Lugar, autopsia y laboratorio: el trípode forense que puede definir el crimen de Nancy Godoy

El cuerpo de Nancy Godoy apareció semisumergido en un potrero de Corrientes 21 días después de su desaparición. Un perito en tanatología explica qué puede reconstruir una operación de autopsia en esas condiciones, qué borra el tiempo y por qué la ciencia forense no tiene segunda oportunidad.

Cuando encontraron el cuerpo de Nancy Estela Godoy, habían pasado 21 días desde la última vez que alguien la vio. Estaba semisumergido en un viejo potrero del paraje El Malezal, en Esquina, Corrientes, a unos 2,5 kilómetros de la Escuela Rural N° 626, donde la docente de 52 años era directora suplente. Desde ese miércoles 28 de octubre, la pregunta ya no es dónde está Nancy. Es qué le hicieron, cuándo y dónde.

Una parte de esas respuestas está en la mesa de autopsias. El informe preliminar del Instituto Médico Forense (IMF) de Corrientes, que su decano José Luis Gálvez comunicó a la familia por videoconferencia, describe una muerte extremadamente violenta: múltiples lesiones punzocortantes y cortantes en la cara, el cuello, el abdomen y las extremidades, lesiones de defensa y mutilaciones. Algunas heridas se produjeron cuando todavía estaba viva. Los estudios genéticos y los análisis para determinar si hubo abuso sexual siguen en curso. Hay cinco personas detenidas.

Para entender qué puede reconstruir la ciencia a partir de un cuerpo que pasó semanas a la intemperie, La Redacción consultó a un perito en tanatología, la rama de la medicina forense que estudia la muerte, que pidió reservar su identidad. No tuvo acceso al expediente: lo que explica es cómo se trabaja en casos como este.

Se trata de un sector de difícil acceso del paraje "El Malezal", en el departamento de Esquina.

“Los cuerpos no hablan”

La frase se repite en series y titulares, y el perito la desarma de entrada. “Los cuerpos no hablan. Lo que vos tenés que saber es que el médico forense es la última persona con la cual tiene la posibilidad un cuerpo de hablar”, dice. Hablar, aclara, no con palabras sino con signos: los que permiten establecer cuándo murió una persona, cómo, de qué y de qué manera.

Lo que hace falta, explica, es que “lo que el cuerpo me muestra tenga, entre comillas, el mismo idioma que yo estudié para poder determinar científicamente qué es lo que ocurrió”. Y hay un detalle que vuelve todo más urgente: “la autopsia no puede rehacerse, con lo cual es un hecho irreproducible la autopsia; sí los métodos científicos”. Una segunda autopsia es posible, pero se hace sobre un cuerpo que ya fue intervenido. Es decir, no habría una segunda oportunidad para una primera impresión.

Por eso insiste en la especialidad. “El perito es el que sabe mucho de algo. No el que sabe todo”, dice, y no esquiva la autocrítica: “Hay algunos que se sienten peritos y saben poco. Bueno, esa sería la cuestión, ¿no? Y por eso muchas veces las autopsias son incompletas, están mal hechas, ya sea por desconocimiento o por desidia”.

IMF en Corrientes

Un método, no una opinión

“La medicina forense es el puente entre lo médico y el derecho”, resume. Su herramienta es el método científico, que exige que cualquier conclusión pueda ser reproducida por otro profesional, incluso por uno que desconfíe de lo que el perito está afirmando. “El peor médico forense es aquel que dice ‘esto es así porque yo lo digo’. No, esto es así porque hay una técnica, porque hay una tinción, porque hay un reactivo”, explica. “Por eso decimos que somos médicos investigadores o investigadores médicos”.

En toda muerte violenta, ese método busca tres respuestas. La causa, que es de qué murió la persona: golpes o heridas de arma blanca, por ejemplo. El mecanismo, que es lo que ocurrió en el cuerpo: una hemorragia interna o externa, una sofocación. Y la manera (suicidio, homicidio o accidente), que no le corresponde al forense sino a la Justicia.

Esa frontera se cuida hasta en el lenguaje. “Te vienen y preguntan: ‘Doctor, ¿esto es un homicidio?’, yo no puedo decir que sí o que no porque no me corresponde, pero sí puedo decir que en la causa de fallecimiento intervinieron terceras personas”, cuenta. “Entonces van a decir: ‘Bueno, sí intervinieron terceros, es un homicidio’. Lo dijo usted y no yo”.

