Nuevos Espejos

Mariela Ruhl nos invita a pensar sobre cómo las nuevas tecnologías moldean nuestra subjetividad y la identidad en la sociedad actual. Un llamado a buscar espejos reales para expresar nuestra voz propia.

Los nuevos espejos digitales reflejan identidades múltiples, pero el valor de los encuentros genuinos sigue siendo insustituible
Los nuevos espejos digitales reflejan identidades múltiples, pero el valor de los encuentros genuinos sigue siendo insustituible

Mariela Ruhl

 

Los invito a pensar juntos algunas problemáticas actuales que nos atraviesan; para ello, propongo reflexionar acerca del concepto de subjetividad. En este abordaje, me resulta pertinente y necesario considerar que somos “intérpretes” de una subjetividad que no nos pertenece, porque se encuentra enraizada en el marco de dispositivos que producen sujetos “aptos” para cada sociedad en un momento histórico determinado. 

Se me ocurren varios ejemplos para intentar dar cuenta de aquello que traigo en esta ocasión, pero debo optar por alguno de ellos y espero no aburrirlos con mi elección, ya que considero que es bastante elocuente para articular conceptualizaciones teóricas con prácticas actuales.

Si reflexionamos, por ejemplo, acerca de los cambios en la concepción de “la/s infancia/s” a lo largo de diferentes momentos históricos y en distintos contextos epocales, podríamos acercarnos a la idea que propongo compartir en este escrito.

Durante el Medioevo, los niños y niñas eran considerados “adultos en miniatura”“frutos a madurar”; la ideología predominante se centraba en modelos patriarcales y adultomórficos de pregnancia clerical.

Con la llegada de la Modernidad y el advenimiento de disciplinas como el psicoanálisis y la pedagogía, entre otras, surgieron nuevas conceptualizaciones acerca de las infancias que propiciaron y desplegaron prácticas que respondían a esas ideas subyacentes. La escuela se convirtió en la institución privilegiada para “formar” a esas infancias y “proteger” a esos niños y niñas (considerados “frágiles e indefensos”) de cualquier información y/o peligro proveniente del mundo ajeno a la familia nuclear

En ese escenario, cobró protagonismo la idea de “progreso” y la interfaz que une y separa generaciones se sostuvo apuntalada en una zona suficientemente permeable como para que circularan saberes transmitidos de padres a hijos, ya que se suponía que los padres tenían las respuestas a “todos” o a “casi” todos los interrogantes de sus hijos e hijas.

A partir del estallido de la revolución tecnológica y su despliegue vertiginoso invadiendo la escena posmoderna, la idea de progreso se subleva frente al inminente protagonismo de la idea de productividad y comienzan a cobrar otro estatuto las niñeces, las parentalidades y las representaciones discursivas que las sostienen. Los padres no portan los saberes; saben más las aplicaciones y las pantallas

El gradiente de información cambia de dirección y los “nativos digitales”, a diferencia de sus padres, no necesitan comprender asociativamente los nuevos dispositivos electrónicos para utilizarlos; ellos se sumergen en el espacio de la conectividad y acceden a la propagación de información entre múltiples emisores y receptores. No se requiere la aceptación de contenidos, sino que la expansión sucede, emerge y acontece sin pedir permiso.

Propuse este breve recorrido histórico tomando las diferentes concepciones acerca de las infancias para intentar una aproximación a la posibilidad de pensar que la subjetividad es generada por reglas y prácticas que se infiltran a través de dispositivos y representaciones discursivas que nos constituyen como sujetos (“sujetos a…”).

De allí el título del artículo para pensar en nuestros “nuevos espejos”; la multiplicidad de plataformas y aplicaciones parecen ocupar ese lugar de espejos que devuelven nuevas identidades. Las redes sociales, a modo de ejemplo, se instalan tácitamente como “nuevos espejos” productores de subjetividades posmodernas.

Los recursos tecnológicos simplifican tareas diversas y son más que bienvenidos; el desafío es estar advertidos acerca del hecho de que deberían ser considerados herramientas, pero no pueden ni deben reemplazarnos, como tampoco pueden ni deben tener la pretensión de invadir el aroma de un café compartido o sentarse alrededor de un encuentro que desencadene risas genuinas y abrazos presenciales.

La “maquinaria productora de subjetividades” existió, existe y seguramente encontrará vehículos para seguir existiendo; propongo corrernos por un rato de la inmediatez de lo efímero y hacer valer nuestro derecho a encontrar “ESPEJOS REALES” que nos habiliten a decir algo “EN NOMBRE PROPIO”.

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