“Mide el hilo”: un manifiesto contra el amor tibio 

Mientras la generación que creció mirando perfiles de Tinder y vive en el scroll del amor, como quien devuelve un producto, Melisa Machuca vuelve a poner sobre la mesa un amor que se la juega. La autora defiende algo que hoy incomoda: que sentir fuerte no es un problema a resolver, sino el punto.

Una entrevista a Melisa Machuca

Hay algo que la generación de treintañeros actuales vive escuchando a la hora de querer constituir un vínculo amoroso que parece obtenido de un manual de recursos humanos: “qué me aporta esta relación”, “si no me suma, me resta”,  “de qué me sirve este vínculo”, “no tengo la capacidad emocional ahora”. Sin embargo, en un momento de la charla con Melisa Machuca me encontré pensando: ¿y si en medio de tanto cuidarnos nos olvidamos directamente de sentir?

Machuca, autora de Mide el hilo (Editorial Autores de Argentina), primera entrega de la trilogía El hilo de los imposibles, no tiene pruritos en decirlo: escribió esta novela “a propósito”, como respuesta directa a lo que ve como una época de vínculos superficiales y de una literatura romántica cada vez más liviana, empaquetada, sin filo. Todo lo que escribimos en algún punto refleja la realidad, o al menos nuestra visión de la realidad”, me dice, y ahí entiendo que no vino a escribir una novela más: vino a plantar una bandera.

“El que no arriesga en el amor pierde”

Hay una frase que atraviesa toda la charla y que Machuca repite con la convicción de quien la viene masticando hace rato: “el que no arriesga no gana, y no arriesgarse en el amor es la mayor pérdida posible, porque no le estamos dando ni siquiera el intento a que algo se pueda llegar a convertir en amor”. La dice mirando a cámara, casi como un reproche cariñoso a toda una generación —la nuestra, me animo a decir— que aprendió a blindarse tan bien que ya ni se da cuenta de que blindarse también es una forma de perderse cosas.

Sus protagonistas, Saori y Elon —una editora y su profesor de filosofía, separados por edad, por generación, por contexto—, tampoco la tienen fácil. “Uno de los conflictos principales de la novela es la dificultad que tienen para poder bajar sus defensas”, cuenta Machuca. Y ahí aparece la imagen que bautiza al libro entero: ellos dos “constantemente están midiendo”, calculando, sopesando, aun cuando la conexión entre ellos —dice, evocando la vieja leyenda oriental— “es inevitable, que no importa si se enreda, si se dobla, si se estira, que no se va a cortar”. El título tiene esa doble capa: medir cuánto se estira el hilo antes de romperse, pero también medir en el sentido más actual y más triste de la palabra — como quien controla cuánto invierte antes de arriesgarse a perder.

Contra el amor como planilla de Excel

Ahí es donde a Melisa se le nota la bronca, una bronca elegante pero bronca al fin. Habla de esa costumbre tan 2026 de evaluar a alguien como si fuera un producto en góndola: “el concepto de la pregunta ‘¿qué traés a la mesa?’ es algo que aborrezco totalmente”, dice, y no exagera cuando lo compara con “una negociación de venta de un producto, y las personas no somos productos, mucho menos en las relaciones”. Habla de Reels, de TikTok, de esa ansiedad de retener la atención de alguien en tres segundos o quedar descartado, y de cómo trasladamos esa lógica de scroll infinito a los vínculos: pasás al siguiente, y al siguiente, con el checklist mental de la pareja ideal corriendo en loop. “Es muy fácil que si no me ‘sirve’ esa persona…”, empieza a decir, y hace una pausa que dice todo. “El concepto de ‘me sirve’ o ‘no me sirve’ para mí es horrible. No lo comparto.”

Y acá se pone interesante, porque Machuca no solo apunta a los algoritmos — apunta a nosotros. A la manía de sospechar de la propia intensidad, de pedir disculpas por sentir de más. “Tenemos mucho miedo de hacer preguntas, miedo de quedar intensos, miedo de mostrar más interés que el otro y que nos llamen intensos, como si la intensidad fuera una mala palabra hoy en día.” Lo dice y yo, confieso, me remuevo un poco en la silla. Porque es cierto: en algún momento la generación que se prometió no repetir los errores del pasado—esperar, aguantar, minimizarse— terminó por asustarse de la emoción misma, como si sentir mucho fuera, per se, sospechoso de necesidad, de dependencia, de “no laburar lo tuyo”. ¿Cómo fué que sentir (o querer sentir), se convirtió en un defecto a pulir en terapia?

Siempre hay una fiesta que te estás perdiendo

Machuca también le pone nombre a algo que seguro reconocés si tenés más de veinticinco: esa sensación de que comprometerte con algo es, automáticamente, resignar otra cosa mejor que capaz está pasando en simultáneo, en otra mesa, en otro perfil. Sobre eso es honesta: “para mi — asume Melisa firmemente —  enamorarse no lo podés elegir, uno se enamora de quien le toca”, pero una vez que eso pasa, entran en juego el miedo y el cálculo. Y ahí, dice, hay algo que se desvalorizó con el tiempo: compartir de verdad una visión de la vida con alguien exige preguntar, exponerse, arriesgarse a que te digan que sí o que no — y “preguntar” hoy suena casi a delito. 