El trípode: el lugar, la mesa y el laboratorio

En un asesinato  como el de Nancy, el perito ordena el trabajo en tres patas. “El desafío forense acá es: en la mesa de autopsias, en el lugar del hecho y en el laboratorio”, dice. La primera es revelar con precisión dónde estaba el cuerpo y si la persona murió ahí o fue llevada después. La segunda es una autopsia hecha por gente con experiencia, no solo en homicidios y femicidios, sino en los cambios que sufre un cuerpo muchos días después de la muerte.

La tercera es el laboratorio, y ahí aparece un principio que tiene más de un siglo: el del criminalista francés Edmond Locard, que sostiene que todo contacto deja un rastro. Aun en un cuerpo que estuvo en el agua o cubierto de barro se pueden obtener muestras de ADN (ácido desoxirribonucleico). “La víctima le deja su ADN al victimario. El victimario le deja su ADN a la víctima. Ambos dejan su ADN en el lugar donde ocurrieron los hechos”, explica.

De ese intercambio sale una lógica casi doméstica. “Si yo tengo lesiones muy sangrantes y no tengo sangre en la zona donde se encontró el cuerpo, lo más lógico pensar es que esta persona murió en otro lugar”, dice. Los forenses distinguen entre escena primaria, secundaria y terciaria: un lugar donde la víctima fue golpeada, otro donde fue asesinada y un tercero donde apareció el cuerpo. El perito pone como ejemplo a Ángeles Rawson, asesinada en 2013 en el edificio de Palermo donde vivía y hallada en la planta de residuos de la CEAMSE (Coordinación Ecológica Área Metropolitana Sociedad del Estado) en José León Suárez. En el caso Godoy, la querella sostiene que la mataron en otro sitio.

Depredadores, carroñeros y errores que podrían cambiar una causa

Un cuerpo que queda días a la intemperie no está solo. “Es muy importante determinar si actuaron depredadores o carroñeros”, advierte el perito. “Un depredador es un animal que come de alguien que está con vida y un carroñero es alguien que come de un cuerpo muerto”. Por eso, explica, hay que conocer la fauna del lugar: peces carnívoros si hubo agua, roedores o alimañas si hubo tierra. Y saber que los animales van primero a las zonas que sangran.

Confundir esas marcas puede cambiar una causa entera. “El que no está acostumbrado a ver lesiones corporales que fueron mordidas puede cometer errores”, dice, y recuerda el caso de Diego Román, el chico de 12 años que murió en julio de 2019 en un predio rural de Recreo, Santa Fe. “El médico que hizo la autopsia en Santa Fe dijo que eran lesiones múltiples por arma blanca. Y no, y lo que tenían eran las mordidas, los colmillos”. La primera autopsia había abonado la hipótesis de un homicidio. Una segunda necropsia, hecha en Buenos Aires, atribuyó la muerte al ataque de animales. En junio de 2026, Iván Mercado Reyes y Norma Elena Vega, dueños de una jauría de unos diez perros, fueron condenados por homicidio culposo. La sentencia fue apelada.

La gran incógnita: cuándo

De todo lo que busca un forense, hay una pregunta que el perito considera la más difícil. “Lo más difícil de determinar de todo esto: el intervalo posmortal”, es decir, cuánto tiempo pasó entre la muerte y el hallazgo. No es una cuestión técnica menor. “Si yo digo que murió en las últimas 48 horas, veremos quién estuvo con ella 48 horas. Si yo digo que lleva 20 días de muerta, tenemos que ver quiénes estuvieron los últimos 20 días”.

El perito trae como comparación a Santiago Maldonado. “ Él estuvo en el agua durante dos meses. En este caso, parte del cuerpo de la docente estuvo en el agua, parte estuvo en tierra”, señala. La autopsia de Maldonado, hecha en la morgue del Cuerpo Médico Forense de la Corte Suprema con 55 peritos oficiales y de parte, concluyó por unanimidad que murió por ahogamiento por sumersión e hipotermia. Aun así, los distintos métodos dieron que el cuerpo estuvo bajo el agua más de 53, más de 60 y más de 73 días, y la abogada de la familia advirtió que eso no permitía fijar la fecha de la muerte.

Con un cuerpo que estuvo a la vez en el agua y en la tierra, y con semanas de diferencia entre la desaparición y el hallazgo, esa precisión es todavía más difícil. Mientras tanto, la familia de Nancy espera los resultados del laboratorio. Los cuerpos no hablan, insiste el perito. “No habla, pero tiene que hacerse entender a través de las pericias científicas”. Para una maestra rural asesinada con una violencia que, según contó la familia, ni los propios forenses recordaban haber visto, esa traducción es lo que queda entre el crimen y la Justicia.

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