplen un rol decisivo en el desarrollo de las economías regionales. No se trata solo de números: son miles de historias productivas distribuidas en todo el país.
Es decir, que el impacto va mucho más allá de una simple variable económica…
Exacto. Una PyME no solo genera empleo: mueve proveedores, comercios, servicios profesionales, logística, transporte y consumo local. En muchos municipios y ciudades del interior, puede ser mucho más que una unidad económica, puede ser el centro de una red social, laboral y comunitaria. Y todo esto se puede potenciar con la implementación de la inteligencia artificial si la logran implementar de manera correcta. Por eso, cuando una empresa crece, no lo hace sola: crece el barrio, la ciudad y la región. Y cuando cierra, tampoco cae sola: se pierden puestos de trabajo, conocimiento acumulado, vínculos comerciales y oportunidades. Ese es el diagnóstico de fondo, el que casi nadie discute.
Si las PyMEs son el motor de la Argentina, ¿por qué el país todavía no termina de ponerles combustible?
En la Argentina necesitamos discutir en serio cómo fortalecer el desarrollo productivo. La estabilidad macroeconómica es una condición necesaria: sin orden fiscal, sin baja de inflación y sin previsibilidad, ninguna empresa puede planificar a largo plazo. Pero la estabilidad, por sí sola, no alcanza. Un motor sin combustible, tampoco se mueve. Una PyME necesita reglas claras, menos burocracia y un sistema tributario razonable. Pero hay un punto que sigue quedando en segundo plano, y que es, ni más ni menos, el combustible de todo el sistema: el acceso al crédito.
¿Y qué pasa cuando una PyME tiene la voluntad de crecer pero se choca con esa falta de financiamiento?
Sin crédito productivo no hay desarrollo sostenido. Una empresa puede tener demanda, capacidad y voluntad de crecer, pero si no puede financiar una máquina, ampliar un local, comprar insumos o sostener capital de trabajo, ese crecimiento queda muy limitado. En la práctica, muchas PyMEs terminan financiándose con capital propio, con cheques, con proveedores o directamente postergando inversiones. Eso genera una economía que sobrevive, pero no necesariamente una que despega.
¿Cómo debería plantearse entonces el rol del crédito en el sistema actual?
El crédito no debe pensarse como un privilegio ni como un subsidio permanente, sino como el combustible que le permite a ese motor no apagarse ni ahogarse. Un país que quiere producir más necesita que sus empresas puedan invertir más, y para eso hace falta un sistema financiero más conectado con la producción real. El desafío no es volver a esquemas ineficientes, sino en tener herramientas modernas y sostenibles: líneas para capital de trabajo, garantías para pequeñas empresas, financiamiento para innovación, crédito para exportar y herramientas específicas para las economías regionales.

A esa falta de combustible se le suma el problema de la presión fiscal. Siguiendo tu analogía, vos definís a los impuestos como “peajes”. ¿Qué distorsiones genera este esquema?
Los impuestos serían los peajes que cada empresa tiene que pagar para cumplir y tener todo en orden, que es siempre lo que se busca. Pero muchas veces no hay diferencia en esa presión entre las micro, pequeñas y medianas empresas. Según el último relevamiento de la Fundación Mediterránea (IERAL PyME), el impacto impositivo es hoy uno de los principales obstáculos que enfrentamos las PyMEs argentinas, por delante de los costos laborales, las tasas de interés elevadas y la propia falta de crédito.
¿Hay datos concretos que dimensionen la magnitud de esa carga tributaria?
Sí, el Instituto Argentino de Análisis Fiscal (IARAF) calculó que una PyME debe afrontar el peso de 37 tributos —18 nacionales, 8 provinciales y 11 municipales— además de unos 30 regímenes de percepción y retención. Y un informe reciente de la Unión Industrial Argentina ubicó al país al tope del ranking de presión fiscal sobre el sector formal, con una carga del 56%, seis puntos más que hace tres años. No es solo que al motor le falta combustible: además, tiene que arrancar cargando un peaje que pocos países le exigen a su industria.
Ante este panorama, ¿cuál es el cambio de enfoque urgente que se necesita en el diseño de las políticas públicas?
Argentina necesita una agenda PyME que mire al futuro: que entienda que detrás de cada empresa hay trabajo, riesgo y esfuerzo. Que valore al que produce, al que invierte y al que genera empleo y que no vea a las empresas solo como contribuyentes, sino como aliadas estratégicas del desarrollo. Durante años discutimos cómo distribuir mejor la riqueza; esa discusión sigue siendo importante. Pero también hace falta discutir, con la misma intensidad, cómo generar políticas públicas que den más riqueza, más empleo formal y más oportunidades. El motor argentino existe, funciona y resiste hace décadas. Lo que falta no es voluntad ni capacidad: es combustible. Y ponérselo no es un favor para los empresarios, es la forma más directa de poner en marcha al país entero.
El escenario actual de las pequeñas y medianas empresas plantea interrogantes sobre los próximos pasos a seguir en materia económica. Si bien alcanzar una mayor estabilidad macroeconómica resulta un avance valorable, parece prudente también posar la mirada sobre las condiciones operativas diarias del sector productivo. Encontrar un equilibrio algo más amigable en materia tributaria y explorar alternativas para flexibilizar el acceso al crédito podrían ser medidas oportunas en el mediano plazo. Las PyMEs han demostrado a lo largo de los años su capacidad para sostener el tejido laboral; quizás, acompañarlas de manera gradual con políticas orientadas a sus necesidades cotidianas sea una vía posible para ir consolidando un crecimiento más sostenido.
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