Home office: la ley se va, la productividad se queda

La reforma laboral deroga la Ley de Teletrabajo a partir de 2027. Pero los datos muestran que trabajar desde casa no hizo a los argentinos menos productivos: en muchos casos, los hizo más.

Por Rodrigo Néstor Guerrero, Gerente de Auditoría de Baker Tilly Argentina y miembro del Comité de aplicación de metodología en LATAM – Baker Tilly International

 

Durante años, el home office fue en la Argentina una solución de emergencia que terminó convirtiéndose en costumbre. Nació de golpe en marzo de 2020, con el aislamiento obligatorio, y se consolidó con una ley propia. Hoy, seis años después, el escenario vuelve a cambiar: la modalidad no desaparece, pero pierde el marco legal que la sostenía.

Vale la pena entender qué cambia y, sobre todo, desterrar un prejuicio que todavía circula en muchas oficinas: la idea de que quien trabaja desde su casa rinde menos.

Qué cambió en la ley

La Ley 27.555 de Teletrabajo fue sancionada en 2020 y entró en vigencia en abril de 2021. Establecía reglas mínimas para quienes trabajan a distancia: igualdad de derechos y salario respecto de los trabajadores presenciales, derecho a la desconexión digital, compensación de gastos de conectividad y equipamiento, y la posibilidad de volver a la presencialidad (la llamada reversibilidad).

Ese esquema tiene fecha de vencimiento. La Ley 27.802 de Modernización Laboral, sancionada por el Congreso el 27 de febrero de 2026 y promulgada el 6 de marzo, dispuso en su artículo 199 la derogación de la Ley de Teletrabajo. La derogación no es inmediata: rige a partir del 1° de enero de 2027. Hasta el 31 de diciembre de este año, todas las protecciones siguen plenamente vigentes.

Desde 2027, el trabajo remoto pasará a regirse por las disposiciones generales de la Ley de Contrato de Trabajo y por lo que se pacte en cada contrato individual o convenio colectivo. En la práctica, tres garantías dejan de estar aseguradas por ley: el derecho a la desconexión, la obligación del empleador de compensar gastos como internet o el uso de la computadora propia, y el derecho del trabajador a pedir el regreso a la oficina. Nada de eso queda prohibido; simplemente pasa a depender de la negociación entre las partes.

Por eso los especialistas recomiendan que empresas y empleados dejen por escrito sus acuerdos antes de fin de año: lo pactado seguirá vigente, aunque la ley que lo respaldaba ya no exista.

El home office, entonces, no muere. Se estima que casi tres millones de argentinos trabajan en modalidad remota, y seguirán haciéndolo. Lo que se modifica son las reglas de juego. En Baker Tilly Argentina hemos logrado el equilibrio entre presencialidad y teletrabajo logrando mayor eficiencia y rendimiento dentro de toda la estructura organizacional.

El mito del empleado que rinde menos

Cada vez que se discute el teletrabajo reaparece la sospecha: sin la mirada del jefe, el empleado se relaja. Los números cuentan otra historia.

El estudio más reciente y amplio sobre el tema en la región lo realizó en 2025 el Centro Conciliación Familia y Empresa (CONFyE) del IAE Business School, con trabajadores de 16 países.

En el caso argentino, los resultados son contundentes: el 76% considera que su productividad aumentó trabajando desde casa y el 79% dice ser más eficaz en modalidad remota. Más revelador aún, el 45% afirmó haber superado los objetivos fijados por su empresa desde que trabaja a distancia, y otro 53% aseguró haberlos cumplido.

La percepción no es nueva. Ya en 2020, en plena pandemia, una encuesta del portal Bumeran mostraba que el 67,1% de los argentinos se consideraba más productivo en su casa que en la oficina. Aquella era una experiencia forzada, improvisada, con chicos en casa y sin escritorios adecuados. Que la productividad percibida no solo se haya sostenido, sino que haya crecido una vez ordenada la modalidad dice mucho.

Por qué se rinde más en casa

Las razones no son misteriosas. Quien trabaja desde su hogar se ahorra el viaje diario, que en el Área Metropolitana de Buenos Aires puede consumir dos o tres horas. Ese tiempo y esa energía vuelven, en parte, al trabajo. Hay menos interrupciones, menos reuniones innecesarias y más posibilidad de concentrarse en las horas de mayor rendimiento personal.

Las encuestas también registran menos ausentismo, mejor alimentación y un mayor equilibrio entre la vida personal y la laboral, factores que se traducen en trabajadores más comprometidos.

El mercado ya tomó nota. Según un relevamiento de PwC, en el 69% de las grandes empresas que operan en el país predomina el modelo híbrido; apenas un 24% mantiene la presencialidad total. Y la flexibilidad se volvió un activo: según el estudio del IAE, más de la mitad de los trabajadores argentinos empezaría a buscar otro empleo si se le exigiera volver a la oficina todos los días.

Lo que viene

La derogación de la Ley de Teletrabajo abre un período de transición que puede leerse de dos maneras. Para unos, es una oportunidad de flexibilidad, en la que cada empresa diseñará el esquema que mejor se adapte a su actividad. Para otros, implica el riesgo de que los costos del home office —la conexión, la luz, la computadora— se trasladen silenciosamente al trabajador, y de que la jornada se extienda sin límites claros.

Cualquiera sea la lectura, hay algo que la evidencia ya dejó en claro: el trabajo desde casa no fue un paréntesis de baja productividad, sino una forma de trabajar que, bien gestionada, rinde igual o más que la tradicional. Sería un error que el cambio en la ley se interprete como una señal de que el home office fracasó. Los datos dicen exactamente lo contrario. Lo que queda por delante es construir, empresa por empresa y acuerdo por acuerdo, reglas justas para una modalidad que llegó para quedarse.

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