Melisa festeja y le da la bienvenida a conceptos como “responsabilidad afectiva”, el tema es anterior, es que cada vez resulta más complejo asumir cualquier tipo de responsabilidad con un otro que no sea laboral. La idea de no saber si vivir determinada experiencia o relación por que tal vez, más adelante por el mismo camino hay alguien mejor o más indicado para vos. Esa suerte de FOMO persecutorio con el que vivimos, (por sus siglas en inglés, Fear of Missing Out) es el temor o la ansiedad constante a perderse de algo, siempre algo se pierde en la dirección de una decisión tomada, tenerlo todo es solo un mito de la posmodernidad que vendieron las redes sociales en forma de película, sin embargo, el no tomar ninguna decisión (o ningún riesgo) pareciera ser la mayor de las pérdidas.  

Sobre la asimetría entre Elon y Saori —él, profesor de filosofía; ella, su alumna, después su pareja— le pregunto directo si le preocupó idealizar una dinámica de poder. Su respuesta es firme, sin titubeo de manual de corrección política: “en ningún momento ella toma una decisión en base a lo que él le aconseja, ni le indica, ni le sugiere”. Saori, dice, “ya es quién es y ya sabe quién quiere ser” antes de conocerlo. No hay tutela ahí, no hay un hombre que la completa ni la instruye — hay dos personas que se encuentran ya hechas, y eso, para la autora, no es un detalle menor: es la base de todo lo demás.

Romeo, Julieta, y por qué no hay que tenerle miedo a lo clásico

En el prólogo, Machuca convoca a Romeo y Julieta, a Orgullo y prejuicio, a El amor en los tiempos del cólera. Le pregunto si no le genera ruido apelar a esos amores tan “de época” en pleno 2026.“Son las historias que me inspiraron a querer escribir romance”, y lo que rescata no es el sacrificio extremo (aclara, entre risas, que no romantiza morir por nadie, ni la toxicidad que revuela alrededor de Elizabeth Bennet y el señor Fitzwilliam Darcy ) sino algo mucho más simple y hoy mucho más raro: que la conexión fuera el corazón de la historia, no un elemento más del combo. “Hoy hay más técnicas de seducción que de venta”, dispara, y no perdona a la industria completa de “mujeres de alto valor” y “hombres de alto rendimiento” que enseña a blindarse, a leer señales, a jugar bien las cartas — pero deja el amor real, dice, “en el décimo puesto”

Que cada una sienta lo que sienta — pero que sienta

Y acá Machuca me sorprende, porque no es una nostálgica de manual ni una fundamentalista de la monogamia romántica clásica. Le pregunto por los otros formatos de amar —vínculos abiertos, poliamor, todo lo que excede el molde tradicional que ella misma homenajea en su prólogo— y su respuesta es honesta: “el amor tiene muchas formas, y las formas que cada uno le quiera dar son totalmente válidas siempre”, mientras haya respeto, comunicación honesta y responsabilidad afectiva. “No hay ningún manual que diga que el amor tiene que ser así, así, asá para poder ser amor.” Me cuenta, de hecho, de un matrimonio de tres personas que leyó en las noticias, legalizado en Uruguay, y no tiene una gota de condena: “no veo que le estén haciendo daño a nadie”.

Lo que sí critica es la trampa literaria de fabricar romances “de impacto” a costa de la toxicidad, esa moda del enemies to lovers con dependencia emocional de fondo disfrazada de pasión: “hay una tendencia a querer crear un hit”, dice, con la honestidad de quien mira el mercado editorial desde adentro y no le gusta lo que ve.

Lo que Machuca defiende, en el fondo, no es una forma específica de amar. Es el permiso a sentir sin pedir disculpas. Se puede ser poliamorosa, monógama, estar sola por elección o estar en pareja desde los diecisiete — lo que no se vale, para ella, es fingir que no te importa por miedo a que te asuman intenso, necesitado, o como “poco trabajado”. Bajar la guardia no es un fracaso personal. Es, dice, la única forma de que algo real tenga chance de pasar.

Lo que viene, y lo que espera que quede

Mide el hilo ya va por su segunda edición, el segundo tomo, Cortar el hilo, está terminado y llegaría antes de fin de año — la noticia le llegó, dice entre risas, el mismo día de esta entrevista; ahí la pregunta deja de ser “¿es posible elegir a quién amamos?” y pasa a ser si en la realidad finalmente se lo bancan. El tercero, Ama el hilo, todavía es secreto de autora.

Pero si hay algo que Machuca quiere que le quede a quien la lea, no hace falta ni preguntarlo dos veces: “que vuelvan a creer en el amor, y que no se olviden de que lo fundamental es la conexión entre dos personas”

Nota escrita por:

Esta nota se actualizó a las:

Te recomendamos...
“Mide el hilo”: un manifiesto contra el amor tibio 

Mientras la generación que creció mirando perfiles de Tinder y vive en el scroll del amor, como quien devuelve un producto, Melisa Machuca vuelve a poner sobre la mesa un amor que se la juega. La autora defiende algo que hoy incomoda: que sentir fuerte no es un problema a resolver, sino el punto.

Emilia Mernes cambió de look en Londres y Duki reaccionó

La cantante argentina sorprendió a sus seguidores al mostrar su nueva cabellera negra azabache durante un viaje por Inglaterra. El giro estético anticipa una nueva era musical y generó un divertido comentario de su pareja, el trapero Duki.

Meta pagará US$ 17.000 millones por adicción de menores en redes

La matriz de Facebook e Instagram cerró un histórico acuerdo económico en Estados Unidos para frenar un juicio federal. La compañía implementará restricciones de uso nocturno y límites de tiempo para los usuarios adolescentes en sus plataformas.