La futura administración reemplazará las oficinas de diálogo por una entidad volcada al control de la seguridad nacional
A pocas semanas de asumir la jefatura de Estado, Abelardo de la Espriella ha delineado las prioridades de su gestión mediante una drástica reforma del organigrama estatal. El mandatario electo planea suprimir las principales agencias del Poder Ejecutivo dedicadas a la negociación y supervisión de los acuerdos de pacificación, argumentando la necesidad de reducir la burocracia y combatir el modelo de justicia transicional vigente. En sustitución de estas carteras, el nuevo gobierno implementará la figura de un comisionado nacional enfocado estrictamente en tareas de seguridad ciudadana, marcando una clara distancia respecto de las vías de resolución pacífica del conflicto armado interno.
La reestructuración afectará de forma directa a dependencias clave como la Oficina del Alto Comisionado para la Paz, la Unidad encargada de ejecutar el pacto sellado en 2016 con las antiguas FARC, la Consejería para la Reconciliación Nacional y el área encargada de velar por los derechos humanos en el territorio. Esta decisión ha generado un fuerte rechazo entre los excombatientes desmovilizados y diversos organismos de control, quienes alertan que la desarticulación de estos canales estatales y la estigmatización de quienes dejaron las armas incrementan significativamente el riesgo de violencia contra la población civil en proceso de reinserción.
Trabas constitucionales y blindaje legal frente al desmantelamiento de las agencias estatales
Pese a la determinación del equipo gubernamental entrante para concretar estos cierres desde el primer día de su mandato, la iniciativa enfrenta complejos obstáculos en el plano jurídico. Diversos analistas constitucionales advierten que las políticas de implementación de la paz no constituyen programas transitorios de un gobierno de turno, sino compromisos de carácter estatal de cumplimiento obligatorio. De hecho, una reforma constitucional aprobada en el año 2017 protege jurídicamente el desarrollo de estos acuerdos por tres periodos presidenciales consecutivos, extendiendo su vigencia inalterable hasta el año 2030 y dejando cualquier decreto de disolución expuesto a fallos de inconstitucionalidad por parte de la justicia ordinaria.
Asimismo, la arquitectura institucional que sostiene la justicia transicional cuenta con componentes totalmente ajenos a las decisiones del Poder Ejecutivo. El ejemplo más claro es la Jurisdicción Especial para la Paz, un tribunal con rango constitucional e independiente que no puede ser modificado ni clausurado mediante resoluciones administrativas del presidente. Si bien las administraciones de corte conservador han recurrido en el pasado a la asfixia financiera para adormecer los procesos de normalización territorial, la estrategia de De la Espriella plantea un desafío inédito que trasladará la batalla política directamente a los tribunales más importantes del país.